A más de 60 grados de latitud norte, calentar un invernadero durante meses de oscuridad y frío extremo es un problema energético antes que agrícola. Un grupo de Primeras Naciones canadienses está apostando por una fuente de calor que no depende de barcazas, caminos de hielo ni generadores diésel: la energía geotérmica.
Fort Liard es un caserío de unos 600 habitantes en los Territorios del Noroeste de Canadá, tan al norte que buena parte del año exige calefacción constante. Y sin embargo, sus propios residentes lo apodan con cariño “los trópicos del norte”. La razón es un microclima poco común: inviernos muy fríos, pero veranos sorprendentemente calurosos. “Tenemos inviernos muy fríos, pero veranos muy calurosos”, resume Angus James Capot-Blanc Jr., concejal de la Primera Nación Acho Dene Koe (ADK), que compone la mayoría de la población del poblado.
Ese apodo irónico esconde un problema muy real: las cuentas de electricidad de Capot-Blanc rondan los 300 dólares canadienses al mes en verano, solo por el aire acondicionado y los ventiladores. Fort Liard es una de más de 280 comunidades remotas de Canadá que no están conectadas a la red eléctrica norteamericana ni a gasoductos, y que dependen de generadores diésel para producir electricidad, con el combustible transportado por camión a través de un único camino de acceso —cuando el clima, los incendios forestales o los cierres de ruta lo permiten.
Calor bajo tierra, en vez de diésel importado
Para resolver ese problema, la Primera Nación ADK está desarrollando un plan para usar energía geotérmica —el calor natural que existe bajo la superficie de la Tierra— y aplicarlo, en una primera etapa, a resolver la seguridad alimentaria de la comunidad a través de un invernadero. Un modelo piloto se instalará en los próximos meses, aunque todavía no funcionará con calefacción geotérmica; si todo avanza según lo planeado, un invernadero de tamaño comercial que sí aprovechará ese calor debería estar operativo más adelante este año.
A diferencia de los sistemas de “intercambio geotérmico” (bombas de calor de tierra poco profundas, relativamente comunes), el proyecto de Fort Liard apunta a calor directo desde perforaciones mucho más profundas, aprovechando que la zona tiene un gradiente geotérmico alto: la temperatura sube rápido a medida que se perfora. Modelos preliminares sugieren que hay suficiente calor a unos 1.300 metros de profundidad como para cubrir gran parte de las necesidades de calefacción de toda la comunidad, aunque todavía falta perforar y confirmar ese recurso con certeza, y el diseño final del sistema no está cerrado.
La Primera Nación ADK ya lleva más de una década explorando este recurso subterráneo. Un intento anterior de asociarse con una empresa de Calgary para construir una planta geotérmica de generación eléctrica se cayó cuando esa empresa no logró llegar a un acuerdo con la corporación eléctrica territorial. El proyecto actual, revivido hace pocos años, es propiedad de la propia Primera Nación, cuenta con financiamiento federal, y se enfoca en calefacción directa en vez de generación eléctrica. “Las decisiones las guía la comunidad”, explica Capot-Blanc, quien también es el enlace comunitario del proyecto y su primera contratación local.
En junio de 2026, Capot-Blanc formó parte de un pequeño equipo que presentó el proyecto de ADK ante una audiencia internacional en el World Geothermal Congress, celebrado en Calgary, centrando su presentación en cómo la energía geotérmica puede promover la seguridad alimentaria y la soberanía energética en el norte del país.
No es un caso aislado
Fort Liard no es la única comunidad canadiense explorando esta vía. A pocas horas de distancia, en el noreste de la provincia de Columbia Británica, la Primera Nación Fort Nelson es dueña de Tu Deh-Kah Geothermal, uno de los proyectos geotérmicos más ambiciosos del país, orientado originalmente a generar electricidad a partir de un reservorio subterráneo de salmuera caliente. La compañía ya perforó dos pozos y completó en 2022 una prueba de bombeo de 30 días que confirmó la viabilidad del recurso, aunque todavía necesita entre tres y cuatro pares de pozos adicionales y un acuerdo de compra con la eléctrica provincial BC Hydro para avanzar hacia la generación eléctrica a gran escala. Mientras tanto, la empresa ya explora usar ese mismo par de pozos geotérmicos para calefaccionar un invernadero comercial de dos hectáreas, con el objetivo declarado de cultivar frutas y verduras para la propia comunidad. “El calor que sale de estos pozos tiene valor”, resume Cyndi Bonn, coordinadora de capacitación y empleo de Tu Deh-Kah.
Más al este, en Labrador, el NunatuKavut Community Council —que representa a 6.000 inuit del sur y centro de la provincia— recibió el año pasado cerca de 160.000 dólares canadienses de financiamiento provincial para investigar el potencial de invernaderos geotérmicos en comunidades dependientes del diésel, y ya realizó las primeras instancias de consulta presencial con la comunidad. En Columbia Británica, la Primera Nación West Moberly también desarrolla sus propios planes para un invernadero de calefacción geotérmica directa.
Un antecedente que ya funciona, aunque sin geotermia
Estas iniciativas no parten de cero: el norte de Canadá ya tiene experiencia concreta con invernaderos comunitarios adaptados al clima extremo, aunque hasta ahora con otras fuentes de energía. En Inuvik, Territorios del Noroeste, la Community Garden Society opera desde hace más de veinte años un invernadero estacional (de mayo a octubre) que provee frutas y verduras frescas a la comunidad, aunque la demanda hoy supera ampliamente lo que ese invernadero puede producir. En Gjoa Haven, Nunavut, el proyecto Naurvik —impulsado por la organización Arctic Research Foundation— instaló un invernadero dentro de contenedores marítimos, alimentado con energía eólica y solar, donde ya se cosecharon lechugas y tomates cherry, y donde la comunidad planea además cultivar moras árticas nativas como el arándano y el “cloudberry” (una baya silvestre local). En Yukon, una empresa llamada North Star Agriculture viene desarrollando desde 2019 planes para una instalación de acuaponía (cultivo combinado de peces y vegetales) cerca de las aguas termales de Takhini, aprovechando ese mismo tipo de calor geotérmico natural.
El contexto que explica la urgencia de todos estos proyectos es contundente: según cifras de Statistics Canada, más del 46% de los hogares de Nunavut viven en situación de inseguridad alimentaria, junto con un 23% en los Territorios del Noroeste y un 15% en Yukon, frente a un promedio nacional de apenas 10,6%. Gran parte de los alimentos que llegan por avión a estas comunidades son productos procesados y considerablemente más caros que en el resto del país, con un acceso muy limitado a fruta y verdura fresca.
Por qué todavía es una promesa, no una realidad operativa
Conviene ser honestos sobre en qué etapa está realmente todo esto: ninguno de los proyectos geotérmicos mencionados —ni Fort Liard, ni Fort Nelson, ni Labrador, ni West Moberly— tiene hoy un invernadero funcionando con calefacción geotérmica real. Todos están en fases de investigación, perforación, prueba de pozos o diseño, con Fort Liard como el más avanzado en calendario concreto (un piloto en los próximos meses, la versión geotérmica “más adelante este año, si todo sale según lo planeado”). El propio Canadá reconoce que va rezagado en el desarrollo de energía geotérmica en comparación con otros países, en parte porque la electricidad es barata y abundante en el sur del país —una realidad que no aplica en absoluto a estas comunidades remotas del norte, donde el diésel importado sigue siendo, por ahora, la alternativa dominante.
Qué significa esto para la agricultura en climas extremos
Más allá de si finalmente logran construirse, estos proyectos plantean un modelo replicable para cualquier zona rural o remota que enfrente el mismo problema de fondo: alto costo energético, dependencia de combustible importado, y necesidad de producir alimento fresco localmente. La combinación de invernadero más energía geotérmica directa no depende del sol ni del viento —a diferencia de proyectos previos como Naurvik—, lo que la vuelve, en teoría, una fuente de calor constante durante los meses más oscuros del año ártico, precisamente cuando más se necesita. Como resume el propio Capot-Blanc, el objetivo de fondo no es solo perforar un pozo geotérmico exitoso, sino construir conocimiento y capacidades locales que beneficien a la comunidad mucho después de que el proyecto esté terminado.
Fuentes: Be Giant (Kate Lunau, “Could a geothermal greenhouse for Fort Liard mean more fresh vegetables above the 60th parallel?”, julio 2026), CBC News (Naurvik, Gjoa Haven; invernadero de Inuvik; aquaponía en Yukon), Frontiers in Sustainable Food Systems, ThinkGeoEnergy, Canada Energy Regulator.
