Mientras el mundo pasa cada vez más horas frente a una pantalla, crece un movimiento que va en sentido contrario: pagar, a veces caro, por desconectarse. Hoteles que confiscan celulares, teléfonos deliberadamente “tontos” y una generación que busca el silencio digital están redescubriendo algo que el campo nunca dejó de ofrecer.
Hubo un tiempo en que estar disponible las 24 horas era un signo de éxito. Hoy, para un segmento creciente de viajeros y consumidores, ocurre lo contrario: la posibilidad de apagar el teléfono, salir de la cobertura y no recibir una sola notificación se convirtió en uno de los lujos más codiciados y, paradójicamente, más difíciles de conseguir.
Un negocio que crece a toda velocidad
El llamado turismo de desconexión digital dejó de ser una anécdota para convertirse en una industria medible. Según una consultora de mercado, el sector de servicios de turismo de desconexión digital fue valorado en US$65.020 millones en 2025, con una proyección de alcanzar US$466.580 millones hacia 2034, una tasa de crecimiento anual cercana al 24,5%. Otra estimación, más conservadora en su definición de la categoría, calculaba el mercado en apenas US$1.420 millones en 2024, lo que muestra cuánto varían las cifras según qué se incluya bajo ese nombre, pero coincide en la misma dirección: crecimiento sostenido, impulsado sobre todo por millennials y la generación Z.
La plataforma de arriendos de lujo Plum Guide reportó un aumento de 17% en las búsquedas de propiedades “desconectadas” y de baja tecnología. Hoteles y resorts de alta gama, como el grupo maldivo Soneva, ya rediseñan su propuesta bajo conceptos como el “lujo desnudo”, que la propia empresa describe como el resultado de refinar y quitar excesos para hacer espacio a la presencia y el disfrute real del momento.
Del celular confiscado al teléfono “tonto”
La tendencia toma dos formas principales. La primera son los retiros sin teléfono: resorts en Bali, Montana, Bahamas, Portugal, España, Italia, Canadá y Costa Rica piden a sus huéspedes entregar, guardar bajo llave o limitar drásticamente el uso de sus dispositivos al llegar. Según el fundador de la consultora de viajes Cool Places, Martin Dunford, la mayoría de los huéspedes se adapta a la ausencia del celular dentro de 48 horas, aunque las primeras 24 pueden sentirse abrumadoras mientras se acostumbran a no revisar el teléfono constantemente.
La segunda forma es un fenómeno de consumo mucho más masivo: el regreso de los teléfonos básicos, sin redes sociales ni navegador. En Estados Unidos, algunos análisis sitúan su participación de mercado en torno al 2% del total de equipos vendidos, con proyecciones de que capturen una porción bastante mayor en los próximos años. Encuestas citadas por medios especializados muestran que una parte relevante de la generación Z dice estar considerando cambiarse a uno de estos equipos, atraída no por el precio, sino por recuperar el control de su propia atención.
El campo, el escenario natural de la desconexión
Aquí es donde el campo entra en escena, casi sin proponérselo. Mucho antes de que la desconexión se convirtiera en un producto de lujo empaquetado por hoteles boutique, el mundo rural ya ofrecía exactamente eso: zonas sin cobertura, rutinas marcadas por la luz del día y el ritmo de los animales, y ausencia total de notificaciones.
Un análisis del sector turístico describe bien esta diferencia: mientras el turismo rural convencional se diseña con un enfoque esencialmente turístico, centrado en conocer un destino, el agroturismo hace de esa dimensión algo secundario, al servicio de una experiencia más completa e inmersiva en la vida y las actividades del lugar. Ese mismo análisis cita estudios que sugieren que caminatas de 20 minutos en entornos naturales, o una semana de desconexión digital, pueden mejorar el bienestar y reducir la ansiedad.
En España, un análisis del sector publicado en agosto de 2026 describe cómo el turismo rural enfocado en la desconexión digital se consolidó como una de las tendencias más rentables para los propietarios de alojamientos rurales, con una ocupación que rozó el 70% durante el verano boreal de ese año y un gasto medio diario cercano a los 96 euros por persona, entre viajeros dispuestos a pagar un extra por tranquilidad, privacidad y baja saturación.
Un caso extremo: pagar por trabajar en una granja
El ejemplo más radical de esta tendencia probablemente sea el de la Mountain School, en Vermont, Estados Unidos, donde familias pagan cerca de US$40.000 por un semestre en el que sus hijos adolescentes entregan el teléfono celular, tienen internet restringido y pasan buena parte del día ordeñando animales, cortando leña y trabajando en una granja de 418 acres. El caso, cubierto recientemente por el Wall Street Journal, ilustra el punto extremo de una misma lógica: para algunas familias, la desconexión ya no basta con “intentarla” por su cuenta; prefieren pagar para que alguien más se las garantice.
El campo tiene una ventaja que el turismo boutique no puede fabricar
Lo interesante de esta tendencia, vista desde la agricultura, es que el campo no necesita inventar nada nuevo para participar de ella: ya tiene lo que la industria del turismo de lujo intenta simular con diseño, marketing y protocolos de entrega de celulares. Iniciativas como el fondo de agroturismo que lanzó Airbnb en Estados Unidos, o el turismo rural que INDAP impulsa en Chile desde hace más de dos décadas, apuntan en esa misma dirección: convertir la vida agrícola cotidiana, sin filtros ni pantallas, en una experiencia que un número creciente de personas está dispuesto a buscar y pagar.
La paradoja final es elocuente. Mientras la tecnología promete mantenernos permanentemente conectados, una parte creciente del mundo empieza a pagar, cada vez más caro, por exactamente lo contrario: silencio, tierra, animales y la posibilidad de que el teléfono, por una vez, se quede apagado.
Fuentes: Polaris Market Research, Dataintelo, EHL Insights, AOL, Hotel News Resource, Business Upturn, Tourism Review, SlashGear, GoOnlife, Brainstamped, Accio, Vertu, CNET, moeveglobal.com, Beiraweb, CEPAL, Wall Street Journal.
por José Rios
