Japón desarrolló la uva Shine Muscat, un producto de 30 años de investigación que hoy se vende a US$100 el racimo. Pero un descuido regulatorio permitió que China y Corea del Sur la cultivaran de forma legal, sin pagar ni un yen en regalías. Ahora, el país construye desde cero una agencia dedicada a que eso no vuelva a pasarle a ninguna otra de sus variedades.

Japón lleva más de un siglo desarrollando frutas de altísima calidad, algunas tan cuidadas que sus productores envuelven cada durazno o manzana en papel mientras todavía cuelgan del árbol. Pero toda esa inversión en genética vegetal tiene un punto ciego que el propio país reconoce haber subestimado: proteger esas variedades legalmente en el resto del mundo.

El error que le costó carísimo: la uva Shine Muscat

El caso más emblemático es el de la uva Shine Muscat, una variedad verde, dulce y sin semillas que Japón registró oficialmente en 2003, tras años de desarrollo. En su mercado local, un racimo puede venderse hasta en US$100.

El problema surgió por un tecnicismo regulatorio. Bajo las normas internacionales de protección de variedades vegetales (el sistema UPOV), un desarrollador tiene un plazo de seis años para registrar formalmente su variedad en otros países y así poder cobrar regalías por su cultivo en el extranjero. En el caso de la Shine Muscat, ese plazo vencía en 2012, y Japón lo dejó pasar. El resultado: hoy China y Corea del Sur pueden cultivar y vender la uva de forma completamente legal, sin pagarle a Japón ni un yen, algo que el propio Ministerio de Agricultura surcoreano confirmó públicamente.

La escala del problema es enorme. Según estimaciones de 2022, la superficie cultivada con Shine Muscat en China es unas 30 veces mayor que en Japón. El propio Ministerio de Agricultura japonés calcula pérdidas anuales por regalías superiores a los 10.000 millones de yenes (unos US$65 millones al tipo de cambio de ese período). Y no se trata solo de esta uva: la revisión de plataformas de venta online en Corea del Sur y China encontró unas 50 variedades japonesas de fresas, cítricos, uvas y otros cultivos siendo comercializadas sin autorización.

Una ley con dientes, pero que llegó tarde

Japón no se quedó de brazos cruzados. En 2020, aprobó una ley que restringe la exportación de semillas y esquejes de sus variedades protegidas, permitiendo a los desarrolladores designar específicamente a qué países pueden exportarse. La norma también castiga con hasta 10 años de cárcel o multas de hasta 10 millones de yenes a quienes saquen semillas o plantines del país de forma ilegal, y exige autorización para que los propios agricultores japoneses reutilicen semillas de su cosecha para la temporada siguiente.

El problema es que esa ley llegó años después de que la Shine Muscat ya hubiera salido del país, injertada en vides locales en China y Corea del Sur. Según reconstruyó un reportaje de CNN, es habitual que las variedades sean sacadas de contrabando y, una vez fuera, la única forma de frenar su cultivo es que el propio desarrollador japonés pruebe mediante pruebas genéticas que se trata de su variedad protegida y luego recurra a la vía judicial en cada país, un proceso lento y costoso.

La nueva apuesta: una agencia dedicada solo a esto

El paso más reciente llegó en junio de 2026, cuando el gobierno japonés anunció la creación de una organización público-privada, con lanzamiento previsto para agosto de ese año, dedicada exclusivamente a proteger los derechos de las nuevas variedades agrícolas del país. Es la primera vez que Japón tendrá una entidad especializada en gestionar los derechos de obtentor (la propiedad intelectual sobre nuevas variedades vegetales) en el sector agrícola.

Las funciones de la nueva agencia incluyen monitorear el cultivo no autorizado en el extranjero, iniciar acciones legales cuando corresponda, y gestionar las licencias de uso de las variedades japonesas. Es, en esencia, el intento de Japón de centralizar y profesionalizar algo que hasta ahora dependía del esfuerzo individual de cada productor o desarrollador.

Un problema que ya cambió el comportamiento de los agricultores

Mientras la nueva agencia se pone en marcha, el problema ya transformó la forma en que trabajan los propios productores japoneses. Según contó a CNN Shinya Sato, un viticultor de la prefectura de Yamanashi que cultiva variedades originales como Shine Muscat, Kai King y Sunshine Red, cuando su padre manejaba el campo no existían medidas de seguridad; hoy, en cambio, la protección contra el robo de material vegetal es parte central de la operación diaria.

El propio fenómeno de la “fuga de variedades” está empujando a Japón a un dilema de fondo: según una fuente citada en el reportaje de CNN, el país está gastando cada año menos en crear nuevas variedades, justo cuando esa capacidad de innovación genética es lo que sostiene su ventaja competitiva en el mercado global de fruta premium.

Una lección para cualquier país que exporte genética vegetal

El caso japonés deja una lección clara para cualquier país, incluidos los productores de fruta de Latinoamérica: desarrollar una variedad de clase mundial es solo la mitad del trabajo. La otra mitad, muchas veces subestimada, es registrar y proteger esa propiedad intelectual en cada mercado relevante antes de que sea demasiado tarde. Japón, uno de los países más sofisticados del mundo en mejoramiento genético frutícola, tuvo que aprender esa lección de la forma más cara posible: viendo cómo su producto insignia se cultiva 30 veces más en el país que se lo copió que en el que lo inventó.

Fuentes: CNN, Nikkei Asia, South China Morning Post, The Asia Business Daily, Fruitnet.

por Juan Lagos