Ciudades cubiertas de vegetación, paneles solares integrados a la arquitectura y una vuelta romántica al trabajo con las manos: así es la tendencia que domina TikTok bajo el hashtag #solarpunk. Pero detrás del filtro hay un movimiento con casi veinte años de historia, y algunas de sus ideas ya se están probando en el campo de países de habla hispana.

Búscalo en TikTok o Instagram y vas a encontrar lo mismo una y otra vez: ciudades frondosas con paneles solares integrados a la fachada, huertos urbanos trepando por edificios, gente en talleres artesanales rodeada de plantas, y una paleta de colores cálida y luminosa muy distinta al gris futurista de la ciencia ficción clásica. Ese es el solarpunk, una tendencia que en 2026 sigue generando millones de vistas bajo etiquetas como #solarpunk y #solarpunkaesthetic, y que promete un futuro que, por primera vez en mucho tiempo, no da miedo.

De un blog de política a un manifiesto cultural

El término no nació en una plataforma de video, sino en un rincón mucho menos glamoroso de internet: un blog de política y economía que en 2008 planteó al solarpunk como sucesor natural del steampunk, el género que imagina mundos alternativos movidos por la energía del vapor. Si el steampunk mira hacia atrás y el cyberpunk —el género de futuros distópicos dominados por megacorporaciones y tecnología opresiva— mira hacia un futuro que no queremos, el solarpunk se propuso ser distinto: el futuro que sí podríamos querer alcanzar.

La estética tal como se conoce hoy se afianzó recién en 2014, cuando una publicación en Tumblr de la usuaria Miss Olivia Louise describió un mundo donde los niños crecen aprendiendo tanto tecnología como cultivo de alimentos, y donde oficios como la herrería o la costura vuelven a valorarse. Ese mismo año, el investigador Adam Flynn, de la Universidad Estatal de Arizona, publicó “Solarpunk: Notes toward a manifesto”, el texto que terminó de darle al movimiento un cuerpo de ideas: ingenio, independencia y comunidad, como respuesta tanto a la desesperanza climática como al negacionismo.

Qué propone exactamente el solarpunk

Despojado del filtro estético, el solarpunk es, en esencia, una pregunta: ¿cómo sería una civilización sostenible, y cómo llegamos a ella? Sus principios centrales, recogidos en el Manifiesto Solarpunk que circula desde 2019, incluyen:

  • Sustituir los combustibles fósiles por energías limpias, especialmente la solar, integrada al diseño de edificios y ciudades en vez de escondida en plantas industriales.
  • Recuperar la agricultura urbana y la permacultura —un enfoque de diseño agrícola que imita los patrones y la resiliencia de los ecosistemas naturales— como parte del tejido cotidiano de las ciudades, no como un nicho alternativo.
  • Revalorizar el trabajo hecho a mano y los oficios artesanales, en las antípodas de la producción masiva y descartable.
  • Construir comunidades con redes energéticas y sistemas de residuos autónomos, a menor escala que la gran infraestructura centralizada.

A diferencia de otros subgéneros de ciencia ficción, el solarpunk se declara explícitamente optimista: nunca distópico, siempre orientado a soluciones. Su estética visual —muy influenciada por el Art Nouveau y el movimiento Arts and Crafts de fines del siglo XIX, con su énfasis en el trabajo artesanal y los motivos naturales— es, de hecho, parte del mensaje: mostrar que la sostenibilidad puede ser deseable y hermosa, no solo una obligación moral.

Por qué se volvió viral otra vez

El solarpunk lleva más de una década circulando en nichos de ciencia ficción y activismo ambiental, pero su salto a la viralidad masiva en video corto responde a una lógica simple: ofrece una alternativa visual y emocional al agotamiento que generan tanto las noticias sobre crisis climática como la estética fría y corporativa asociada a la inteligencia artificial. Comunidades enteras en TikTok muestran ejemplos de lo que llaman “solarpunk en la vida real” —ciudades con calefacción geotérmica y sistemas circulares de residuos, ecoaldeas con permacultura— e incluso marcas comerciales han empezado a apropiarse de su lenguaje visual para campañas publicitarias.

Dónde el solarpunk deja de ser tendencia y se vuelve práctica agrícola concreta

Lo interesante para el sector agropecuario es que, más allá del filtro visual, varias de las ideas centrales del solarpunk ya se están materializando en el campo de países de habla hispana, bajo un nombre mucho menos poético: agrovoltaica.

La agrovoltaica consiste en instalar paneles solares elevados —típicamente a entre 3 y 5 metros de altura— sobre terrenos que siguen cultivándose activamente debajo, combinando generación de energía limpia con producción de alimentos en el mismo espacio, en vez de competir por el uso del suelo. Es, en los hechos, la versión agrícola más literal del ideal solarpunk de tecnología y naturaleza conviviendo en un mismo sistema.

En España, la agrovoltaica avanza con fuerza regulatoria: desde 2025 es una superficie elegible para las ayudas de la Política Agraria Común (PAC) de la Unión Europea, siempre que la actividad agrícola siga siendo la principal, y la Universidad de Córdoba lidera Agrivoltea, una plataforma colaborativa que a julio de 2025 ya reunía 14 proyectos en marcha en distintas regiones del país, incluyendo iniciativas de pastoreo de ovejas bajo los propios paneles. Cataluña fue la primera región española en publicar una definición oficial de agrovoltaica, en 2024, y este año se anunció además la creación de un mapa nacional de proyectos agrovoltaicos, impulsado por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación.

En Chile, un proyecto Fondecyt liderado por el académico Martín Okoye, de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, obtuvo en 2026 la calificación más alta a nivel nacional en su categoría para desarrollar un sistema que optimice el almacenamiento de energía en instalaciones agrovoltaicas, combinando inteligencia artificial con datos de radiación solar y tipo de cultivo. El objetivo declarado del proyecto es entregarle al agricultor una recomendación concreta sobre qué tecnología de almacenamiento —baterías, sistemas hidroeléctricos de bombeo— conviene para su terreno específico, en línea con los objetivos de desarrollo sostenible de acabar con el hambre y garantizar acceso a energía limpia.

En Argentina, el ideal solarpunk de comunidad autosuficiente tiene una expresión más directa todavía: ecoaldeas consolidadas, algunas con más de veinte años de historia, como las ubicadas en las sierras de Córdoba, que combinan agricultura biológica, bioconstrucción y educación alternativa, además de mantener vínculos con la red internacional de ecoaldeas (Global Ecovillage Network).

Una tendencia con matices, no una solución mágica

Conviene cerrar con una precisión que el propio movimiento reconoce: el solarpunk no tiene una ideología política única ni una receta técnica cerrada. Es, en palabras de sus propios impulsores, más un vocabulario y una fuente de inspiración que un plan de implementación. La agrovoltaica misma, su expresión más concreta en el agro, todavía enfrenta barreras reales de costo —las estructuras elevadas son caras— y de marco regulatorio poco definido en varios países, como reconocen los propios especialistas del sector en España.

Lo que sí parece sólido es la demanda cultural detrás de la tendencia: en un momento donde buena parte del discurso público sobre el futuro tecnológico oscila entre el optimismo desbordado y el pesimismo climático, el solarpunk ofrece algo distinto —una tercera vía visualmente atractiva donde el invernadero, el panel solar y el trabajo manual conviven sin contradicción. Para el sector agropecuario de habla hispana, esa misma idea ya dejó de ser solo una tendencia de redes sociales para convertirse, panel por panel y hectárea por hectárea, en un modelo productivo que se está probando en el terreno.


Fuentes:Un Manifiesto Solarpunk (ReDes – Regenerative Design), Lola Mérida, Magick Spaces, Solarpedia, TikTok (Discover: Solarpunk), Blog EDP España, pv magazine España, Maldita.es, Plataforma por un Nuevo Modelo Energético, PUCV (Pontificia Universidad Católica de Valparaíso), Roomix (Ecoaldeas en Argentina 2026).