En Ormond Beach, Florida, un pequeño colegio decidió que el aula perfecta no tiene paredes, pupitres fijos ni pizarrón. La Sunrise School of Ormond Beach funciona dentro de una granja bio-orgánica de más de tres hectáreas rodeada de bosque nativo, que además colinda con un bosque estatal de casi 11.000 hectáreas, y ahí, entre robles y pinos, los niños aprenden a leer, escribir, cocinar, coser y contar historias.

Un modelo inspirado en Rudolf Steiner, con los pies en el barro

El colegio se define como una escuela híbrida de inspiración Waldorf, la pedagogía desarrollada por el filósofo austriaco Rudolf Steiner a comienzos del siglo XX, que prioriza el desarrollo integral del niño —intelectual, artístico, emocional y práctico— por sobre la instrucción académica temprana. Sunrise combina esa filosofía con el modelo de “escuela de bosque”, en el que gran parte del día transcurre al aire libre, con actividades como pintura en acuarela, costura, modelado en cera de abeja, hora del té, cocina, canto, narración de cuentos con títeres y círculos de movimiento.

El programa recibe a niños desde la primera infancia hasta sexto básico, con un enfoque particular en preservar lo que sus propias educadoras describen como “la santidad de la infancia”. Uno de sus lemas, exhibido en uno de los salones abiertos del colegio, resume bien la filosofía: “El niño no es el producto. El niño es el propósito”.

Un movimiento que crece con fuerza en Estados Unidos

Sunrise no es un caso aislado. Según datos de la organización Natural Start Alliance, el número de jardines infantiles de bosque y preescolares al aire libre en Estados Unidos se duplicó entre 2017 y 2020, llegando a 585 programas, y para 2022 esa cifra ya superaba los 800 en todo el país. El crecimiento se aceleró especialmente después de la pandemia, cuando muchas familias buscaron alternativas educativas con menor riesgo de contagio y mayor tiempo al aire libre para sus hijos.

El origen de este movimiento se remonta a la Dinamarca de comienzos de los años cincuenta, cuando la educadora Ella Flautau comenzó a reunir a su grupo de niños en un bosque cercano junto a otras familias del vecindario, dando forma a lo que luego se conocería como “jardines caminantes”. Desde ahí, el modelo se expandió a Suecia y el resto de Escandinavia, llegó al Reino Unido en los años noventa, y hoy tiene una presencia consolidada en países como Alemania, donde más de 1.000 jardines de bosque están formalmente reconocidos y subsidiados por el propio gobierno alemán.

Por qué cada vez más familias eligen este modelo

Quienes promueven este tipo de educación destacan beneficios documentados en el desarrollo cognitivo, la atención, el lenguaje, las habilidades sociales y motoras de los niños, además de una menor incidencia de obesidad infantil. En el caso específico de Sunrise, el colegio también atiende a estudiantes con necesidades de aprendizaje específicas, incluyendo trastornos del lenguaje y estudiantes “dos veces excepcionales”, manteniendo una baja proporción de alumnos por profesor —ocho niños por adulto en el nivel preescolar— para sostener una atención personalizada.

Una conversación que ya cruzó fronteras

El caso de Sunrise conecta con un fenómeno mucho más amplio, que ya se replica de formas distintas en otras partes del mundo: la búsqueda de modelos educativos que devuelvan a los niños el contacto directo con la naturaleza y los oficios prácticos, frente a un sistema escolar tradicional que muchas familias sienten cada vez más estandarizado y desconectado del entorno. Desde los jardines de bosque escandinavos hasta las metodologías de inmersión territorial que hoy se prueban en distintas regiones de Latinoamérica, la pregunta de fondo parece ser la misma en todas partes: ¿puede el bosque, literalmente, convertirse en la mejor sala de clases que existe?

Fuentes: Sunrise School of Ormond Beach, Natural Start Alliance, The Hechinger Report, Popular Science, Documento by Nature, Teach Away, REI Co-op Journal.

poe José Rios