De Australia a Japón, distintos proyectos exploran cómo convertir el agua salada en el insumo agrícola del futuro. Algunos ya cultivan a escala comercial desde hace casi una década; otros, los verdaderamente flotantes, todavía están en fase de prototipo.

El planeta tiene agua de sobra: el 97,5% del agua de la Tierra es salada. El problema es que casi ninguna planta comestible puede beber de ella directamente. Desde hace más de una década, un grupo creciente de científicos, arquitectos y empresas agrícolas viene desarrollando tecnologías para resolver esa contradicción, combinando desalinización solar, invernaderos de alta tecnología y, en los casos más ambiciosos, estructuras que literalmente flotan sobre el mar.

Conviene hacer una distinción importante desde el principio: la tecnología de invernaderos costeros que usan agua de mar desalinizada ya es una realidad comercial probada, con casi diez años de operación continua. Los invernaderos verdaderamente flotantes, en cambio, siguen mayormente en fase de prototipo y demostración.

El caso ya consolidado, tomates en pleno desierto australiano

El ejemplo más maduro de esta tecnología es Sundrop Farms, en Port Augusta, en el sur de Australia. Tras seis años de desarrollo a partir de un invernadero piloto construido en 2010, la planta a escala comercial abrió sus puertas en octubre de 2016, con una inversión de US$200 millones.

El sistema funciona así: agua del Golfo Spencer, ubicado a pocos kilómetros de distancia, se bombea hasta la instalación y pasa por una planta desalinizadora alimentada exclusivamente con energía termosolar. Esa energía proviene de una torre de 115 metros de altura, hacia la que apuntan 23.000 espejos que, en un día soleado, generan hasta 39 megavatios, suficientes para desalinizar el agua y climatizar el invernadero completo. En verano, además, los tomates se cubren con cartones empapados en agua salada para mantenerlos frescos, un método que de paso ayuda a esterilizar el aire y reduce la necesidad de pesticidas.

Sobre 20 hectáreas de invernadero, la instalación llegó a producir hasta 17.000 toneladas de tomate al año. Casi una década después de su apertura, Sundrop Farms sigue operando y de hecho fue reconocida como “Productor del Año” en los Premios de Excelencia en Horticultura de Australia de 2026. Según explicó su CEO, Steve Marafiote, al partir de agua con salinidad cero, la empresa puede recircularla de forma continua, lo que se traduce en usar solo dos tercios del agua y dos tercios de los fertilizantes que requeriría un invernadero convencional.

El verdadero desafío, hacer que la estructura flote

Donde el concepto se vuelve más experimental es en los proyectos que buscan que la propia estructura de cultivo flote sobre el agua, en vez de estar anclada en tierra firme junto a la costa.

El caso más avanzado es Green Ocean, desarrollado por la startup japonesa N-ARK. El proyecto propone un invernadero flotante fabricado con madera adelgazada y juntas de fibra de carbono —pensadas para resistir la corrosión salina y aumentar la flotabilidad—, con un techo en forma de V que capta agua de lluvia y la mezcla con agua de mar para neutralizar su pH y producir un abono natural para las plantas. Según sus creadores, el sistema permitiría reemplazar 15 centímetros de tierra natural por apenas 5 milímetros de una fibra especial, usando una décima parte del agua que requeriría un cultivo convencional.

A diferencia de lo que su nombre sugiere, Green Ocean no flota todavía en mar abierto: N-ARK construyó su primer dispositivo de demostración en el lago Hamana, en la ciudad japonesa de Hamamatsu, en el marco de la Expo de Flores de marzo de 2024. El proyecto forma parte de una visión mucho más ambiciosa llamada Dogen City, una ciudad flotante autosuficiente de 1,58 kilómetros de diámetro pensada para albergar a unos 10.000 residentes, que según el cronograma de N-ARK seguirá en fase de investigación y desarrollo al menos hasta 2028, con miras a completarse hacia 2030. El concepto ya generó cobertura en más de 30 medios de 18 países y presentaciones en eventos como el Smart City Expo World Congress de Barcelona.

Un antecedente de siglos, no de años

Curiosamente, la idea de cultivar sobre el agua no es nueva. Varios de estos proyectos citan explícitamente como inspiración a las chinampas, el sistema de cultivo que los mexicas desarrollaron siglos atrás para producir flores y verduras sobre los lagos y lagunas del Valle de México, mucho antes de que existiera la tecnología de desalinización solar. La diferencia, claro, es que las chinampas trabajaban con agua dulce lacustre, no con agua de mar.

Otras apuestas por el agua salada como insumo agrícola

La familia de tecnologías que buscan aprovechar el agua marina para la agricultura no se limita a los invernaderos. La empresa saudí Red Sea Farms desarrolló cultivos hidropónicos de tomate que usan una mezcla de 90% agua salada y 10% agua dulce, cruzando variedades de tomate tolerantes a la salinidad —aunque no comestibles— con variedades comestibles que normalmente requieren agua dulce para crecer. Y Seawater Greenhouse, compañía británica pionera en este campo, opera desde hace años instalaciones en las costas de Omán, Emiratos Árabes Unidos y Australia, usando energía solar para desalinizar y aprovechando todo el subproducto de agua dulce tanto para el riego como para el control de temperatura.

Por qué esto importa, más allá de la novedad

El interés detrás de todos estos proyectos responde a una misma presión de fondo: la escasez creciente de agua dulce para riego en muchas regiones agrícolas del planeta, combinada con el hecho de que la inmensa mayoría del agua disponible en la Tierra es salada y, hasta hace poco, agrícolamente inutilizable. Para el sector agropecuario de habla hispana —con zonas costeras áridas en el norte de Chile, el sur de Perú o el Mediterráneo español—, estas tecnologías plantean una pregunta legítima a mediano plazo: si la desalinización solar ya demostró funcionar a escala comercial en el desierto australiano, la incógnita ya no es tanto si esta forma de agricultura es técnicamente viable, sino en qué costas, y bajo qué condiciones económicas, el modelo empieza a replicarse.

Por ahora, la distinción sigue siendo clara: los invernaderos que usan agua de mar desalinizada junto a la costa ya cultivan miles de toneladas de alimento cada año. Los que literalmente flotan sobre las olas, en cambio, todavía están navegando, en sentido bastante literal, entre el prototipo y la promesa.


Fuentes: Sundrop Farms (sitio oficial), Hortidaily, El Periódico de la Energía, Tekzup, EcoWatch, Inhabitat, El Ciudadano, N-ARK (sitio oficial), KHL Group, Zenbird, ESmartCity, DOGO News, Xataka, Infobae, Noticias SIN, A en Verde, Cultura Vegana.

por José Rios