Frente a un fenómeno que puede arruinar en una sola noche el trabajo de toda una temporada, la industria agrícola desarrolló durante las últimas décadas un abanico de tecnologías de control de heladas cada vez más sofisticado. Desde las tradicionales torres de viento hasta microorganismos antárticos y drones, repasamos las principales alternativas disponibles hoy y cómo se aplican en distintas partes del mundo.

Torres y máquinas de viento, la tecnología más masiva

Las máquinas de viento —también llamadas torres antiheladas— funcionan mezclando el aire cálido de la capa de inversión térmica con el aire frío acumulado a nivel del suelo, y son efectivas específicamente en heladas por radiación, donde existe esa inversión térmica. Se trata de una de las tecnologías más extendidas a nivel mundial, con decenas de miles de unidades instaladas en distintos países productores. En Chile, este tipo de equipos ya protege varios miles de hectáreas de cultivo, concentradas especialmente en regiones como O’Higgins, una de las zonas históricamente más golpeadas por heladas en el país, con equipos capaces de cubrir entre 6 y 8 hectáreas por unidad y consumos de entre 18 y 20 litros de combustible por hora.

Riego por aspersión, el método más efectivo en términos de calor aportado

El riego antiheladas por aspersión funciona bajo un principio físico distinto: al congelarse el agua sobre la planta, libera calor latente que protege los tejidos vegetales, siempre que el sistema mantenga una aplicación continua durante todo el evento de frío. Según especialistas del sector, los mayores incrementos de temperatura suelen provenir justamente de este tipo de aplicaciones con agua. Existen sistemas de microaspersión de bajo caudal —entre 30 y 300 litros por hora— capaces de proteger cultivos hasta los -6°C, particularmente efectivos en viñedos y frutales en espaldera como duraznos, perales y ciruelos. Esta tecnología suele plantearse como una alternativa más rentable frente a otros métodos, con menores costos energéticos y de infraestructura al poder integrarse a los sistemas de riego ya instalados, recomendándose activar la protección cuando la temperatura cae bajo los 2,5°C.

Un caso ilustrativo de las limitaciones de este método se documentó en la Vega del Guadalquivir, en España, donde un grupo operativo de productores de fruta de hueso descartó el riego por aspersión debido al riesgo de asfixia radicular en las plantas y a que la inversión mínima necesaria resultaba demasiado alta para el número de heladas que efectivamente registra esa zona, optando en cambio por calefactores de parafina.

Calefactores y velas de parafina, el método tradicional en retirada

Los calefactores y velas de parafina fueron durante décadas el método más extendido, pero hoy están en franco declive por su costo, su baja eficiencia energética y el impacto ambiental que generan. Según un análisis técnico del sector, este método requiere encender y mantener entre 100 y 125 calefactores por hectárea durante toda la noche, aunque solo entre el 10% y el 15% del calor producido efectivamente permanece en el huerto. A eso se suma una alta demanda de mano de obra y mantenimiento —limpieza cada 20 a 30 horas de uso— razones por las que su uso ha ido cediendo terreno frente a las máquinas de viento y los sistemas de aspersión en la mayoría de los países productores, aunque siguen siendo la alternativa elegida en zonas específicas, como el caso español antes mencionado, donde otros métodos no resultan viables.

Lo nuevo: sensores, inteligencia artificial y drones

La última frontera del control de heladas ya no depende solo de la fuerza bruta del viento, el agua o el calor, sino de la capacidad de anticipar el evento con mayor precisión. Según un análisis de Portal Frutícola de octubre de 2025, en la última década surgieron tecnologías que incorporan sensores IoT, inteligencia artificial, materiales avanzados y drones, permitiendo estrategias de protección mucho más precisas y eficientes que los métodos tradicionales. El mismo análisis advierte, eso sí, que herramientas como los drones, la calefacción infrarroja o las redes de sensores IoT todavía resultan costosas para pequeños productores, por lo que recomienda avanzar de forma gradual: primero automatizar el riego antiheladas básico y, una vez amortizada esa inversión, incorporar sensores inteligentes.

Microorganismos, la frontera biológica del control de heladas

Otra vía de protección, distinta a la maquinaria o el agua, opera a nivel microscópico. La ciencia detrás de este enfoque parte de un hallazgo conocido desde hace décadas: muchas plantas portan de forma natural en su superficie a Pseudomonas syringae, una bacteria conocida como INA (Ice Nucleation Active), capaz de desencadenar la formación de hielo a temperaturas apenas bajo cero. La estrategia biológica para contrarrestarla consiste en reducir la población de estas bacterias nucleadoras e inocular en su lugar microorganismos competidores —llamados NINA, o Non-Ice Nucleation Active— que no inducen la formación de hielo, retrasando así el punto de congelación de los tejidos vegetales.

En Chile, la empresa Pewman Innovation, con respaldo del programa Capital Humano para la Innovación de Corfo, desarrolló una tecnología antiheladas basada en proteínas recombinantes extraídas de bacterias extremófilas provenientes de la Antártida, aplicada como líquido foliar biodegradable con las mismas herramientas que ya usa el agricultor para otras aplicaciones. Según la propia empresa, el producto no solo compite con las bacterias nucleadoras de hielo, sino que también aporta protección física y estimulación sistémica a la planta. Un desarrollo similar, reportado por la revista especializada francesa Vitisphere, describe un producto llamado Crioprotect, elaborado también a partir de bacterias antárticas, que redujo hasta en 80% los daños por heladas a -4°C en ensayos sobre viñedos, sin alterar el microbioma natural de la planta.

Este tipo de soluciones biológicas surge, en parte, como respuesta a una limitación real de las tecnologías tradicionales: según ha planteado la propia industria, los métodos de control de heladas más establecidos requieren inversiones elevadas en equipamiento y personal, con escasa escalabilidad, lo que los deja fuera del alcance de buena parte de los pequeños y medianos productores.

Los helicópteros, una tecnología más que también se usa en Chile

Menos conocido que las máquinas de viento o la aspersión, pero presente entre los cultivos de mayor valor, es el uso de helicópteros para el control de heladas. La técnica consiste en sobrevolar los predios a baja altura y poca velocidad durante la noche, generando con el rotor un movimiento de masas de aire que reemplaza el aire frío en contacto con los brotes por el aire más cálido de la capa de inversión térmica, ubicada algunos metros más arriba. Es una tecnología habitual en viñas y cerezos, tanto en Argentina —en provincias vitivinícolas como San Juan, durante la brotación y floración de vides, frutales y olivos— como en Chile. Entre sus ventajas se cuentan la rapidez de cobertura —un solo helicóptero puede recorrer varias hectáreas en una hora— y que no consume agua, un factor relevante en contextos de escasez hídrica, aunque se trata de un método reservado generalmente a operaciones de mayor escala dado su costo.

Qué método elegir

Especialistas coinciden en que no existe una tecnología universalmente superior: la elección depende del tipo de helada —radiación o convección/advectiva— del cultivo, del presupuesto disponible y de la topografía del predio. Las torres de viento, por ejemplo, pierden efectividad en heladas advectivas o “negras”, donde no existe la inversión térmica que esta tecnología necesita para funcionar, escenario en el que el riego por aspersión o los calefactores suelen ser la alternativa más recomendada pese a sus propias limitaciones. El caso español de la Vega del Guadalquivir es justamente un ejemplo de cómo la geografía y el tipo de helada predominante en cada zona terminan definiendo qué tecnología tiene sentido instalar, más allá de cuál sea considerada “mejor” en términos generales.

Lo que viene

Con eventos de frío cada vez más monitoreados por estaciones meteorológicas y sistemas de alerta temprana en distintos países productores, la tendencia del sector apunta a combinar tecnologías —máquinas de viento junto a calefactores complementarios, o sistemas de aspersión automatizados con sensores IoT— en lugar de depender de un solo método, en un contexto donde el costo de no proteger el huerto a tiempo puede significar la pérdida de toda una temporada de producción.

por Juan Lagos