Detrás del creciente mercado de créditos de carbono agrícola existe una pregunta técnica difícil de resolver: ¿cómo se puede confirmar, de forma confiable, que un suelo realmente está acumulando más carbono orgánico que antes? La respuesta que ha ido consolidándose combina dos herramientas muy distintas entre sí: muestras físicas de tierra tomadas en terreno, y sensores satelitales que monitorean el suelo desde el espacio. Juntas, conforman lo que la industria llama sistemas de Monitoreo, Reporte y Verificación (MRV).

Por qué el suelo es tan difícil de medir desde el espacio

El desafío técnico de fondo es que ningún satélite puede “ver” directamente el carbono almacenado bajo tierra. Lo que hacen estas plataformas es combinar imágenes satelitales —de misiones como Sentinel-2, Landsat o el radar ALOS-2— con modelos de inteligencia artificial calibrados a partir de muestras físicas de suelo tomadas en terreno, que siguen siendo indispensables para validar y calibrar las estimaciones satelitales. La tecnología permite identificar prácticas agrícolas visibles desde el espacio, como cultivos de cobertura o labranza reducida, y a partir de ahí estimar cambios en el carbono orgánico del suelo con un nivel de certeza que cumple los estándares de mercados de carbono reconocidos internacionalmente, como el protocolo Verra VM0042.

Los actores que lideran esta tecnología

La india Boomitra es hoy uno de los ejemplos más grandes de esta tecnología a escala: combinó más de un millón de muestras de suelo georreferenciadas con estas fuentes satelitales, logrando reducir hasta en un 90% el costo de los procesos de MRV tradicionales, mientras mantiene la precisión exigida por Verra VM0042. La compañía ya da soporte a más de 100.000 agricultores en más de 5 millones de acres a nivel mundial.

Indigo Ag, en Estados Unidos, desarrolló un sistema propio que combina datos entregados por agricultores inscritos con muestreo híbrido de suelo y modelamiento biogeoquímico, aplicado a proyectos de cientos de miles de hectáreas. En Europa, la danesa Agreena utiliza observación satelital para monitorear cambios en el manejo de la tierra, en línea con la nueva regulación europea de certificación de remociones de carbono (CRCF), que exige sistemas MRV robustos para validar proyectos de agricultura de carbono en el continente. Otras plataformas, como InSoil —que ya mencionamos en la nota sobre créditos vinculados a la salud del suelo— utilizan inteligencia artificial para detectar automáticamente, a partir de imágenes satelitales, prácticas regenerativas como cultivos de cobertura, patrones de labranza y rotación de cultivos.

Blockchain contra el fraude y el doble conteo

Un problema recurrente en los mercados de carbono es la posibilidad de que un mismo crédito se venda más de una vez, o que la reducción de emisiones reportada no sea real. Para enfrentar ese riesgo, plataformas como TraceX han desarrollado sistemas de MRV digital que automatizan la recolección de datos desde imágenes satelitales, sensores IoT y aplicaciones móviles, registrando cada transacción en una cadena de bloques (blockchain) que genera un registro inalterable, dificultando el fraude y el doble conteo de créditos.

Un mercado que se depura, mientras la tecnología crece

Los números detrás de esta tendencia muestran una paradoja interesante. Según datos de la industria, el mercado voluntario de créditos de carbono agrícola cayó con fuerza en 2024, de US$84,9 millones a solo US$36,1 millones —una contracción de 57%— producto de dudas sobre la calidad real de muchos proyectos y un proceso de consolidación del sector. Al mismo tiempo, la inversión en soluciones digitales de MRV se disparó a US$2.300 millones, con sistemas de verificación satelital que ya logran reducir hasta 40% los costos de medición de carbono en el suelo frente a los métodos tradicionales de muestreo en terreno.

Un desafío que sigue siendo científico, no solo tecnológico

Vale la pena ser precisos sobre los límites de esta tecnología. Un estudio publicado este año en la revista npj Sustainable Agriculture estimó que, incluso con mapeo digital de suelos, la incertidumbre en las mediciones puede generar deducciones de hasta 12% en el volumen final de créditos certificados para un proyecto de cinco años, en un ensayo con más de 400 acres en Estados Unidos. En términos comparativos, el carbono capturado por proyectos de suelo agrícola es mucho menor al de proyectos forestales: entre 0,5 y 0,7 toneladas de CO2 por acre al año, frente a las 50 a 150 toneladas que puede capturar un proyecto forestal, con un rango de incertidumbre de medición que va del 15% al 30%.

Una pieza clave para la próxima etapa de la agricultura regenerativa

Pese a esas limitaciones técnicas, el desarrollo de sistemas MRV confiables es considerado clave para que la agricultura regenerativa pueda financiarse a sí misma a gran escala: sin una forma creíble de medir y verificar el carbono capturado en el suelo, no existe manera de vender ese carbono como crédito a empresas que buscan compensar sus propias emisiones. La combinación de satélites, inteligencia artificial y muestreo físico de suelo —imperfecta, pero cada vez más precisa— se perfila como la infraestructura invisible que podría terminar convirtiendo la materia orgánica del suelo en uno de los activos más valiosos del agro mundial en la próxima década.

Fuentes: npj Sustainable Agriculture (Nature), ESA Space Solutions, InSoil, ScienceDirect (Indigo Ag), Sustainability Atlas, Regenerative Agriculture Summit, arXiv (Carbon Farming Survey).

por Juan Lagos