No hubo ministerios, ni presupuestos millonarios, ni campañas publicitarias del Estado. Bastó un hombre masticando una zanahoria frente a las cámaras para lograr lo que generaciones de políticas de salud pública llevan intentando durante décadas: que los niños elijan una verdura por encima de un dulce. Esta es la historia de cómo Erling Haaland, sin proponérselo, se convirtió en el mejor embajador que la agricultura noruega jamás tuvo.

Hay hazañas que se escriben con goles, trofeos y estadios rugiendo. Y hay otras, mucho más silenciosas, que se construyen mordisco a mordisco, lejos del marcador, pero con una capacidad de transformación que ningún título deportivo puede igualar. La de Erling Haaland es de esas segundas: una hazaña que no aparece en ninguna estadística de la FIFA, pero que ya cambió para siempre la relación de miles de niños noruegos con la comida.

Un hábito que nació del campo, no del marketing

La historia no empezó como una estrategia publicitaria. Haaland cuenta que creció entre campos y granjas, viendo de cerca cómo se cultivan las verduras y el trabajo de los agricultores, una experiencia que, según él mismo ha explicado, afinó su exigencia por la calidad de lo que come. De ahí nació un hábito tan simple como contundente: comer zanahorias crudas, enteras, como postre o snack, para evitar el azúcar añadido. Desde hace años, videos del delantero mordisqueando zanahorias mientras conduce o firma autógrafos circulan en redes, casi como una curiosidad simpática de su rutina.

Lo que nadie imaginaba es que esa costumbre modesta terminaría convertida en un fenómeno nacional capaz de torcer las estadísticas de consumo de un país entero.

El Mundial que convirtió una costumbre en una revolución

El punto de inflexión llegó con el Mundial 2026. Haaland anotó siete goles y llevó a Noruega hasta los cuartos de final, mientras sus seguidores en redes sociales crecían en más de 20 millones durante el torneo. En medio de esa explosión de popularidad, el delantero apareció en una campaña publicitaria para BAMA, el mayor distribuidor de frutas y verduras de Noruega, comiendo zanahorias con total naturalidad frente a las cámaras.

El resultado fue inmediato y medible. Según un reporte del mercado frutícola y hortícola noruego, las ventas de zanahorias subieron 25,4% interanual durante el torneo, un fenómeno que la propia industria bautizó como el “efecto Haaland”. La Dirección de Agricultura de Noruega lo registró oficialmente en su reporte semanal de frutas y verduras de comienzos de agosto, y el fenómeno se mantuvo con fuerza incluso después de terminado el Mundial, extendiéndose hasta septiembre. Reportes posteriores de la industria describieron un verano particularmente fuerte para la zanahoria noruega, con algunas categorías acercándose a duplicar sus ventas habituales.

La hazaña más grande: conquistar el paladar de los niños

Pero el verdadero logro de Haaland no se mide en porcentajes de venta, sino en algo mucho más difícil de torcer: el gusto de un niño. En toda Noruega, los menores empezaron a pedirles a sus padres “el dulce de Haaland” o “la piruleta de Haaland”, los apodos cariñosos con los que ahora llaman a la zanahoria cruda. Padres noruegos reportaron a la prensa que sus hijos literalmente les rogaban comer zanahorias “para ser como Haaland”.

Es, en el fondo, una proeza que ninguna campaña gubernamental de alimentación saludable había logrado con esa naturalidad: convertir una verdura en un objeto de deseo infantil, sin imponerla, sin prohibir nada, simplemente mostrando a un ídolo disfrutándola genuinamente. Analistas del sector lo comparan con un antecedente real: en 2018, el Reino Unido lanzó la campaña “Eat Them to Defeat Them” (cómetelas para derrotarlas), que convertía a las verduras en villanos que los niños debían “vencer” comiéndoselas, y también logró que los pequeños devoraran más vegetales de los habituales. La diferencia es que a Haaland nadie tuvo que pagarle un presupuesto de campaña: su influencia nació de la autenticidad.

Un embajador que nunca pidió el cargo

Haaland no se ha limitado a comer zanahorias: también ha hecho un llamado explícito a comprar productos locales, asegurando que las verduras noruegas tienen un sabor superior. Durante el propio Mundial, mientras él popularizaba la zanahoria, la federación noruega enviaba a sus jugadores 300 kilos de pescado, 116 kilos de queso y 6.000 naranjas, en un gesto que refuerza la misma idea de fondo: la comida real, local y de calidad, como base del rendimiento.

Para Steve Martin, socio fundador de MSQ Sport and Entertainment, la trayectoria de crecimiento de la marca personal de Haaland es “sísmica”. Pero quizás su legado más duradero no se mida en contratos publicitarios ni en seguidores de Instagram, sino en algo mucho más humilde y permanente: una generación de niños noruegos que, gracias a un futbolista que nunca intentó ser un ejemplo, hoy elige una zanahoria antes que un dulce.

La lección que deja esta pequeña gran hazaña

La historia de Haaland y la zanahoria debería ser estudiada en cualquier manual de políticas públicas de alimentación. Durante décadas, gobiernos de todo el mundo han invertido fortunas en campañas para que los niños coman más verduras, muchas veces con resultados modestos. Un futbolista, simplemente siendo fiel a un hábito personal heredado del campo donde creció, logró en pocas semanas lo que la burocracia estatal intenta hace años: que comer sano deje de sentirse como una obligación y se convierta en algo que un niño realmente quiere hacer. Esa, al final, es la verdadera hazaña: no la que se celebra con un trofeo, sino la que se siembra, silenciosamente, en el plato de una nueva generación.

Fuentes: City AM, The Journal (Irlanda), OneFootball (vía L’Équipe), Tribuna.com, İdman.Biz, Dirección de Agricultura de Noruega.

Por José Rios