En Hokkaido, la región agrícola más importante de Japón, un hombre de unos 30 y tantos años maneja 100 hectáreas de brócoli, zapallo, cebollín y soya. Nada de eso llama la atención por sí solo. Lo que sí llama la atención es cómo llegó hasta ahí, y sobre todo, con qué herramientas administra hoy su campo. Su historia, contada recientemente por la comunidad de usuarios de ChatGPT Pro, abre una pregunta que vale la pena hacerse en el agro latinoamericano: ¿así van a ser los agricultores del futuro, o ya son los agricultores de ahora?
De funcionario público a agricultor autodidacta
Hiroki Tomiyasu creció cerca de Tokio y nunca planeó dedicarse a la agricultura. No heredó tierra, no estudió nada relacionado al agro, y sus primeros años de trabajo transcurrieron como funcionario público. Todo cambió cuando, ya en sus veintitantos, un grupo de amigos vinculados a la cultura arrocera de Japón empezó a llevarlo a comunidades rurales. Lo que partió como curiosidad se convirtió, con el tiempo, en convicción.
Hace cerca de diez años, Tomiyasu se sumó a un pequeño grupo que restauraba terrazas de arroz abandonadas en la prefectura de Okayama, dentro de un esfuerzo más amplio por recuperar tierras agrícolas que iban quedando en desuso en la zona rural japonesa. El trabajo era duro e idealista, pero el grupo terminó compartiendo una ambición mayor: crear su propio colectivo y llevar adelante un campo completo. Esa ambición los llevó finalmente a Hokkaido, el corazón agrícola de Japón, donde Tomiyasu aprendió a manejar tractores, gestionar cultivos y operar tierra a gran escala prácticamente enseñándose a sí mismo, temporada tras temporada.
Cuando la inteligencia artificial se convierte en el ingeniero de la parcela
Administrar un campo de ese tamaño es un trabajo agotador, complejo de operar y difícil de dotar de personal. La automatización agrícola tradicional suele requerir maquinaria propietaria cara y especialistas técnicos, recursos que normalmente están reservados para operaciones mucho más grandes que la suya. Por eso Tomiyasu empezó a apoyarse en herramientas de inteligencia artificial —ChatGPT y Codex, el asistente de programación de OpenAI— para resolver problemas concretos del día a día en el campo. Como él mismo lo describe, sentía que era como tener a un ingeniero ultra talentoso siempre a su lado.
Hoy, en sus horas libres, Tomiyasu experimenta con IA, software y sensores conectados para automatizar tareas: monitorea la temperatura de sus invernaderos, hace seguimiento de las condiciones de cada parcela y ordena la operación diaria del campo. Algunos ejemplos concretos de cómo lo usa:
- Diagnóstico de enfermedades: fotografía manchas o síntomas extraños en sus cultivos y le pide a la IA que lo ayude a identificar si se trata de una enfermedad y cómo tratarla.
- Monitoreo satelital: construyó, con ayuda de la IA, un sistema que cruza los datos de sus propios potreros con imágenes satelitales y el índice de vegetación NDVI, integrado a un mapa que ya usaba para tomar decisiones por parcela.
- Automatización de invernaderos: usó Codex para programar el control remoto de los motores que abren y cierran la cubierta de sus invernaderos, operable desde una aplicación de mensajería.
- Un bot para el chat grupal del campo: diseñó, junto a la IA, un asistente conversacional que revisa la temperatura de cada invernadero, opera las ventilaciones y consulta la planificación de tareas del equipo.
- Aprender tecnología antes de comprarla: antes de invertir en un sistema de dirección automática satelital para sus tractores —de esos que cuestan una fortuna—, usó la IA para entender cómo funciona la tecnología por dentro, y así evaluar si podía construir una versión propia por una fracción del costo.
La pregunta que deja planteada esta historia
Lo llamativo del caso de Tomiyasu no es únicamente que use inteligencia artificial, sino el camino que lo llevó hasta ahí: no nació en una familia agrícola, no estudió agronomía, y sin embargo hoy administra 100 hectáreas apoyándose en herramientas que hace pocos años eran impensadas para un campo de ese tamaño en manos de una sola persona.
Esa combinación —autodidactismo, tecnología accesible y una relación distinta con el trabajo rural— es la que abre la pregunta de fondo para el agro latinoamericano. La nueva generación de agricultores, la que hoy está decidiendo si se queda en el campo o se va a la ciudad, ¿va a parecerse a Tomiyasu, alguien que llega desde afuera, sin herencia ni formación tradicional, y construye su propio camino apoyado en la tecnología? ¿O el agricultor de siempre, el que aprendió el oficio de generación en generación, ya está incorporando estas mismas herramientas sin necesidad de reinventarse del todo?
Tal vez la respuesta no sea una u otra, sino que ambos caminos terminen por encontrarse. Pero la historia de Tomiyasu deja instalada una idea difícil de ignorar: el agricultor del futuro puede que ya esté trabajando la tierra hoy mismo, en algún rincón del mundo, con un teléfono en un bolsillo y una conversación con inteligencia artificial en la otra mano.
