Mientras el continente africano ha basado históricamente buena parte de su comercio exterior en minerales como el oro, el cobre y los diamantes, un fenómeno menos visible está tomando fuerza en los últimos años: las exportaciones de fruta fresca de alto valor están creciendo más rápido que cualquier otro sector agrícola de la región, y empiezan a competir en ingresos con los productos que tradicionalmente definieron la economía africana.

El caso de los arándanos en Zimbabwe

Uno de los ejemplos más claros de esta transformación ocurre en Zimbabwe, donde la producción de arándanos pasó de ser un actor marginal en el mercado global a convertirse en una de las historias de exportación más prometedoras del continente. El país exportó cerca de 9.500 toneladas de arándanos en 2025 desde unas 650 hectáreas plantadas, y para 2026 se proyecta alcanzar las 12.000 toneladas, con la superficie cultivada creciendo hasta unas 850 hectáreas. La cifra representa un salto de aproximadamente 40 veces respecto al volumen exportado hace una década.

En una granja ubicada a 40 kilómetros de Harare, la capital del país, cientos de trabajadores cosechan arándanos a mano antes de trasladarlos a instalaciones de frío para su clasificación. Desde ahí, la fruta es enviada por vía aérea a Asia oriental, donde la demanda por los frutos de mayor tamaño es alta, o exportada por barco hacia Europa. “Es un hervidero de actividad”, describió el productor Alistair Campbell a la revista The Economist al referirse al ritmo de trabajo en su predio.

Un fenómeno que va mucho más allá de los arándanos

El crecimiento no se limita a Zimbabwe ni a los arándanos. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), las exportaciones africanas de frutas tropicales como paltas, mangos y piñas se han más que triplicado en la última década, un ritmo de crecimiento superior al de cualquier otra región del mundo.

Kenia y Etiopía, por su parte, concentran en conjunto cerca de un 8% de las exportaciones mundiales de flores cortadas, apoyadas en tecnología de punta para el cuidado de sus cultivos. El año pasado, además, Europa consumió por primera vez más de un millón de toneladas de paltas, demanda que fue cubierta en gran parte por Marruecos y Kenia.

Sudáfrica, en tanto, marcó un hito propio: en mayo de este año desplazó a España como el mayor exportador mundial de cítricos. Los cítricos superaron al vino como el principal producto agrícola de exportación del país en 2010, y hoy generan más ingresos que las exportaciones de diamantes sudafricanas.

La “industrialización de lo fresco”

Para varios analistas, este auge frutícola tiene una lectura que va más allá de lo puramente agrícola. El sector manufacturero del África subsahariana ha permanecido prácticamente estancado durante los últimos 15 años, una situación que preocupa a quienes creen que el crecimiento económico de la región depende de un modelo de industrialización orientado a la exportación, similar al de varios países asiáticos.

Frente a ese escenario, académicos como Christopher Cramer plantean que las explotaciones agrícolas de alta tecnología funcionan, en la práctica, como pequeñas fábricas: son intensivas en mano de obra y están integradas a cadenas de suministro globales, en lo que él mismo describe como una “industrialización de lo fresco”. El economista sudafricano Wandile Sihlobo refuerza esa idea al señalar que este tipo de explotaciones frutícolas ya operan como negocios integrados de manufactura y logística, más que como agricultura tradicional.

El desafío hacia adelante será si este modelo de crecimiento, hoy concentrado en unos pocos países y cultivos, logra expandirse lo suficiente como para convertirse en un motor real de industrialización para el resto del continente.

por Juan Lagos