España venció 1-0 a Argentina este domingo en el MetLife Stadium y se coronó campeona del Mundial 2026, su segundo título tras el de Sudáfrica 2010. Rodri Hernández fue elegido mejor jugador del torneo. Pero más allá de la fiesta, la pregunta que interesa a economistas de todo el mundo cada cuatro años vuelve a repetirse: ¿gana también la economía del país campeón?
Una final resuelta con Rodri como gran figura
España cerró el torneo con un registro casi perfecto: siete victorias, un empate y una sola derrota en contra en toda la competencia, con 14 goles anotados, un rendimiento del 91%. El mediocampista del Manchester City, Rodri Hernández, se quedó con el Balón de Oro del certamen, mientras que Ferran Torres, autor del gol decisivo tras ingresar en el segundo tiempo, dedicó la victoria a “47 millones de personas”. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, celebró públicamente el triunfo, mientras el técnico argentino Lionel Scaloni dijo que se tomará un tiempo para pensar su futuro al mando de la Albiceleste.
Lo que dicen los estudios sobre el “efecto campeón”
La pregunta sobre si ganar un Mundial mejora la economía tiene, según la evidencia acumulada durante las últimas décadas, una respuesta más modesta de lo que la euforia popular suele sugerir. Un estudio ampliamente citado —construido con la metodología de “gemelos sintéticos”, que compara al país campeón real contra una versión hipotética sin el título— encontró que ganar la Copa del Mundo incrementa el PIB del país ganador en aproximadamente 0,25 puntos porcentuales durante los dos trimestres siguientes a la consagración. Otras estimaciones sitúan ese impulso algo más arriba, entre 0,48 y 0,5 puntos.
Un hallazgo interesante de esa misma línea de investigación es que el impulso no vendría del consumo interno —la fiesta y el gasto asociado a la celebración— sino de un repunte en las exportaciones, atribuible a un efecto de reputación o “marca país”: ganar proyecta una imagen de calidad y prestigio que terminaría beneficiando la percepción internacional de los productos del país campeón. En esa misma línea, un estudio de Goldman Sachs que analizó datos hasta 2014 describió un “Winner Effect” en los mercados bursátiles: las acciones del país campeón superaron en promedio al desempeño bursátil global en 3,5% durante el primer mes posterior a la final.
La mirada escéptica, con casos que pesan
No todos los análisis coinciden en que exista siquiera una relación causal. Un estudio de la Universidad de Harvard sobre “megaeventos” deportivos —Mundiales y Juegos Olímpicos— publicado en 2016 concluyó que la evidencia entre estos eventos y una mayor actividad económica, directa o indirecta, en el corto o largo plazo, es prácticamente inexistente. Economistas consultados por el sitio de verificación argentino Chequeado son igual de cautos: “las condiciones materiales son más fuertes que la euforia de ganar una Copa del Mundo. Sí te puede traccionar el consumo, pero no más”, resumió un especialista de la Unión Industrial Argentina.
Los propios antecedentes recientes refuerzan ese escepticismo. La España campeona de 2010 vio un repunte transitorio del consumo interno en el tercer trimestre de ese año, pero en 2011 su PIB se estancó, el desempleo continuó al alza y en 2012 el país debió solicitar un rescate bancario a la Unión Europea. La Argentina campeona de 2022, por su parte, es citada como el ejemplo más claro de los límites del “efecto Mundial”: el título no alteró el curso de una crisis económica que ya venía arrastrando el país. En las últimas ocho Copas del Mundo, de hecho, el PIB del campeón se contrajo durante todo el año posterior al título, o mejoró de forma mínima, como ocurrió con España en 2010 y Alemania en 2014.
Lo que sí es real, aunque menos vistoso
Donde el consenso entre economistas es más sólido es en los efectos indirectos y de menor escala: un repunte puntual en la venta de camisetas y merchandising deportivo, un impulso al turismo asociado a la visibilidad del país, y ese fortalecimiento reputacional de la “marca país” que, aunque difícil de cuantificar con precisión, sí aparece de forma consistente en la literatura como el canal más creíble de todo el fenómeno. Como resume un análisis reciente sobre el tema, buena parte del gasto que se atribuye a la euforia mundialista no es dinero nuevo, sino consumo que se adelanta o se desplaza desde otras semanas del año, un efecto de sustitución más que de creación de riqueza.
El matiz para el agro
Si el canal más real del “efecto Mundial” es, como sugiere la evidencia, la reputación de marca país antes que el consumo interno, España tiene ahí un activo no menor para su industria agroalimentaria: el aceite de oliva, el vino y el jamón español —productos que ya lideran o compiten en el podio de sus categorías a nivel mundial— podrían capturar parte de esa visibilidad adicional en los próximos meses, aunque, como advierten los mismos estudios, se trata de un efecto marginal y difícil de aislar de las tendencias comerciales de fondo que ya venían moviendo a esos mercados.
