En Gruver, un pueblo de unos 1.200 habitantes, agricultores voluntarios cultivan un campo donado a la escuela y destinan las ganancias a becas. El modelo se repite, con variantes, en Kansas, Canadá, Australia y Argentina.

En Gruver, un pueblo del extremo norte de Texas de unos 1.200 habitantes, los agricultores voluntarios hacen algo poco común: siembran, cuidan y cosechan un campo de maíz sin cobrar un peso. Todo lo que se obtiene al vender la cosecha se transforma en becas para los jóvenes del colegio local, que así pueden estudiar en la universidad o en una escuela técnica.

Una herencia que casi no rendía

Todo empezó con Karl Nielsen, un inmigrante danés que llegó a Texas en 1901 y se instaló en Gruver, a 20 millas (32 kilómetros) de la frontera con Oklahoma. Nunca se casó, vivió hasta los 105 años y, al morir en 1984, dejó al distrito escolar una sección de tierra: 640 acres (259 hectáreas), según el relato del programa Texas Standard.

Durante años, el distrito arrendó el terreno a cambio de unos US$ 25.000 al año, que alcanzaban para libros y material de laboratorio. Nada más. Hacia 2012, una conversación en una camioneta entre el entonces superintendente, David Teal, y el agricultor Chad Logsdon cambió el rumbo: si los propios productores trabajaban la tierra, podían reunir hasta US$ 400.000 anuales para estudios superiores.

El 26 de marzo de 2012 nació la Gruver Farm Scholarship Foundation, una organización sin fines de lucro que arrienda el campo al distrito. Cada año elige a un agricultor líder, y este coordina a los demás para sembrar, cosechar y llevar el maíz al mercado.

Cómo trabajan los agricultores voluntarios

Los productores aportan tractores, horas de máquina y diésel. Las empresas locales donan semilla y fertilizante. Los agricultores no cobran por su trabajo y, según el columnista W. F. Strong, ni los directivos de la fundación reciben sueldo. En los últimos años se han sembrado unos 410 acres (166 hectáreas) de maíz.

El distrito calcula que las cosechas dejan entre US$ 400.000 y US$ 500.000 al año. Hasta fines de 2024, la fundación había repartido US$ 2,5 millones entre 277 estudiantes.

Las becas se reparten con un sistema de puntos por mérito: pesan las notas, la asistencia y la participación en actividades del colegio. Entre 2016 y 2020, 59 becados se graduaron de la universidad, y 23 de ellos fueron los primeros de su familia en lograrlo. La fundación también apoya a profesores del distrito que quieren estudiar una maestría.

El vínculo con la comunidad también cuenta. Cada año, los alumnos visitan el campo en plena cosecha, ven trabajar las máquinas y arrancan una mazorca del cultivo que, años más tarde, les ayudará a pagar la universidad. Los cheques de becas del primer semestre de 2026 estuvieron disponibles para su retiro el 12 de enero.

El mismo modelo se repite en otros países

Gruver no es un caso aislado. En el suroeste de Kansas, la Mustang Farm Foundation nació en 2024 con un esquema parecido. El distrito escolar USD 483 compró 320 acres (130 hectáreas) para cubrir la necesidad de derechos de agua, y un grupo de agricultores creó una fundación que arrienda el campo y destina las ganancias a becas.

La gestión, la mano de obra y la maquinaria son donadas por agricultores de la zona; los proveedores ponen fertilizante, semilla y agroquímicos. Cinco empresas de transporte participaron en la cosecha del primer cultivo, y entre quienes ayudaron había exalumnos del colegio. Las primeras becas se entregarán en 2028.

En Canadá, los proyectos de cultivo del Canadian Foodgrains Bank reúnen más de 200 campos comunitarios donde los agricultores donan tierra, trabajo y maquinaria, y las ganancias van a combatir el hambre en el mundo. En Monkton, Ontario, 120 cosechadoras trabajaron al mismo tiempo en 160 acres (65 hectáreas) de soja, la cosecharon en 11 minutos y 43 segundos y recaudaron 1 millón de dólares.

En Australia, Farming for Kids funciona desde 2013 en las llanuras de Liverpool, en Nueva Gales del Sur. Agricultores voluntarios trabajan 42 hectáreas arrendadas al municipio, junto al aeropuerto de Quirindi, y financian becas, programas de salud y apoyo a familias. Hasta 2022 habían reunido más de 200.000 dólares australianos, y una cosecha de sorgo, la primera en tres años por la sequía, dejó más de 80.000.

En Argentina, el mismo espíritu se usa para alimentar a quienes lo necesitan. La Chocleada Solidaria, creada en 2005 por productores, moviliza a cientos de estudiantes que cosechan choclos a mano: en una de sus ediciones juntaron 20.000 kilos, equivalentes a 15.000 platos de comida. En Balcarce, alumnos del Colegio Rural San José, el INTA y la agrupación Agricultores Unidos sembraron un lote de tres hectáreas que produjo diez toneladas de zapallos en su primera cosecha para familias necesitadas.

El caso de Gruver deja una cuenta simple. Vender la tierra habría dejado a la escuela cerca de un millón de dólares, según se calculó en 2015. En cambio, los agricultores voluntarios la siembran año tras año y, hasta 2024, ya sumaban US$ 2,5 millones en becas. Pero el modelo tiene un límite: en Canadá, el alza del precio de la tierra complica a los proyectos que buscan nuevos campos. Para los productores de cualquier país, el ejemplo deja una idea concreta: una cosecha bien organizada puede aliviar el costo de estudiar para toda una generación.

Texas Standard, Texas Farm Bureau, Gruver ISD, Business View Magazine, KUT, Liberal Leader & Times, Canadian Foodgrains Bank, World Renew, Manildra Group, La Voz de San Justo y La Capital de Mar del Plata

por José Rios