Durante siglos, los agricultores solo pudieron saber que un cultivo estaba en problemas cuando ya era demasiado tarde: hojas marchitas, manchas, tallos débiles. Hoy existe una tecnología capaz de “escuchar” a las plantas antes de que aparezca cualquier síntoma visible, interpretando literalmente las señales eléctricas que recorren su interior.

El electrocardiograma de las plantas

La empresa suiza Vivent Biosignals desarrolló un sistema llamado PhytlSigns, que mide el flujo de iones de calcio dentro de una planta a través de electrodos conectados a su tallo. “Es como un electrocardiograma para humanos, solo que aplicado a plantas”, explicó Carrol Plummer, fundadora de la compañía. Estas señales eléctricas viajan por la planta más rápido que cualquier otro tipo de señal biológica, y funcionan como un verdadero sistema de alerta temprana: la tecnología ya ha demostrado ser capaz de detectar infestaciones de trips en frutillas apenas dos días después del contagio, mucho antes de que el daño sea visible a simple vista.

Según explicó Norm Janssen, responsable de desarrollo de negocios de Vivent en Norteamérica, “las señales son la forma en que la planta nos cuenta cómo está viviendo su entorno… cuándo tiene sed, cuándo le faltan nutrientes, o cuándo hay insectos invadiendo distintas partes de la planta”. La compañía trabaja incluso con Bayer Crop Science y con Agroscope, el centro de investigación agrícola del gobierno suizo, para desarrollar variedades de papa más resistentes al estrés hídrico usando esta misma tecnología.

Riego de precisión y protección contra heladas

Las aplicaciones prácticas ya son concretas. Según datos de la propia compañía, reducir los períodos de estrés intenso detectados a través de estas señales puede aumentar los rendimientos en un 12% o más. La tecnología también permite anticipar la floración de un cultivo, lo que ayuda a los agricultores a planificar con precisión sus sistemas de protección contra heladas, y a calibrar el riego exactamente según lo que la planta está pidiendo en cada momento, en lugar de regar según un calendario fijo.

El otro “internet” del que todos hablan, pero que la ciencia todavía discute

Junto a esta tecnología de sensores, existe otra idea mucho más popular en la cultura general: la de que los hongos micorrízicos —esos organismos que viven asociados a las raíces de la gran mayoría de las plantas del planeta— formarían una especie de “internet del bosque”, permitiendo que las plantas se comuniquen entre sí, compartan agua y se defiendan juntas de las plagas. Es un concepto hermoso, popularizado por la ecóloga Suzanne Simard y su libro Finding the Mother Tree, y que ha inspirado desde documentales hasta series de televisión.

Sin embargo, vale la pena ser honestos sobre el estado real de esa evidencia. Lo que sí está firmemente comprobado es la relación simbiótica entre hongos y plantas: la planta entrega azúcares producidos por fotosíntesis, y el hongo le devuelve nutrientes y agua extraídos del suelo. Lo que sigue siendo mucho más debatido es la parte más viral de la historia, que estas redes fúngicas efectivamente transmitan señales de defensa o compartan recursos entre plantas distintas. Una revisión publicada en 2023 en la revista Nature Ecology & Evolution encontró que menos de la mitad de las afirmaciones sobre este tipo de comunicación, citadas en papers científicos recientes, estaban realmente respaldadas por los estudios de campo originales en los que se basan.

Dos tecnologías, dos niveles de certeza

El resultado es un panorama con dos velocidades muy distintas. Por un lado, los sensores bioelectrónicos que leen el “lenguaje eléctrico” de las plantas son una realidad comercial hoy, ya utilizados por agricultores y compañías como Bayer para tomar decisiones de riego, nutrición y protección de cultivos. Por otro, la idea de un “internet del bosque” fúngico que conecta y protege a las plantas entre sí sigue siendo, por ahora, más una hipótesis fascinante que una certeza científica. Ambas historias son parte de la misma conversación sobre cómo la tecnología —y la ciencia— están aprendiendo a escuchar lo que la tierra lleva comunicando en silencio desde siempre.

Fuentes: Vivent Biosignals, RealAgriculture, AgFunderNews, HortiDaily, Nature Ecology & Evolution (vía Undark, Scientific American, The Conversation), National Forest Foundation.

por Juan Lagos