Casi el 60% de las especies del planeta viven bajo tierra, pero durante décadas la ciencia no tuvo una forma barata y no invasiva de “escucharlas”. Un campo de investigación todavía joven, la ecoacústica del suelo, está cambiando eso: micrófonos de contacto clavados en la tierra que permiten distinguir, por el sonido, un suelo sano de uno degradado.
Un médico pone el estetoscopio sobre el pecho de un paciente y escucha el corazón y los pulmones para diagnosticar su estado de salud, sin necesidad de abrir el cuerpo. Un grupo de científicos, liderados desde la Universidad Flinders, en Australia, está aplicando exactamente esa misma lógica al suelo agrícola: en vez de un estetoscopio, usan micrófonos de contacto clavados en la tierra; en vez de un latido, escuchan los clics, chasquidos y crujidos que producen las lombrices, los escarabajos, las hormigas y otros invertebrados al moverse, alimentarse y cavar bajo la superficie.
Por qué el suelo, literalmente, suena distinto cuando está sano
El campo se llama ecoacústica del suelo (o, según prefieren algunos investigadores, bioacústica o biotremología del suelo), y su premisa central es simple: todos los organismos vivos producen algún tipo de sonido o vibración, y esas señales varían según la actividad, la forma, los apéndices y el tamaño de cada especie. Registrando y analizando esas señales acústicas subterráneas, es posible inferir cuánta vida hay bajo tierra y qué tan activa está, sin necesidad de excavar, tamizar tierra a mano ni contar organismos uno por uno —el método tradicional, lento y costoso, que se usa hoy para medir biodiversidad del suelo.
El investigador que más ha impulsado esta línea de trabajo, el ecólogo microbiano Jake Robinson, de la Universidad Flinders, resume la analogía médica de forma directa: “Es un poco como ir al médico. Te ponen un estetoscopio en el pecho, te hacen un chequeo, escuchan tu corazón latiendo… nosotros estamos haciendo algo similar en el suelo”.
Los estudios que ya demostraron que el método funciona
La evidencia detrás de esta tecnología ya no es solo una hipótesis interesante. En un estudio publicado en el Journal of Applied Ecology, el equipo de Robinson comparó el paisaje sonoro subterráneo de parcelas de tierra en distintos estados de conservación en la región de Mount Bold, en las colinas de Adelaide, Australia: parcelas recién despejadas de vegetación, parcelas revegetadas quince años atrás, y parcelas de vegetación remanente nunca alterada. Usando micrófonos de contacto y cámaras de atenuación sonora durante cinco días de monitoreo, encontraron que la complejidad y diversidad acústica era significativamente mayor tanto en las parcelas revegetadas como en las de vegetación remanente, comparadas con las parcelas degradadas —un patrón que además coincidió con estudios previos del mismo equipo realizados en bosques templados del Reino Unido, específicamente en Yorkshire del Sur, Inglaterra, usando casi 200 muestras de sonido de aproximadamente tres minutos cada una.
La conclusión de fondo, según los propios investigadores, es que la tierra despejada suena como un ruido blanco monótono, mientras que la tierra con vegetación y fauna activa produce un paisaje sonoro mucho más rico y variado —clics, chasquidos superficiales, pequeños golpeteos— que refleja directamente la abundancia de invertebrados del suelo: lombrices, escarabajos, hormigas y arañas, entre otros.
Por qué contar lombrices a mano ya no alcanza
Este desarrollo tecnológico responde a una limitación real del método que hoy usan muchos agricultores para evaluar la salud de su suelo: contar lombrices manualmente. Según explica Victoria Burton, investigadora postdoctoral especializada en biodiversidad del suelo en el Museo de Historia Natural de Londres, ese método puede llevar a conclusiones erróneas: en zonas donde las lombrices son una especie invasora, es común encontrar grandes cantidades de estos invertebrados precisamente en hábitats degradados, lo que convertiría su abundancia en un indicador poco confiable de qué tan sano está realmente ese suelo. La ecoacústica, al capturar la actividad de todo el ecosistema subterráneo —no solo de una especie— ofrece, según Burton, una lectura potencialmente más precisa para contextos agrícolas y de conservación.
Una urgencia que no es menor
El contexto que explica por qué la ciencia está invirtiendo esfuerzo en esta tecnología es preocupante en sí mismo. Según cifras que cita el propio Robinson, cerca del 59% de las especies del planeta viven en el suelo, pero un 75% de los suelos del mundo ya están afectados por algún grado de degradación, una cifra que —de mantenerse las tendencias actuales de deforestación, sobrepastoreo y urbanización— podría escalar hasta el 90% hacia 2050. El dato tiene una traducción muy directa para la agricultura: cerca del 98% de las calorías que consume la humanidad provienen, en última instancia, del suelo, y las lombrices por sí solas sustentan aproximadamente el 6,5% de la producción mundial de granos.
Todavía en fase temprana, pero con expansión internacional
Los propios investigadores son honestos respecto al estado de madurez de esta tecnología: la ecoacústica del suelo “todavía está en sus primeras etapas”, según reconoce el propio Robinson, aunque ya se ha aplicado tanto en zonas de bushland australiano como en distintos ecosistemas del Reino Unido. El Museo de Historia Natural de Londres, por su parte, ya instaló sensores acústicos de suelo en sus propios jardines para monitorear cambios en la fauna urbana, y estudios similares en Brasil ya exploraron su aplicación en cronosecuencias de restauración forestal, sugiriendo que la técnica también podría servir para detectar especies invasoras o riesgos de bioseguridad en el suelo.
A nivel de política pública, el interés por monitorear la biodiversidad del suelo de forma sistemática ya es una prioridad declarada en distintos países. Costa Rica, con apoyo de la FAO y su Observatorio Global de la Biodiversidad del Suelo (GLOSOB), avanza en el diseño de un esquema nacional de monitoreo de biodiversidad edáfica. En Europa, el proyecto SoildiverAgro, financiado por la Unión Europea, desarrolló herramientas digitales predictivas para estimar parámetros de biodiversidad del suelo, pensadas para ayudar a los países miembros a cumplir con la propuesta de Ley de Vigilancia del Suelo de la UE, que aspira a que todos los suelos europeos estén en buen estado para 2050. Ninguna de estas iniciativas usa todavía ecoacústica como método estándar, pero ambas reflejan la misma urgencia de fondo: encontrar formas más baratas, rápidas y escalables de medir algo que hasta ahora ha sido extremadamente difícil de cuantificar.
Qué podría significar esto para el agricultor, cuando la tecnología madure
El atractivo de esta tecnología para el sector agropecuario es directo: si efectivamente logra consolidarse y abaratarse, un sensor acústico clavado en el suelo podría convertirse en una herramienta de diagnóstico rápido y no invasivo, capaz de indicarle a un productor qué sectores de su campo tienen actividad biológica saludable y cuáles la han perdido —información hoy disponible solo mediante análisis de laboratorio costosos o conteos manuales lentos y poco representativos. Como reconoce el propio Robinson, la ecoacústica ya ayuda a rastrear la efectividad de intervenciones de restauración de suelo, y podría eventualmente orientar a agricultores hacia las zonas específicas de su predio donde las poblaciones de lombrices son deficientes.
Todavía no existe, hasta donde muestra la evidencia disponible, un producto comercial listo para que un agricultor lo compre e instale en su campo mañana. Pero la dirección de la investigación es clara, y el símil que mejor la resume sigue siendo el que usan sus propios impulsores: la tierra bajo nuestros pies tiene un latido propio, y la ciencia recién está aprendiendo a escucharlo con la precisión suficiente como para convertirlo en una herramienta agrícola real.
Fuentes: Cosmos Magazine, Earth.com, PopSci, Interesting Engineering, Grist, Atlas Obscura, Global Soil Biodiversity Initiative (blog de Jake Robinson), SciMex / Flinders University, AusBizMedia, Journal of Applied Ecology, Revista Cultivar (Brasil), Canaltech, Delfino.cr (FAO / Costa Rica), CORDIS (Comisión Europea, proyectos SoildiverAgro y ECOFINDERS), AgroNews Castilla y León.
por José Rios
