Con una economía que crecerá 6,9% en el próximo ejercicio fiscal, una clase media en plena expansión y una demanda interna que sostiene casi 60% de su PIB, el mercado indio se consolidó como uno de los más codiciados del planeta. Su tamaño, su resiliencia frente a la volatilidad global y su enorme dependencia de minerales estratégicos lo convirtieron en destino prioritario para exportadores de todo el mundo, incluida buena parte de América Latina.

Por qué el mercado indio se volvió tan atractivo

Más allá de sus cifras económicas, India tiene un atributo que ningún otro mercado emergente puede igualar del todo: es, con más de 1.400 millones de habitantes, uno de los dos países más poblados del planeta, en un margen tan estrecho con China que ambos rondan cifras similares según el año y la fuente que se consulte. Esa escala poblacional, combinada con una clase media en rápida expansión, convierte a India en un mercado de consumo casi sin techo a largo plazo. A eso se suma un factor geopolítico que ganó fuerza especialmente desde la pandemia: la estrategia conocida como “China Plus One”, mediante la cual empresas y gobiernos de todo el mundo buscan diversificar sus cadenas de suministro y sus mercados de destino para depender menos de China, y en la que India aparece como una de las alternativas mejor posicionadas, gracias a su propia base manufacturera y a su tamaño de mercado interno. Vale la pena matizar esa narrativa, eso sí: un informe del propio Niti Aayog —el organismo de planificación del gobierno indio— reconoció que India ha tenido “éxito limitado” en capturar esta estrategia hasta ahora, cediendo terreno frente a países como Vietnam, Tailandia, Camboya y Malasia, que avanzaron más rápido gracias a menores costos laborales y una mayor proactividad en la firma de acuerdos de libre comercio.

El Banco de la Reserva de India (RBI) proyecta una expansión del 6,9% del PIB para el ejercicio fiscal 2026-27, una cifra que desafía el escenario de riesgos globales. A diferencia de otras grandes economías emergentes, India mantiene una notable resiliencia frente a las turbulencias externas gracias a su fuerte orientación al mercado interno: el consumo privado representa casi 60% del PIB indio, mientras las exportaciones apenas equivalen al 22%, muy por debajo del 35% de China o el 45% de Corea del Sur. Esa base de demanda interna, sostenida por una clase media en expansión y mayor poder adquisitivo, es justamente lo que multiplica el interés de exportadores de todo el mundo por entrar a ese mercado.

Ese dinamismo también se refleja sector por sector. El mercado agrícola indio, por ejemplo, pasará de US$471.030 millones en 2026 a US$578.890 millones hacia 2031, según Mordor Intelligence, con una proyección de crecimiento del 7,42% anual específicamente para frutas y verduras. Pero el apetito de India va mucho más allá de los alimentos: el país busca asegurar el suministro de minerales críticos para sostener su propia transición energética, su industria de baterías y su expansión en inteligencia artificial y centros de datos.

Lo que ya se exporta desde América Latina, y no es solo comida

El caso más ilustrativo de esa dimensión menos conocida es el litio. India depende hoy en un 100% de las importaciones de litio, un insumo crítico para su ambición de electromovilidad y almacenamiento energético. En el año fiscal 2025, Chile llegó a proveer el 32% del carbonato de litio y el 41% de los óxidos e hidróxidos de litio importados por India, consolidándose como su mayor proveedor de minerales críticos. El comercio bilateral entre ambos países, que ronda hoy los US$5.000 millones anuales, ya creció más de tres veces entre 2020 y 2025, y las autoridades de ese país aseguran que podría “cuadruplicarse” si se cierra un acuerdo de asociación económica más amplio, actualmente en negociación, donde el cobre y el litio son uno de los ejes centrales de la conversación.

Junto a los minerales, la canasta agroalimentaria también avanza con fuerza: manzanas frescas, con envíos que llegaron a US$38 millones y un crecimiento de 71,8% en los primeros cinco meses de 2026, y nueces, que ya se consolidaron como el segundo producto más exportado a India durante 2025, con US$101 millones en el año completo —cifra que en los primeros cinco meses de 2026 seguía creciendo a un ritmo de 88,9% interanual—. Las nueces, en particular, ya concentran más del 80% de participación de mercado en India, con exportaciones que comenzaron en 2019 y hoy superan las 50.000 toneladas anuales. A esa lista se suman kiwis, cerezas, avena, vino, carnes blancas, celulosa, productos de madera, oro y minerales a granel.

Dónde está el verdadero potencial futuro

Más allá de los productos ya consolidados, el mayor potencial de crecimiento no está necesariamente en el agro. India avanza a paso firme en electromovilidad, almacenamiento de energía, inteligencia artificial y centros de datos, todas industrias que requieren un suministro estable de cobre y litio, minerales donde Sudamérica concentra una porción decisiva de las reservas mundiales. La estatal india Coal India Ltd ya explora directamente oportunidades de inversión en activos mineros sudamericanos, una señal temprana de que el interés de India por asegurar el acceso a estos recursos va mucho más allá del comercio tradicional y podría derivar en inversión directa de capital indio en la región.

Cómo se posicionan otros países de la región

La carrera por el mercado indio no la corre un solo país latinoamericano, y cada uno llega con fortalezas y debilidades distintas.

Argentina construyó un superávit comercial creciente con India, apoyado en cereales, harinas y pellets de soja destinados a la industria ganadera y avícola india, en un contexto en que sus exportaciones hacia India, junto a Chile, Perú, el Sudeste Asiático y Medio Oriente, ya compensan el déficit que mantiene con China y Brasil. Su ventaja es la escala de su oferta agroindustrial; su debilidad es una dependencia comercial todavía muy concentrada en el Mercosur y en commodities de bajo valor agregado frente a India.

Brasil, la mayor economía de la región, exporta a India principalmente soja, aceites y minerales de hierro, pero según Santander Trade el país sigue siendo relativamente cerrado al comercio exterior en relación a su tamaño: su base de empresas exportadoras es comparable a la de Noruega, un país con apenas 5 millones de habitantes frente a los más de 200 millones de Brasil. Esa baja penetración comercial limita su capacidad de aprovechar plenamente el tamaño del mercado indio, pese a contar con una economía mucho más diversificada que sus vecinos.

México, por su parte, enfrenta la limitación opuesta: cerca del 80% de sus exportaciones se dirigen a Estados Unidos, lo que lo deja con muy poco margen de diversificación real hacia Asia. Aunque goza de una tasa arancelaria efectiva particularmente baja con Washington gracias a la integración de sus cadenas productivas, esa misma integración con el mercado estadounidense es la razón por la que su presencia comercial en India sigue siendo marginal frente al resto de la región.

Perú, con una economía más dependiente de la minería del cobre, enfrenta hoy presión externa sobre ese mismo commodity, en un escenario donde compite directamente con otros proveedores sudamericanos por capturar la demanda india de minerales estratégicos, sin haber logrado todavía la misma diversificación de productos agroalimentarios que sí muestran Argentina o el propio corredor chileno.

Lo que viene

Con un mercado agrícola indio que seguirá creciendo cerca de 7,4% anual hasta 2031, y con la demanda de minerales críticos para electromovilidad y tecnología recién acelerando, India se perfila como uno de los pocos mercados globales donde la oportunidad crece simultáneamente en alimentos, energía y tecnología. Para los países de América Latina, el desafío ya no es solo vender más a India, sino decidir en qué categoría —agro, minerales o ambas— construir una relación comercial que, según reconocen las propias autoridades involucradas en estas negociaciones, todavía está muy por debajo de su verdadero potencial.

por Juan Lagos