En Latinoamérica, la agricultura nunca ha sido solo una actividad productiva. Ofrendas a la Madre Tierra, fiestas de cosecha, cocinas reconocidas por la UNESCO y paisajes declarados patrimonio de la humanidad muestran cómo los cultivos moldearon la identidad de pueblos enteros.
Hablar de agricultura en Latinoamérica es hablar también de fe, de cocina, de música y de comunidad. Mucho antes de los tractores y los fertilizantes, los pueblos de la región organizaban su calendario, sus celebraciones y hasta su espiritualidad en torno a la siembra y la cosecha. Muchas de esas tradiciones siguen vivas, y varias fueron reconocidas por organismos internacionales como parte del patrimonio de la humanidad. Este es un recorrido por algunas de las más emblemáticas.
México, un país construido sobre la milpa
En México, la relación entre el campo y la cultura quedó reconocida en 2010, cuando la UNESCO inscribió la cocina tradicional mexicana en su lista de patrimonio cultural inmaterial. La declaración no solo destaca los platos: describe un modelo cultural completo que incluye actividades agrarias, prácticas rituales, conocimientos ancestrales y costumbres comunitarias, con la participación de la comunidad desde la siembra hasta la mesa.
La base de ese sistema es la tríada del maíz, el frijol y el chile, junto con métodos de cultivo propios como la milpa, que combina el maíz con otras plantas, y la chinampa, un islote artificial de cultivo en zonas lacustres. La conexión con los ritos es directa: las tortillas y los tamales que se comen a diario también forman parte de las ofrendas del Día de Muertos.
Las chinampas tienen además su propio reconocimiento. En 2017, la FAO las declaró Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM), el primero para Norteamérica y el tercero en América Latina y el Caribe. Construidas con lodo y ahuejotes, un tipo de sauce, en ellas se cultivan hortalizas, legumbres y flores hasta cinco veces al año, y hoy existen unas 3.600 en plena producción.
Los Andes y el pacto con la Pachamama
En la cordillera, pocas tradiciones reflejan mejor el vínculo entre agricultura y espiritualidad que el Día de la Pachamama. Cada 1 de agosto, comunidades quechuas y aimaras celebran rituales de agradecimiento a la Madre Tierra que se extienden durante todo el mes, en Argentina, Bolivia, Perú, Chile, Ecuador y el sur de Colombia.
La fecha tiene un sentido agrícola preciso. El 1 de agosto marca el inicio del ciclo agrícola, en plena época seca, cuando el suelo se prepara para la siembra y se agradecen las cosechas anteriores. Según la tradición, en agosto la tierra “se abre” con hambre y sed después del invierno, por lo que hay que alimentarla antes de pedirle una buena cosecha. En el centro de esta práctica está el ayni, el principio quechua de la reciprocidad.
El ritual más conocido es el pago a la tierra: se cava un pequeño hoyo, considerado la boca de la Madre Tierra, y se depositan hojas de coca, maíz, frutas, flores y bebidas como la chicha. Esa cosmovisión convive con una agricultura milenaria. La agricultura andina del Perú fue reconocida como SIPAM en 2011, por su biodiversidad, sus tecnologías tradicionales y su manejo del agua y la tierra, en una región con casi 10.000 años de historia de domesticación de cultivos y animales.
Chiloé, las papas nativas y la memoria del sur
Más al sur, el archipiélago de Chiloé fue reconocido por la FAO como Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial, entre los primeros sitios de este tipo en la región. Allí, comunidades indígenas y agricultores han cultivado durante milenios cientos de variedades de papa.
Lo que distingue a Chiloé es la integración de su sistema productivo. La agricultura se combina con la ganadería, la pesca y el manejo de los bosques, junto con prácticas agroecológicas como la fertilización con algas, transmitidas de generación en generación. El reconocimiento, sin embargo, también es una advertencia: en los últimos años se ha perdido material genético, y muchas especies de plantas y animales están en peligro.
La región suma otros sistemas reconocidos por la FAO, como la ganadería camélida y la agricultura altoandina del norte de Chile y la chakra andina de las comunidades kichwas de Cotacachi, en Ecuador.
Mendoza, la uva convertida en fiesta
En Argentina, la agricultura dio origen a una de las celebraciones más grandes del continente, la Fiesta Nacional de la Vendimia. Sus raíces están en la época de las grandes inmigraciones, cuando al terminar la cosecha y la elaboración del vino se celebraba con bailes, cantos y la elección de una reina coronada con racimos de uva. La fiesta fue oficializada en 1936 y en 2026 celebró su edición número 90.
El componente religioso y agrícola sigue presente. La Bendición de los Frutos, realizada por primera vez en 1938, agradece la cosecha junto a la imagen de la Virgen de la Carrodilla, patrona de los viñedos. En esa ceremonia, el gobernador realiza el Golpe en la Reja del Arado, un rito que simboliza el inicio del descanso para los trabajadores del campo. No es casual que la fiesta ocurra en Mendoza, que concentra el 70% de los viñedos y bodegas de Argentina.
Colombia, un paisaje hecho de café
En Colombia, la tradición agrícola quedó grabada en el propio territorio. El 25 de junio de 2011, la UNESCO inscribió el Paisaje Cultural Cafetero en su lista de Patrimonio Mundial. El área reconocida abarca zonas de 47 municipios y 411 veredas en los departamentos de Caldas, Quindío, Risaralda y Valle del Cauca, sobre las cordilleras Central y Occidental de los Andes.
La declaratoria consideró elementos económicos, naturales y culturales que reflejan el trabajo de varias generaciones de caficultores. Allí, las fincas cafeteras con arquitectura de fines del siglo XIX, sus balcones y patios centrales forman parte de una identidad que convirtió al café en mucho más que un producto de exportación.
Paraguay, la yerba mate como ritual cotidiano
En Paraguay, la agricultura y la tradición se encuentran en algo tan simple como una bebida. En diciembre de 2020, la UNESCO reconoció las prácticas y saberes del tereré en la cultura del pohã ñana como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, el primer elemento paraguayo en recibir esa distinción.
El tereré se prepara con agua fría y pohã ñana, hierbas medicinales machacadas en un mortero, y se sirve en un recipiente con yerba mate. Su preparación sigue un ritual íntimo, con códigos preestablecidos, y su transmisión dentro de las familias se remonta al menos al siglo XVI. La conexión con el campo es cada vez más directa: muchas de las hierbas que antes crecían de forma silvestre hoy se cultivan con los mismos cuidados de la agricultura tradicional.
Tradiciones que también son futuro
Estas tradiciones no son solo recuerdos del pasado. Muchas de ellas guardan conocimientos sobre biodiversidad, manejo del agua y fertilidad del suelo que hoy vuelven a ser valorados por la ciencia y la agricultura sostenible. También sostienen economías locales a través del turismo, la gastronomía y las marcas de origen.
El desafío es mantenerlas vivas. Como muestra el caso de Chiloé, la pérdida de variedades y saberes avanza cuando las nuevas generaciones dejan el campo. Por eso, proteger estas tradiciones es también una forma de proteger la agricultura latinoamericana y la identidad de quienes la han construido durante siglos.
Fuentes: UNESCO, FAO, Ministerio del Ambiente del Perú, Gobierno de Mendoza, Mendoza Turismo, El Nueve, Secretaría Nacional de Cultura de Paraguay, Agencia IP, El Tiempo, Paisaje Cultural Cafetero, Albasud, Infobae, Suteba, Día Internacional, Quechuas Expeditions, Secretaría de Cultura de México, Redalyc.
por José Rios
