La FAO advierte que, si continúa el ritmo actual de degradación del suelo por las prácticas agrícolas convencionales, al mundo le quedan apenas 60 cosechas antes de comprometer seriamente su capacidad de producir alimentos. Frente a ese diagnóstico, la agricultura regenerativa se instaló como la alternativa más discutida del momento. Pero, ¿qué dicen los estudios que las comparan directamente, cultivo por cultivo, costo por costo?

El diagnóstico que le da urgencia al debate

La cifra de la FAO es contundente: cada año se pierden 24.000 millones de toneladas de tierra fértil por erosión, el equivalente a unos 12 millones de kilómetros cuadrados. Ese diagnóstico desmiente, según distintos análisis del sector, un mito instalado durante décadas: que solo maltratando la tierra —con altas dosis de fertilizante químico, arado intensivo y monocultivo— es posible alimentar a la población mundial.

Qué separa a un modelo del otro

La agricultura convencional se centra históricamente en maximizar el rendimiento por hectárea, apoyada en fertilizantes sintéticos, pesticidas y labranza intensiva del suelo. La agricultura regenerativa, en cambio, busca restaurar activamente la salud del suelo, aumentar la biodiversidad y capturar carbono, utilizando rotación de cultivos, cultivos de cobertura y labranza mínima o directa, mientras reduce la dependencia de insumos externos.

Las diferencias se notan en varios frentes al mismo tiempo. En salud del suelo, los sistemas regenerativos muestran mayor cantidad de materia orgánica y mayor diversidad biológica, mientras el modelo convencional tiende a perder carbono del suelo con el paso de los años. En vulnerabilidad climática, las prácticas convencionales contribuyen más a las emisiones de gases de efecto invernadero, al liberar carbono acumulado en el suelo y depender de insumos de producción industrial intensiva en energía. En costos, los productores convencionales enfrentan alzas sostenidas en el precio de semillas, fertilizantes sintéticos y pesticidas, lo que erosiona sus márgenes de ganancia con el tiempo, mientras el modelo regenerativo apunta a menor dependencia de esos insumos externos. Y en volatilidad de mercado, la dependencia convencional de una gama estrecha de cultivos la hace más vulnerable a fluctuaciones de precios, eventos climáticos extremos y brotes de enfermedades, mientras la mayor diversidad de los sistemas regenerativos actúa como amortiguador natural.

Lo que muestran los estudios reales

Más allá de la teoría, ya existen comparaciones directas en terreno. El proyecto RegeneraCat, en Cataluña, comparó ocho explotaciones agrícolas —cuatro que aplican técnicas regenerativas y cuatro convencionales— en cultivos de calabacines, peras, uvas y leche de vaca. Según los resultados preliminares del estudio, las fincas regenerativas alcanzaron niveles de producción similares a las convencionales, pero con un gasto significativamente menor, gracias a una menor dependencia de insumos externos y maquinaria. Un segundo estudio en la misma región, que analizó explotaciones específicas —una lechería, un productor de verduras, un viñedo y un productor de peras— llegó a una conclusión todavía más clara: la agricultura regenerativa puede producir tanto como la convencional, sin recurrir a productos químicos ni insumos externos, mientras regenera al mismo tiempo la fertilidad del suelo, la biodiversidad, la gestión del agua y las economías rurales.

En el plano ganadero, un análisis del sector agrega otra dimensión al debate: la ganadería tradicional puede ser más rentable en el muy corto plazo, pero agota progresivamente el suelo y el agua disponibles; la ganadería regenerativa, en cambio, invierte primero en recuperar el suelo, y recién después de dos a tres años, los ahorros de costos y la producción adicional terminan superando la inversión inicial.

La clave económica que suele pasar desapercibida

Detrás de estos estudios hay un punto central que rara vez se explicita: aunque la agricultura regenerativa produzca, en algunos casos, un poco menos por hectárea que la convencional, la reducción de costos asociada a un menor uso de fertilizantes sintéticos, pesticidas y maquinaria puede traducirse en un margen por unidad productiva más alto, incluso con un volumen total ligeramente menor. Es la misma lógica que confirmó el estudio de RegeneraCat al hablar de un “gasto significativamente menor” con producción similar: no se trata solo de cuánto se cosecha, sino de cuánto le queda al productor después de pagar los insumos que ya no necesita comprar. Bajo ese prisma, sacrificar una fracción del rendimiento bruto puede terminar siendo, paradójicamente, el camino hacia una explotación más rentable por cada unidad producida, no menos.

Las honestas limitaciones del modelo regenerativo

Ningún estudio serio presenta a la agricultura regenerativa como una solución sin costos. La adopción de nuevos métodos de manejo de la tierra puede tomar tiempo, y el rendimiento durante la transición puede ser, en algunos casos, más bajo que el de la agricultura convencional ya consolidada. El propio análisis de Agrolatam sobre maíz y soja advierte que el cambio de modelo implica mayores requerimientos de conocimiento técnico, ajustes de costos y posibles caídas iniciales de rendimiento, factores que hoy limitan una expansión más acelerada. Por eso, distintos estudios coinciden en que hacen falta políticas de incentivo, financiamiento específico y asistencia técnica para acompañar esa transición, más que esperar que el cambio ocurra únicamente por decisión individual de cada productor.

Un mismo objetivo, con caminos distintos

Vale la pena aclarar que la agricultura regenerativa tampoco es lo mismo que la agricultura orgánica o la sostenible: mientras esta última busca principalmente evitar insumos sintéticos o mantener el sistema sin degradarlo más, el enfoque regenerativo se propone activamente mejorar el estado del suelo respecto a su condición de partida, un objetivo más ambicioso que explica por qué su adopción exige, al menos al comienzo, más conocimiento y más inversión de tiempo por parte del productor.

Lo que viene

Con estudios de campo que empiezan a confirmar lo que muchos productores regenerativos ya constataban de forma empírica —rendimientos comparables, costos más bajos en el mediano plazo y un suelo que mejora en lugar de degradarse— el debate entre ambos modelos ya no se resuelve solo con argumentos ambientales, sino también económicos. La pregunta que queda abierta para la próxima década es si la velocidad de esa transición logrará adelantarse al reloj que la propia FAO ya puso en marcha con su advertencia de las 60 cosechas.

por José Rios