Millones de hectáreas costeras y desérticas del mundo se volvieron improductivas porque el agua disponible para regar ya es demasiado salada para el tomate, la papa o el trigo. La respuesta que exploran científicos israelíes no es traer un gen de otra especie, sino activar mecanismos de defensa que la propia planta ya trae en su código genético, usando CRISPR como bisturí de precisión.

El estrés salino es uno de los enemigos silenciosos más persistentes de la agricultura en zonas áridas, semiáridas y costeras. El cambio climático y la sobreexplotación de acuíferos subterráneos permiten que el agua de mar o sales minerales se filtren hacia las reservas de agua dulce, y cuando una planta absorbe agua con altas concentraciones de sodio (Na⁺) y cloro (Cl⁻), ocurren dos problemas simultáneos: un estrés osmótico que le impide a la raíz absorber la humedad que necesita, y una intoxicación celular directa que detiene el crecimiento o mata al cultivo. El resultado es que millones de hectáreas agrícolas en zonas costeras del mundo han quedado inutilizables para cultivos tradicionales, simplemente porque el agua de riego disponible ya es demasiado salobre.

Los tres mecanismos de defensa que la planta ya tiene

La ciencia detrás de la tolerancia a la sal en plantas está bien establecida desde hace más de dos décadas, y se apoya en tres líneas de defensa naturales que muchas especies ya poseen en distinto grado:

  • El transportador HKT1. Esta proteína, ubicada en las membranas celulares de la raíz, regula cuánto sodio logra entrar y avanzar hacia el tallo y las hojas. Estudios científicos ya identificaron que modular su actividad permite que la planta “filtre” activamente el sodio en la raíz, evitando que los iones tóxicos lleguen a las partes más sensibles de la planta.
  • Los antiportadores NHX. Estas proteínas se encargan de bombear el exceso de sodio hacia el interior de las vacuolas —una suerte de compartimento de almacenamiento dentro de cada célula vegetal—, aislando así la sal de la maquinaria metabólica vital de la célula sin necesidad de expulsarla del todo.
  • La acumulación de osmoprotectores. Compuestos como la prolina y distintos azúcares solubles se acumulan dentro de la célula para mantener la presión osmótica interna, permitiendo que la planta siga absorbiendo agua incluso cuando el medio que la rodea tiene una concentración de sal mayor a la habitual.

Por qué CRISPR cambia las reglas del juego

Durante décadas, potenciar estos mecanismos dependió del mejoramiento genético tradicional: cruzar variedades tolerantes con variedades productivas y esperar, durante generaciones, a que la combinación deseada apareciera de forma estable. La edición genética CRISPR-Cas9 ofrece un atajo distinto y, según coinciden revisiones científicas recientes sobre el tema, cada vez más consolidado: en vez de introducir un gen ajeno proveniente de otra especie —el enfoque de los organismos genéticamente modificados tradicionales—, la herramienta permite “editar” con precisión los genes que la propia planta ya posee, activándolos, silenciándolos o ajustando su nivel de expresión. Una revisión académica publicada en 2024 documenta en detalle cómo distintos equipos de investigación ya usan CRISPR específicamente sobre genes como NHX1 y HKT1 para mejorar la tolerancia a la sal en cultivos, mediante estrategias que incluyen edición de bases, edición prima y regulación directa de la transcripción génica.

El caso israelí, la misma filosofía aplicada en terreno

Israel se ha convertido en una referencia mundial en este tipo de edición genética “conservadora” —que modifica genes propios en vez de introducir material genético externo—, impulsada en parte por la necesidad de producir alimentos en un territorio con escasez estructural de agua dulce. El Instituto Volcani, el principal centro de investigación agrícola del país, ya aplica exactamente esta filosofía en otros frentes de su trabajo: el investigador Ziv Spiegelman, del propio instituto, explicó en 2026 que su equipo usa herramientas de edición genómica como CRISPR para modificar receptores de la planta de tomate y hacerla resistente a un virus que evolucionó para evadir sus defensas naturales, remarcando que “no estamos agregando genes nuevos, sino haciendo cambios dirigidos sobre los que ya existen”, una descripción que resume con precisión el mismo principio que se aplica en la investigación sobre tolerancia salina.

En una línea de trabajo más directamente relacionada con la salinidad, investigadores de la Universidad Hebrea de Jerusalén publicaron recientemente en la revista The Plant Journal el hallazgo de un mecanismo molecular que ayuda a las semillas a germinar en condiciones de suelo salino: un sistema de tres proteínas —CAMTA6, PP2C49 y HKT1;1— que se activa mediante señales de calcio, permitiendo que el embrión de la planta controle la acumulación de sodio y retenga el potasio necesario para iniciar su crecimiento. Los propios investigadores señalan que, antes de trasladar este hallazgo a cultivos comerciales, todavía es necesario comprobar si el sistema funciona de forma equivalente en cereales, leguminosas y otras especies agrícolas más allá de la planta modelo utilizada en el estudio.

Por qué esto importa para la agricultura de costa y desierto

Si estos mecanismos logran optimizarse de forma estable en cultivos comerciales, el impacto potencial es considerable en varios frentes. El más inmediato es económico: permitiría regar con agua subterránea salobre —abundante en muchas zonas desérticas— o con agua de mar parcialmente tratada, evitando el costo de una desalinización completa, que es significativamente más cara que un tratamiento parcial. El segundo es territorial: abriría la puerta a recuperar tierras costeras marginales donde la agricultura convencional ya había fracasado por la intrusión salina. Y el tercero es de velocidad: mientras el mejoramiento genético tradicional puede tomar décadas de cruces sucesivos para estabilizar una característica deseada, la edición dirigida con CRISPR promete acortar ese proceso a un puñado de años.

El matiz que conviene no perder de vista

Conviene ser precisos sobre el estado actual de esta tecnología: buena parte de la evidencia científica sobre CRISPR y tolerancia a la sal —incluyendo el hallazgo más reciente de la Universidad Hebrea— todavía se encuentra en etapa de investigación básica o de validación en plantas modelo, no en variedades comerciales ya disponibles para un agricultor. El propio campo reconoce que el siguiente paso crítico es demostrar que estos mecanismos, descubiertos y editados en condiciones de laboratorio, se traducen efectivamente en plantas capaces de completar su ciclo productivo completo —no solo germinar o sobrevivir— bajo las condiciones de salinidad reales que enfrenta un campo costero o desértico.

Qué significa esto para el agro de zonas áridas y costeras

Para productores que hoy enfrentan la salinización progresiva de sus suelos o de su fuente de riego —un problema que crece en paralelo a la sobreexplotación de acuíferos y al avance del cambio climático—, la ciencia detrás de esta tecnología ofrece algo más que una promesa especulativa: un mecanismo genético ya identificado y comprendido, con un camino de desarrollo tecnológico —CRISPR— que ya demostró funcionar en otros rasgos agronómicos y que empieza a aplicarse de forma específica al problema de la sal. La pregunta que queda abierta no es tanto si el enfoque científico es válido, sino cuánto tiempo tomará que ese conocimiento de laboratorio se convierta en semillas certificadas que un productor pueda sembrar en un suelo que hoy considera perdido.


Fuentes: Ynetnews (Instituto Volcani, edición CRISPR para resistencia viral, 2026), Mundo Agropecuario (Universidad Hebrea de Jerusalén, HKT1;1/CAMTA6/PP2C49, The Plant Journal), Discover Agriculture / DOAJ (revisión científica sobre CRISPR y tolerancia salina, 2024), PMC/NCBI (múltiples estudios sobre HKT1, NHX y prolina en tolerancia salina de tomate), ARGENBIO (Universidad de Adelaide, HKT1;1), Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias (agrosal.ivia.es).

por Juan Lagos