En Estados Unidos, comprar tierra agrícola dejó de ser cosa solo de agricultores. Fondos de inversión, empresas industriales y, más recientemente, gigantes tecnológicos que buscan terreno para construir centros de datos de inteligencia artificial están disparando una fiebre de compra de tierras que ya empuja a productores familiares fuera del mercado y multiplica los precios por metro cuadrado en el corazón agrícola del país.
Una tendencia que ya venía gestándose desde hace años
La financiarización de la tierra agrícola estadounidense no es nueva, pero se aceleró de forma notable en la última década y media. Según datos del Consejo Nacional de Fiduciarios de Inversiones Inmobiliarias, las empresas de inversión aumentaron sus tenencias de tierras agrícolas en 231% entre 2008 y 2023. Compañías como Farmland Partners, PGIM y Gladstone Land han estado pagando sumas muy por encima del promedio regional, revendiendo algunas propiedades hasta a cinco veces su valor original. El propio exsecretario de Agricultura de Estados Unidos, Tom Vilsack, llegó a advertir que cerca de un tercio de todas las operaciones agrícolas que generan más de US$500.000 en ventas anuales ya pertenecen a empresas de inversión, no a agricultores independientes.
El atractivo financiero del activo ayuda a explicar el fenómeno: el índice NCREIF Farmland muestra retornos anuales promedio cercanos al 11% entre 1992 y 2024, superando tanto al S&P 500 como a los índices inmobiliarios comerciales, con una volatilidad significativamente menor. El valor promedio por acre de tierra agrícola en Estados Unidos pasó de US$1.090 en el año 2000 a US$4.080 en 2024, en un mercado hoy valuado en unos US$3,4 billones, del cual menos del 2% cambia de manos cada año.
El nuevo actor que disparó todo: la inteligencia artificial
Lo que transformó esta tendencia de crecimiento sostenido en una verdadera fiebre fue la irrupción de los centros de datos dedicados a inteligencia artificial. A diferencia de los centros de datos tradicionales, que deben ubicarse cerca de las ciudades para dar servicio a sus usuarios, las instalaciones dedicadas a IA no dependen de la cercanía urbana: las tecnológicas priorizan terrenos baratos, disponibilidad de energía y regulaciones estatales favorables, condiciones que suelen encontrarse precisamente en zonas rurales agrícolas. Según Alan Howard, analista principal de construcción de centros de datos en Omdia, esto permite operaciones mucho más eficientes en el campo, donde el precio de la tierra es menor y la capacidad eléctrica no utilizada es mayor que en zonas urbanas.
El resultado ya se ve en las ofertas que están recibiendo los agricultores. En Illinois, el propietario Robert Kreitler describe una de las tierras más fértiles del mundo —con rendimientos de 234 bushels de maíz por acre en 2024— rodeada hoy por entre 35 y 40 centros de datos solo en el norte de su condado. En otro caso ampliamente citado, un agricultor rechazó una oferta de US$26 millones de un desarrollador de centros de datos de IA por su predio, mientras una pareja vecina, con una granja en dificultades económicas, terminó vendiendo la suya por US$22 millones. Ambas historias resumen el dilema que hoy enfrenta buena parte de la América rural: resistir para mantener la tierra en producción agrícola, o capitalizar una oportunidad de riqueza que probablemente no se repita.
Una batalla que ya generó un movimiento social
La reacción ciudadana no se hizo esperar. Según registros citados por analistas del sector, el número de grupos activistas que se oponen a la instalación de centros de datos ya alcanza los 833, repartidos en 49 estados, más del doble de los 396 grupos que existían en 2025. Solo en el primer trimestre de 2026, 75 proyectos de centros de datos valorados en US$130.000 millones fueron bloqueados o retrasados por la presión comunitaria, mientras una encuesta de Gallup de marzo de 2026 mostró que el 70% de los votantes estadounidenses rechaza tener este tipo de instalaciones cerca de sus hogares. Ciudades y condados de al menos 14 estados suspendieron permisos de construcción desde diciembre de 2025, mientras estados como Nueva York, Georgia, Maryland, Oklahoma y Vermont ya establecieron moratorias o pausas temporales. En Monterey Park, California, los propios votantes aprobaron con 86,3% de apoyo una prohibición permanente a los centros de datos en su territorio.
Qué está en juego para la agricultura
Más allá del debate inmobiliario, el conflicto expone tensiones muy concretas para el futuro productivo del campo estadounidense: el consumo masivo de electricidad de estos centros ya presiona al alza los precios de la energía y los costos de capacidad para los productores agrícolas vecinos, mientras el uso intensivo de agua para sistemas de enfriamiento compite directamente con las necesidades de riego. A eso se suma la preocupación de fondo que ya planteaba Vanessa García Polanco, directora de campañas políticas de la Coalición Nacional de Jóvenes Agricultores: la competencia por la tierra ya no es solo entre agricultores, sino contra compradores corporativos que pueden pagar en efectivo y superar cualquier oferta local, dejando a los productores familiares —y especialmente a los agricultores jóvenes que buscan comprar su primer predio— cada vez más fuera del mercado.
Lo que viene
Con la demanda de cómputo para inteligencia artificial mostrando pocas señales de desacelerar, y con la tierra cultivable per cápita del planeta cayendo de 1,1 acres en 1960 a apenas 0,44 acres en 2024, la disputa entre agricultura y tecnología por el uso del suelo estadounidense recién empieza a definir sus reglas. La ola de moratorias locales que ya se extiende por buena parte del país sugiere que el pulso entre Silicon Valley y el mundo rural será uno de los frentes más determinantes para el futuro de la tierra agrícola en Estados Unidos durante los próximos años.
por Juan Lagos
