El país lleva años probando distintas maneras de lograr que sus vacas y ovejas contaminen menos, pero la ciencia detrás de ese esfuerzo es más lenta, más incierta y más interesante de lo que sugiere la idea de “vacas editadas genéticamente”: la selección genética tradicional acaba de chocar con un obstáculo real, mientras la edición genética propiamente dicha todavía apunta al pasto, no al animal.
Nueva Zelanda tiene una relación numérica peculiar con sus animales de granja: unos 5 millones de habitantes conviven con cerca de 10 millones de vacas y decenas de millones de ovejas. Esa desproporción tiene una consecuencia directa en las cuentas climáticas del país: aproximadamente la mitad de sus emisiones totales de gases de efecto invernadero provienen del sector agropecuario, principalmente del metano que los rumiantes liberan al eructar durante la digestión. Reducir esas emisiones sin arruinar la productividad lechera y cárnica que sostiene buena parte de la economía neozelandesa se convirtió, en los últimos años, en una carrera científica de varios frentes.
El frente genético, un tropiezo real en pleno 2026
El enfoque más ambicioso apunta a criar animales que, por naturaleza, produzcan menos metano. Desde 2021, la cooperativa de mejoramiento genético LIC, en conjunto con CRV y financiamiento del Centro de Investigación de Gases de Efecto Invernadero de Nueva Zelanda, viene desarrollando un programa para identificar toros con rasgos genéticos de bajas emisiones y comprobar si esa característica se transmite a su descendencia.
Los resultados iniciales fueron alentadores: se identificaron toros jóvenes con rasgos claros de baja emisión, y esos rasgos efectivamente se transmitían a sus hijas mientras crecían. Pero la fase final del estudio, que midió las emisiones de esas mismas hijas ya en período de lactancia, arrojó una noticia decepcionante: el rasgo de baja emisión no se expresaba una vez que las vacas empezaban a producir leche. Según explicó Naomi Parker, directora ejecutiva del Ag Emissions Centre, el hallazgo obliga a rediseñar el enfoque específicamente para lácteos, orientándose ahora hacia medir directamente el metano de vacas en lactancia para generar un criterio de selección basado en ADN, mientras que para carne bovina y ovina el enfoque original se mantiene vigente, ya con programas activos como “Cool Sheep” y, más recientemente, “Cool Beef”.
Apenas un mes después de conocerse ese tropiezo, LIC anunció en junio de 2026 que, tras completar la primera etapa de esta investigación, todos los toros reproductores de LIC y CRV ya pueden contar con un valor de cría de metano, permitiendo a los productores seleccionar toros con mayor probabilidad de engendrar vacas de menor emisión. La combinación de ambas noticias deja un panorama realista: hay progreso genético genuino, pero avanza con matices, retrocesos y ajustes de rumbo, no como un éxito lineal y ya resuelto.
El frente farmacológico, la apuesta más avanzada comercialmente
Mientras la genética avanza con cautela, una startup neozelandesa ya tiene un producto casi listo para el mercado. Ruminant BioTech cerró en noviembre de 2025 una ronda Serie A de 17 millones de dólares neozelandeses (unos US$9,5 millones), liderada por Rosrain Investments y Cultivate Ventures, con el respaldo de AgriZeroNZ, para comercializar un bolo de liberación lenta que libera un inhibidor de metano dentro del estómago del animal durante un período extendido.
Los ensayos con animales mostraron que su producto de primera generación logra una reducción de metano de 75% durante más de tres meses (100 días) con una sola dosis, un resultado que la compañía espera extender hasta seis meses. La aprobación regulatoria inicial se esperaba en Nueva Zelanda para comienzos de 2026, con solicitudes adicionales en trámite en Canadá, Brasil y la Unión Europea.
El frente vegetal, donde sí hay edición genética real (pero de plantas, no de vacas)
La verdadera edición genética (CRISPR) que Nueva Zelanda tiene en desarrollo no apunta al ganado, sino al pasto que comen. La institución estatal AgResearch trabaja en variedades de trébol blanco con alto contenido de taninos condensados y de ryegrass modificado genéticamente para tener mayor energía metabolizable, con resultados preliminares que sugieren una reducción de hasta 15% en las emisiones de metano del ganado que se alimenta de esas pasturas. Los ensayos de campo, sin embargo, se están realizando en Australia —no en Nueva Zelanda— y el primer ensayo de alimentación animal con estas variedades recién estaba programado para 2026, como parte de un programa que se extiende por tres años.
Por qué no existen, todavía, “vacas editadas genéticamente”
Vale la pena ser preciso sobre un punto regulatorio clave: Nueva Zelanda mantiene, desde hace casi 30 años, una prohibición sobre la liberación de organismos modificados o editados genéticamente fuera de instalaciones de laboratorio controladas. El gobierno neozelandés impulsa desde fines de 2024 un proyecto de ley —el Gene Technology Bill— para levantar esa restricción y crear un nuevo regulador especializado, inspirado en la legislación australiana vigente desde el año 2000. La meta original era tener la ley aprobada antes de fines de 2025, pero a mediados de 2026 el proyecto seguía estancado en el Parlamento, sin fecha confirmada para su segunda lectura, en medio de una negociación política que se extendió más de lo previsto.
Esto significa que, incluso si algún equipo científico lograra editar genéticamente el ADN de una vaca para reducir directamente su producción de metano —algo que investigadores internacionales, como los de la Universidad de California en Davis, ya están explorando sobre la microbiota intestinal de los rumiantes—, esa vaca no podría hoy salir de un laboratorio neozelandés hacia un campo real de producción. La reforma legal que permitiría ese escenario todavía no existe.
Qué significa esto para el resto del mundo ganadero
El caso neozelandés es valioso precisamente porque muestra la complejidad real detrás de un titular que suena simple. La reducción genética del metano avanza, pero con matices: funciona distinto en lácteos que en carne, y acaba de sufrir un revés significativo en pleno 2026 que obligó a rediseñar el enfoque. La solución más cercana al mercado no es genética en absoluto, sino un bolo farmacológico desarrollado por una startup. Y la única edición genética real en curso apunta al pasto, no al animal, bajo un marco regulatorio que en el propio Nueva Zelanda sigue sin permitir que ese tipo de organismos salga del laboratorio.
Para el sector ganadero de otros países que observan de cerca este proceso —incluida la industria lechera y cárnica de América Latina—, la lección más útil no es que Nueva Zelanda ya resolvió el problema del metano con edición genética, sino que está probando, de forma simultánea y con resultados desiguales, varias herramientas distintas: selección genética, inhibidores farmacológicos y pasturas mejoradas. Cuál de ellas termine llegando primero al mercado, y en qué combinación, es todavía una pregunta abierta.
Fuentes: Rural News Group (LIC/Ag Emissions Centre, mayo 2026), LIC (comunicado oficial, junio 2026), AgFunderNews (Ruminant BioTech, noviembre 2025), Oficina de la Asesora Científica Principal del Primer Ministro de Nueva Zelanda (DPMC), AgResearch (actualizaciones de biotecnología de pasturas), RNZ (Gene Technology Bill), Ministerio de Negocios, Innovación y Empleo de Nueva Zelanda (MBIE), Todo Lechería, Los Andes (AP), ChileBIO.
por José Rios
