Durante años, el vino en lata fue visto como una broma dentro de la industria: un producto de baja calidad, pensado para quien no le importaba realmente lo que bebía. Ese estigma quedó definitivamente atrás. Según datos de NielsenIQ reportados por la prensa especializada, los vinos listos para beber en formato lata crecieron cerca de 14% en ventas dentro de Estados Unidos durante el primer trimestre de este año, mientras el vino embotellado tradicional cayó 8,3% en volumen en el mismo período.
Un cambio generacional que explica el fenómeno
Detrás de este giro hay un recambio generacional evidente. Según la encuesta de referencia del Wine Market Council, los millennials ya representan el 31% de los consumidores de vino en Estados Unidos, superando por primera vez a los baby boomers, que se ubican en 26%. La participación de la Generación Z, en tanto, saltó de 9% a 14% en solo dos años, pese a que apenas la mitad de esa generación tiene edad legal para beber. En paralelo, Estados Unidos perdió nueve millones de consumidores de vino desde 2023, cayendo de 85 a 76 millones de adultos que beben vino al menos cada pocos meses, un dato que la industria describe abiertamente como una crisis de recambio de clientes.
Por qué la lata conecta mejor con este nuevo consumidor
Para estas generaciones más jóvenes, el atractivo de la lata no es solo estético. El formato es más liviano y económico de transportar que el vidrio, lo que reduce directamente su huella de carbono y los costos de flete, un argumento cada vez más valorado por un consumidor dispuesto a pagar más por productos sustentables: distintos estudios de la industria estiman que cerca del 60% de los consumidores millennial y Gen Z está dispuesto a pagar un premio por productos con menor impacto ambiental. A esto se suma la practicidad: porciones individuales, sin necesidad de sacacorchos ni copas, ideales para picnics, conciertos o actividades al aire libre.
Marcas como Underwood, de la bodega oregonesa Union Wine Co., fueron pioneras en demostrar que la calidad dentro de la lata podía estar a la altura de una botella tradicional. Otras, como Nomadica, fundada por la ex ejecutiva de Snapchat y sommelier Kristin Olszewski, apuestan directamente por el consumidor joven: “los consumidores jóvenes venían al restaurante y tomaban mucho vino naranja y tinto frío, y cuando les preguntaba por qué, la respuesta siempre era la misma: no necesito saber nada sobre el vino naranja para disfrutarlo”, explicó Olszewski sobre el origen de su marca.
Una tendencia que ya cruzó el Atlántico
El fenómeno no se limita a Estados Unidos. En el Reino Unido, la marca Vinca, en alianza con la distribuidora Kingsland Drinks, enlata vinos orgánicos sicilianos en formatos de 187 y 200 ml, y ya logró posicionarse en aerolíneas, cruceros y estadios, demostrando que los consumidores están dispuestos a disfrutar vino de calidad servido en lata cuando el contexto lo amerita. Según proyecciones de la industria, el mercado global de vino enlatado podría pasar de US$580 millones este año a más de US$1.500 millones hacia 2035.
Una oportunidad para las viñas
Este viraje del consumidor joven abre una oportunidad concreta para viñas de todo el mundo que hoy venden principalmente en botella. Reducir el peso del packaging no solo baja costos de flete marítimo —un factor especialmente relevante para quienes exportan a mercados lejanos—, sino que además responde directamente a lo que ese nuevo consumidor está buscando: practicidad, menor huella de carbono y una experiencia menos formal en torno al vino. Regiones vitivinícolas con fuerte tradición de cepas patrimoniales y vinos de baja intervención, cada vez más valorados entre sommeliers jóvenes de Estados Unidos y Europa, están en una posición particularmente favorable para dar este salto, siempre que sus productores decidan apostar por él.
Fuentes: SommBot, Food Drink Life, Hi-Cork, Towards FnB, Business Research Insights, CB Insights, The Guardian (vía CB Insights).
por Juan Lagos
