Scanning electron micrograph (SEM) of thermophilic bacteria (blue). Collected from 140 degree F water in the springs of Yellowstone National Park, Wyoming USA. This type of bacteria is adapted to thrive at high water temperatures and is currently the focus of biological researchers. Bacteria that can live in these extreme conditions are called thermophiles or extremophiles. Typically, the hotter the temperature the smaller the bacteria. Shot at 17,131X magnification with a field of view of 7 um.

Un compost tradicional puede tardar entre tres y doce meses en madurar. La ciencia y la industria llevan años tratando de comprimir ese proceso, y ya hay resultados concretos: un estudio de 2024 logró acelerar el compostaje de estiércol a solo tres días usando bacterias termófilas específicas. Pero conviene distinguir ese avance científico de las máquinas comerciales que prometen lo mismo en 24 horas, y que generan una controversia real dentro del propio sector.

El compostaje tradicional es, ante todo, un ejercicio de paciencia. Según la literatura científica, un compost maduro y estable producido por métodos convencionales suele tardar entre 90 y 270 días en completarse, dependiendo del material de origen, las condiciones climáticas y el manejo de la pila. Reducir ese tiempo sin sacrificar la calidad del producto final es uno de los grandes desafíos de la gestión de residuos orgánicos a gran escala, y es exactamente el problema que la investigación en bacterias termófilas viene atacando desde hace más de una década.

Qué son las bacterias termófilas y por qué son clave

Durante el proceso de compostaje, la temperatura de la pila orgánica no es constante: pasa por distintas fases dominadas por diferentes poblaciones microbianas. Al comienzo actúan microorganismos mesófilos, que operan en rangos de temperatura moderados. A medida que la actividad metabólica eleva la temperatura interna de la pila —típicamente entre 45°C y 70°C— toman el control las bacterias termófilas, capaces de sobrevivir y multiplicarse en ese ambiente de calor extremo. Son estas bacterias las que descomponen con mayor velocidad los componentes más complejos de la materia orgánica, como la celulosa y la lignina, además de eliminar patógenos y semillas de malezas gracias a las altas temperaturas que generan.

El compostaje acelerado moderno busca, en esencia, maximizar y prolongar esa fase termofílica desde el primer momento, en vez de esperar a que ocurra de forma espontánea. Las técnicas más usadas incluyen la selección de cepas bacterianas de alto rendimiento, el control estricto de oxígeno, humedad y temperatura, la fragmentación previa del material para aumentar la superficie de descomposición, y un balance preciso entre carbono y nitrógeno (idealmente entre 25:1 y 30:1). Con este enfoque, el compostaje tradicional en pilas —que normalmente toma entre 90 y 120 días— puede reducirse a entre 20 y 40 días, según especialistas del sector agroindustrial.

El hallazgo científico que sí logró llegar a 72 horas

El avance más significativo hacia una verdadera aceleración a 72 horas llegó recién en 2024, de la mano de un equipo de investigadores de la Academia China de Ciencias, publicado en la revista científica Frontiers in Microbiology. El estudio partió de un diagnóstico detallado: mediante secuenciación de alto rendimiento, los investigadores identificaron qué bacterias termófilas específicas se enriquecían naturalmente durante el compostaje de estiércol a medida que subía la temperatura, entre ellas especies como Novibacillus thermophiles, Bacillus thermolactis y Ammoniibacillus agariperforans.

A partir de ahí, el equipo aisló 47 cepas bacterianas directamente del propio proceso de compostaje y evaluó su capacidad de degradación. Al reinocular tres de esas cepas seleccionadas de vuelta en el estiércol, lograron acortar el proceso de compostaje de cinco a tres días, con un Índice de Germinación —una medida estándar de qué tan seguro es usar el compost sin dañar a las plantas— que aumentó hasta un 134%, además de una mejora medible en el crecimiento de trigo fertilizado con el producto resultante. Es, hasta ahora, una de las evidencias científicas más sólidas de que el compostaje genuino —no solo la reducción de volumen— puede comprimirse a un plazo de tres días mediante bacterias termófilas bien seleccionadas.

La controversia de las máquinas de “24 horas”

Aquí conviene hacer una distinción importante, porque el mercado comercial de compostaje acelerado avanzó por un camino paralelo, y no exento de polémica. Numerosos fabricantes —principalmente asiáticos y europeos— venden hoy máquinas de compostaje “in situ” que prometen convertir residuos de alimentos en abono en apenas 24 horas, reduciendo el volumen de los residuos hasta en un 90%, mediante tambores giratorios calefaccionados que combinan agitación mecánica, calor constante y microorganismos añadidos.

El problema es que una parte de la comunidad científica cuestiona directamente esa promesa. Como planteó públicamente un especialista en el tema, no existe microorganismo capaz de colonizar un sustrato en 24 horas: el tiempo mínimo de incubación necesario para que las bacterias empiecen siquiera a proliferar y arrancar el proceso de degradación se estima en 48 a 72 horas, y la maduración real puede tomar entre 15 y 20 días como mínimo. Bajo esa mirada crítica, lo que muchas de estas máquinas producirían en 24 horas no sería compost microbiológicamente activo, sino más bien un material deshidratado y de menor volumen —los propios fabricantes reconocen, en la letra chica de sus fichas técnicas, que el resultado de ese primer ciclo es un “abono inmaduro” que recién después puede usarse como enmienda de suelo, en vez de un compost terminado y estabilizado.

Esto no significa que estas máquinas sean inútiles: como herramienta de reducción de volumen y gestión de residuos en hoteles, hospitales, supermercados o plantas procesadoras de alimentos, cumplen un rol real y documentado. La distinción importa es entre “reducir volumen rápidamente” y “producir compost microbiológicamente maduro y estable”, que son objetivos distintos aunque el marketing comercial tienda a mezclarlos bajo la misma promesa de horas.

Lo que sí está bien establecido: beneficios reales del compost acelerado bien hecho

Cuando el proceso de aceleración —ya sea en pilas optimizadas o mediante bioaumentación con cepas bacterianas específicas— efectivamente logra estabilizar la materia orgánica, los beneficios agronómicos están ampliamente documentados: mayor aporte nutricional disponible para las plantas, retención de carbono en el suelo, menor incidencia de microorganismos patógenos gracias al efecto bactericida y fungicida de las altas temperaturas alcanzadas, y una mejora medible en la capacidad de retención de agua, la infiltración y la estructura general del suelo.

Qué significa esto para productores agrícolas y gestores de residuos

Para quien evalúa incorporar tecnología de compostaje acelerado —ya sea a escala de campo, planta procesadora o gestión municipal de residuos orgánicos— el mensaje que deja la evidencia disponible es doble. Por un lado, la ciencia ya demostró que es posible comprimir el compostaje genuino a un horizonte de 72 horas, pero mediante bacterias termófilas específicas, cuidadosamente seleccionadas y reinoculadas, no simplemente aplicando calor y agitación mecánica sin más. Por otro, buena parte de la oferta comercial que promete resultados en 24 horas está, en rigor, resolviendo un problema distinto —la reducción rápida de volumen de residuos— y conviene no confundir ese servicio, legítimo en sí mismo, con la promesa de obtener un abono completamente maduro y listo para aplicar al cultivo en el mismo plazo.


Fuentes: Frontiers in Microbiology (Wang, Li y Li, 2024, DOI: 10.3389/fmicb.2024.1472922), Ingeniero Agroindustrial, AIMPLAS, Ecogestionar, CompostFácil, ITENE (estado del arte de compostaje industrial acelerado), Endlessly Green (Dr. Manoj), Creeks Composter, TMK, LEANpio, De la Cocina a la Huerta, Revista de Investigación Universitaria (UPeU), SciELO México.