La FAO y la OMM advierten que el calor extremo ya compromete la seguridad alimentaria de más de mil millones de personas. Europa registra su peor ola de calor en décadas, con pérdidas agrícolas millonarias en Francia, España y el centro del continente. Para el hemisferio sur, el escenario que se aproxima combina el fenómeno de El Niño en desarrollo con inviernos cada vez más cortos y veranos de mayor intensidad térmica.
Una ola de calor sin precedentes para un mes de junio está poniendo a prueba los sistemas agrícolas del hemisferio norte. Lo que comenzó como una crisis avícola en Francia —donde las mortalidades masivas en granjas de Bretaña y Países del Loira, regiones que concentran cerca del 60% del censo de aves de corral del país, sorprendieron al sector— se ha extendido como fenómeno global que abarca Europa, el sur de Asia y el norte de África, y cuyos efectos sobre los mercados alimentarios ya comienzan a sentirse.
El patrón climático que explica el episodio europeo es un bloqueo en omega, es decir, una masa de aire caliente atrapada por sistemas de alta presión que impide el avance de frentes fríos. Francia registró el 24 de junio su temperatura media diaria más alta desde que existen registros, con 30°C de promedio nacional. En España, las estaciones meteorológicas marcaron hasta 45°C en provincias de Andalucía, con alertas rojas activadas por la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) en varias provincias. Reino Unido superó los 36°C, un máximo histórico para junio.
El saldo humano ya supera los 1.300 muertos en Europa en una semana, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero el impacto sobre el campo es igualmente severo.
El golpe al sector agrícola europeo
En la región de Extremadura, España, la ola de calor provocó una merma estimada del 15% en las cosechas de maíz y tomate de las vegas del Guadiana y del Tajo, con pérdidas directas calculadas en 45 millones de euros. El aviso llegó en un momento crítico: temperaturas de entre 41 y 42°C sostenidas por más de 72 horas, con mínimas que apenas bajaron de los 25°C, afectaron la polinización y el llenado de granos en cultivos que ya acumulaban déficit hídrico desde la primavera.
El sistema de monitoreo MARS (Monitoring Agricultural Resources) de la Comisión Europea, en su informe del 22 de junio, advirtió que si bien los cultivos de invierno mantienen perspectivas aceptables en gran parte del continente, el maíz, el girasol y la remolacha azucarera enfrentan un estrés hídrico creciente que podría obligar a revisar a la baja las proyecciones de rendimiento en las próximas semanas. Las regiones de Europa occidental y central acumulan déficits de precipitación desde la primavera, y las condiciones descritas por el organismo como “críticas para la etapa reproductiva” ya afectaban a cultivos de verano en Francia, Alemania e Italia.
La avicultura representa el caso más agudo. Cuando las temperaturas en las naves superan los 35°C, las medidas de mitigación habituales —ventiladores, nebulizadores, suplementos minerales— resultan insuficientes. El presidente de la interprofesión francesa del huevo señaló públicamente que se enfrentaban a condiciones nunca vistas en regiones como Bretaña. Paralelamente, un brote de gripe aviar en Nepal hundió al sector avícola local ante la falta de fondos para compensar a los productores afectados.
El informe FAO-OMM: un diagnóstico global
El contexto europeo no es aislado. En abril de 2026, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM) publicaron el informe Extreme heat and agriculture, el diagnóstico más completo hasta la fecha sobre la relación entre calor extremo y producción de alimentos.
Sus conclusiones son directas: por cada grado centígrado de calentamiento global, el rendimiento medio del maíz disminuye un 7,5% y el del trigo cae un 6,0%. El estrés térmico no afecta solo al cultivo maduro: altera la germinación, interrumpe la polinización, reduce el llenado de granos y, en el caso del ganado, suprime el sistema inmune, aumenta la mortalidad y deteriora los índices de conversión alimentaria. En aves de corral, el impacto es especialmente agudo: durante la ola de calor en India de 2022, la mortalidad en ponedoras llegó a ser ocho veces superior al promedio mensual normal.
El informe advierte que el calor extremo funciona como un “multiplicador de riesgos” que se superpone a sequías, plagas, incendios forestales y tensiones económicas preexistentes. En 2025, más del 90% de la superficie oceánica del planeta experimentó al menos una ola de calor marina, con consecuencias documentadas para la acuicultura, incluyendo proliferación de algas nocivas y aumento de enfermedades infecciosas en especies como el salmón.
El sur de Asia bajo presión permanente
India, segundo productor mundial de trigo, acumula episodios de calor extremo cada vez más frecuentes que amenazan cultivos de arroz, maíz y trigo en distintas fases fenológicas. El arroz, que provee el 70% de las calorías de la población india, es particularmente sensible a las temperaturas nocturnas elevadas, que impiden el enfriamiento fisiológico de las plantas y prolongan la acumulación de calor. La productividad agrícola de la región está en tensión estructural: se estima que los trabajadores del campo son 35 veces más propensos a morir por exposición laboral al calor que trabajadores de otros sectores.
En este contexto, el monzón de 2026 es la variable climática más vigilada del mundo. Un monzón débil o irregular en India no solo afecta la producción local de arroz, aceites vegetales y legumbres: impacta directamente en los volúmenes de importación global y en los precios de commodities que sostienen la cadena alimentaria de decenas de países.
Lo que viene para el hemisferio sur
Para América del Sur, el segundo semestre de 2026 llega con señales de alerta que merecen atención del sector agrícola.
El fenómeno de El Niño está en desarrollo. Según expertos monitoreados por la Bolsa de Comercio de Rosario, si bien no es posible aún definir la intensidad del evento, su influencia podría ser más marcada entre octubre de 2026 y marzo de 2027, periodo que coincide con las etapas críticas de siembra y floración en Chile, Argentina y Brasil.
Para Chile, la combinación de la megasequía estructural que afecta a la zona central y la mayor frecuencia de olas de calor invernales —Chile ya registró en años recientes temperaturas de hasta 38°C en Vicuña durante agosto— plantea riesgos concretos sobre el manto de nieve andino, principal reserva de agua para el riego estival de los valles agrícolas. Un invierno térmicamente anómalo reduce la acumulación de nieve y anticipa el deshielo, comprometiendo la disponibilidad hídrica en los meses de mayor demanda agrícola.
En Brasil, el caso de referencia más documentado es el episodio de calor extremo de fines de 2023 a 2024, analizado por la FAO y la OMM: las temperaturas máximas superaron en 5°C el promedio histórico durante varios meses consecutivos, reduciendo la cosecha de soya de 162 millones de toneladas proyectadas a 147,7 millones efectivas, una caída cercana al 10%.
Implicancias para los precios
Los mercados de granos ya internalizaron parte de este escenario. El USDA proyecta para la campaña 2026/27 la cosecha de trigo de invierno en Estados Unidos más baja desde 1965, con 28 millones de toneladas, una caída de casi el 27% respecto al año anterior. Sin embargo, la abundante oferta global desde Rusia, Ucrania y Turquía ha mantenido una presión bajista que ha compensado este recorte, y los precios del trigo cerraron el mes de junio en terreno negativo.
La paradoja del mercado actual es que la presión climática sobre las cosechas convive con una oferta global todavía amplia —en parte fruto de campañas anteriores muy productivas— lo que dificulta la transmisión inmediata del riesgo climático a los precios. Sin embargo, si el segundo semestre del año confirma un El Niño activo con impacto en Sudamérica, y si las olas de calor de Europa reducen efectivamente los rendimientos del maíz y el girasol en las próximas semanas, la presión sobre los mercados podría reactivarse con rapidez.
Para los productores del hemisferio sur, el llamado de los organismos internacionales es claro: el calor extremo ya no es un evento excepcional sino una variable estructural que debe incorporarse en la planificación agrícola, desde la elección de variedades hasta las estrategias de gestión hídrica y los calendarios de siembra. La ventana para adaptarse se estrecha cada temporada.
Fuentes: FAO, OMM, Comisión Europea (MARS-JRC), USDA, Scotiabank Perú, Agencia Estatal de Meteorología de España (AEMET), Noticias ONU, Organización Mundial de la Salud (OMS), Bolsa de Comercio de Rosario, BM Editores.
