La temperatura promedio de la superficie de los océanos alcanzó en julio de 2026 su nivel más alto jamás registrado para ese mes, según confirmó este lunes el Servicio de Cambio Climático de Copernicus (C3S) de la Unión Europea. El hito llega mientras El Niño continúa fortaleciéndose en el Pacífico tropical, el mismo fenómeno que ya reportamos como una amenaza activa para las cosechas y los precios agrícolas en toda América Latina.
El dato que confirma Copernicus
Según el boletín climático de Copernicus, la temperatura superficial promedio de los océanos extrapolares —es decir, excluyendo las zonas cubiertas por hielo estacional, entre los 60° sur y los 60° norte— alcanzó los 20,96°C en julio, superando el récord anterior de 20,89°C, registrado en 2023. Las temperaturas se mantuvieron excepcionalmente altas en gran parte del Pacífico tropical, precisamente la zona donde las condiciones de El Niño están presentes y se proyecta que sigan intensificándose en los próximos meses. En términos de temperatura del aire, julio de 2026 fue, a nivel global, el segundo julio más cálido jamás registrado, empatado con julio de 2024, con una temperatura promedio de 16,90°C, es decir, 1,47°C por sobre el promedio preindustrial estimado.
Europa occidental, con su verano más caluroso de la historia
El informe de Copernicus también confirmó que Europa occidental vivió su período junio-julio más cálido desde que existen registros, con una temperatura promedio de 21,62°C, 2,79°C por sobre el promedio histórico y superando el récord previo, establecido en 2022. Samantha Burgess, líder estratégica de clima del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio, explicó que “julio de 2026 fue el tercer mes consecutivo de calor excepcional en Europa occidental”, atribuyendo el fenómeno a sistemas de alta presión persistentes que atraparon el calor sobre la región, mientras la sequedad del suelo redujo el enfriamiento natural y permitió que las temperaturas siguieran subiendo. Francia, España, partes de Alemania y el Reino Unido registraron niveles excepcionalmente bajos de lluvia y humedad del suelo durante el mes.
Un verano que ya dejó más de 500.000 hectáreas quemadas
Esas condiciones de calor y sequía extrema alimentaron, según el propio reporte, la propagación e intensificación de incendios forestales extremos en Europa occidental, que ya suman más de 500.000 hectáreas quemadas en la Unión Europea durante este verano —el peor registro histórico— cifra que confirma y actualiza la magnitud de la ola de incendios que ya reportamos en Diario Agrícola entre Francia, España, Portugal, Grecia, Italia y Escocia.
Por qué esto le importa directamente al agro
El fortalecimiento confirmado de El Niño en el Pacífico tropical es la misma variable que analizamos en profundidad al revisar el mapa de riesgos agrícolas para América Latina: mientras el fenómeno recién se acerca a su pico proyectado entre el último trimestre de 2026 y el primero de 2027, este nuevo récord de temperatura oceánica confirma que la base física del fenómeno —aguas del Pacífico más cálidas de lo habitual— ya está firmemente instalada, reforzando el escenario de mayor probabilidad de sequías, lluvias extremas e impactos sobre cosechas que distintos organismos, como el Banco Interamericano de Desarrollo, ya advirtieron para la región.
El otro riesgo silencioso: el oxígeno que produce el propio océano
Detrás de estas cifras de temperatura hay una amenaza menos visible, pero igual de relevante para la vida en el planeta: gran parte del oxígeno que respiramos no proviene de los bosques terrestres, sino del fitoplancton oceánico. Según confirmó en 2015 el proyecto científico internacional Tara Oceans, y respalda hoy el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC en España, estos microorganismos marinos generan al menos la mitad del oxígeno primario del planeta —unas 27.000 millones de toneladas al año— superando incluso a las selvas tropicales como fuente de oxígeno global.
El problema es que el propio calentamiento oceánico que documenta Copernicus amenaza directamente a estos organismos. Un estudio publicado en la revista Science Advances, que analizó datos satelitales entre 2001 y 2023, encontró una caída anual promedio de 1,78% en la concentración de clorofila A, el pigmento que indica la presencia de fitoplancton, atribuida al aumento de la temperatura superficial del océano. Ese calentamiento intensifica un proceso conocido como estratificación, en el que las aguas cálidas y menos densas se aíslan de las capas frías y ricas en nutrientes del fondo marino, dificultando el crecimiento de estos microorganismos. Investigaciones adicionales proyectan que, en escenarios de calentamiento extremo, la abundancia de Prochlorococcus —una de las especies de fitoplancton más comunes— podría caer entre 17% y 51% hacia fines de este siglo, especialmente en aguas tropicales.
Con todo, la comunidad científica pide cautela antes de presentar esto como el riesgo más inminente: el oceanógrafo Frederico Brandini, del Instituto Oceanográfico de la Universidad de São Paulo, señaló que el posible descenso del fitoplancton no sería la amenaza ambiental más inmediata para la humanidad, ubicando por delante otros problemas como la contaminación marina, la sobrepesca, la pérdida de manglares y el vertido de metales pesados en el mar.
¿Qué podemos hacer al respecto?
A nivel individual, la posibilidad de revertir un fenómeno de esta escala es nula, pero sí existen medidas concretas para reducir su impacto, especialmente en el sector agrícola. El propio Banco Interamericano de Desarrollo ya identificó, al advertir sobre el riesgo de El Niño para la región, herramientas específicas: sistemas de alerta temprana, agricultura de precisión, planificación sanitaria anticipada e inversión en infraestructura resiliente ante sequías e inundaciones. Con 2026 posicionándose ya como el tercer año más cálido registrado a nivel global —detrás de 2024 y 2025— y con científicos de Copernicus proyectando que el promedio de temperatura mundial podría alcanzar un nuevo récord hacia fines de este año o comienzos de 2027, el fortalecimiento de El Niño se perfila como el factor climático central a monitorear durante el resto del año, tanto para la agricultura del hemisferio sur como para la reconstrucción de las zonas europeas devastadas por los incendios de este verano boreal.
por Juan Lagos
