Chile exportó 113,8 millones de cajas de cerezas en la temporada 2025-2026, cumpliendo la proyección del sector y consolidando a la cereza chilena como la fruta con más superficie plantada del país, por delante de la histórica uva de mesa. Pero detrás de la cifra récord hay una industria que atraviesa su segunda temporada consecutiva de rentabilidad decepcionante, obligada a repensar un modelo de negocio construido casi enteramente sobre un solo mercado.
Un volumen que cumplió, un margen que no
Según el balance del Comité de Cerezas de Frutas de Chile, la industria alcanzó 113,8 millones de cajas exportadas —equivalentes a 561.130 toneladas— en línea con la proyección inicial de 110 millones. En términos de valor, los envíos bajo la principal fracción arancelaria del sector sumaron US$3.479 millones FOB, con un precio promedio de US$5,01 por kilo. La directora ejecutiva del Comité, Claudia Soler, calificó la temporada como “desafiante”, explicando que las condiciones climáticas adelantaron la cosecha cerca de 10 días, concentrando una mayor oferta justo cuando el Año Nuevo chino —clave comercial del sector— caía más tarde de lo habitual, el 17 de febrero.
El desajuste se sintió directo en los números: entre octubre y diciembre de 2025, el volumen exportado creció 37% interanual, pero el precio promedio FOB por kilo cayó cerca de 22% en el mismo período. Juan Pablo Subercaseaux, agrónomo y académico de la Universidad Católica, resumió el fenómeno con una frase que ya circula como diagnóstico de toda la industria: “más allá de los 100 millones de cajas, bajo las condiciones económicas actuales, el mercado ya no es estable”.
Una segunda temporada difícil, no un accidente aislado
El propio sector reconoce que esto no es un traspié puntual. Tras el ciclo 2024-2025 —descrito por varios actores de la industria como el más desafiante de su historia, con exportaciones que habían crecido 51% en una sola temporada— 2025-2026 era la oportunidad para recomponer márgenes. El resultado fue, en cambio, una segunda temporada consecutiva de retornos por debajo de lo esperado, en un contexto de altos costos logísticos, financieros y operativos que, según el análisis del sector, refleja una consecuencia casi matemática: la sobreoferta sostenida sobre un solo mercado de destino.
Un investigador de INIA que analizó el ciclo lo planteó en términos de economía básica: “ciclos virtuosos de subida de precio más aumento de plantaciones, incremento de producción y crecimiento de exportaciones son insostenibles para un solo mercado y, tarde o temprano, habrá exceso de oferta y quiebre de precios”.
China sigue mandando, pero un poco menos
El dato que mejor resume el desafío estructural de la industria es la concentración de mercado: China recibió 98,9 millones de cajas, equivalentes al 87% del total exportado. La cifra, aunque sigue siendo abrumadoramente alta, representa una baja frente al 92% de la temporada anterior, lo que la industria interpreta como un avance —todavía incipiente— en su estrategia de diversificación.
Los números de esa diversificación son alentadores en términos relativos: los envíos a Estados Unidos crecieron 50%, hasta 4,3 millones de cajas; a Taiwán subieron 110%, hasta 1,9 millones; y se sumaron volúmenes menores hacia Corea del Sur, Brasil, Tailandia, los primeros envíos a India y algunas partidas tempranas hacia Europa. Con todo, la propia industria admite que, mientras China concentre nueve de cada diez cajas, seguirá siendo ese mercado el que determine el resultado económico final de cada temporada.
De cultivo de nicho a motor exportador de la fruticultura chilena
El contexto de fondo explica por qué el sector le presta tanta atención a estos ajustes: la cereza pasó de ser un cultivo marginal a convertirse en la fruta con más superficie plantada de Chile, desplazando a la uva de mesa, y en 2024 generó más ingresos para el país que el litio. Es, junto al cobre y el salmón, una de las tres grandes exportaciones chilenas, lo que también explica por qué cualquier ajuste en sus retornos tiene eco en toda la economía regional de valles productores como el Maule, O’Higgins y Ñuble.
Lo que viene
Con el cierre formal de la temporada 2025-2026 aún pendiente de balance definitivo, la conversación de fondo para el sector ya no es cuánto volumen se puede producir, sino cómo diversificar destinos con la misma velocidad con que se diversificaron las plantaciones durante la última década. Para una industria que ya exporta a más de 20 países, el desafío de la próxima temporada será transformar esos primeros envíos a India y Europa en algo más que un dato anecdótico, y aliviar así la dependencia de un solo Año Nuevo chino que, año a año, sigue definiendo el destino comercial de la fruta más importante del campo chileno.
