La ola de automatización impulsada por la inteligencia artificial ya golpea con fuerza a sectores como la programación, las finanzas y el trabajo administrativo. Pero la evidencia que están acumulando organismos como la OCDE, el Foro Económico Mundial y firmas como PwC apunta en una dirección clara: la IA en el campo es la excepción a la regla, un sector con menor riesgo de pérdida de empleos y uno de los que más se beneficia de ella como herramienta de apoyo antes que de reemplazo.
Un debate real, con cifras que se mueven rápido
El impacto de la inteligencia artificial sobre el empleo global es uno de los temas económicos más discutidos del momento, y las estimaciones varían enormemente según la fuente. Goldman Sachs proyecta que la IA generativa podría automatizar hasta el 25% de las tareas laborales globales, afectando a 300 millones de puestos de trabajo, mientras el propio banco calcula que actualmente elimina cerca de 25.000 empleos al mes en sectores vulnerables, aunque genera unos 9.000 empleos nuevos mensuales en áreas donde funciona como complemento del trabajo humano. El Foro Económico Mundial, por su parte, proyectó en su informe Future of Jobs que hacia 2027 desaparecerían 83 millones de empleos a nivel global, mientras se crearían 69 millones nuevos, un saldo neto negativo de 14 millones de puestos, equivalente a apenas 2% del empleo actual.
Por qué el campo queda fuera de la primera línea de riesgo
La clave está en el tipo de tareas que domina cada sector. Según la OCDE, los trabajos físicos y manuales —incluidos los trabajadores agrícolas, junto a personal de limpieza y de preparación de alimentos— están entre los menos expuestos a los efectos de la IA, precisamente porque muchas de las habilidades críticas de estos roles siguen siendo difíciles de automatizar. Un estudio académico que analizó el impacto potencial de la IA sobre las ocupaciones de Estados Unidos llegó a una conclusión similar: las ocupaciones menos afectadas se concentran en sectores como agricultura, transporte, construcción y alojamiento y alimentación, donde las tareas centrales giran en torno al trabajo físico y manual, y no requieren el tipo de razonamiento abstracto que la IA generativa domina mejor.
El propio Foro Económico Mundial había anticipado ya en 2023 que la mayor tasa de crecimiento de empleo entre 2023 y 2027 correspondería a los operadores de equipos agrícolas, con una proyección de 30% de aumento —unos 3 millones de puestos adicionales— justamente porque este tipo de trabajo depende de habilidades humanas como el juicio, la destreza física y la capacidad de adaptación a entornos cambiantes, atributos donde la inteligencia artificial todavía no logra igualar al ser humano.
De reemplazo a aliada, el rol de la IA en el campo
El concepto que mejor describe lo que está ocurriendo en el agro es el de augmented worker: la IA no reemplaza a la persona, sino que se convierte en su aliada, permitiéndole producir más gracias a ella. Ese es exactamente el patrón que ya reportamos en Diario Agrícola con la adopción de drones agrícolas en Chile —que reducen hasta 90% el uso de agua y 30% el de agroquímicos sin eliminar el trabajo humano detrás de la operación— o con el crecimiento acelerado de la ganadería y agricultura regenerativa, donde la tecnología asiste el manejo del predio sin sustituir el criterio del productor.
Un informe de PwC, el Global AI Jobs Barometer 2025, refuerza esta lectura con un dato revelador: entre 2019 y 2024, las ocupaciones con menor exposición a la IA —entre ellas buena parte del trabajo agrícola— crecieron un 65% en cantidad de empleos, más del doble que el 38% de crecimiento registrado en las ocupaciones más expuestas a la automatización. El propio informe destaca que el 100% de las industrias, incluidas las tradicionalmente más lentas en adoptar tecnología como la minería y la agricultura, ya están aumentando su uso de inteligencia artificial, pero como herramienta de productividad, no como sustituto de la fuerza laboral.
Un patrón que la historia ya mostró antes
El argumento tiene, además, un precedente histórico. La mecanización del campo entre 1900 y 1960 desplazó a decenas de millones de trabajadores agrícolas de sus tareas manuales tradicionales, pero no hizo colapsar la demanda de trabajo en el sector: la actividad se transformó, exigió nuevas habilidades, y terminó generando una agricultura mucho más productiva. Especialistas en el debate actual sobre IA sostienen que ese mismo patrón —transformación de tareas, no eliminación de sectores completos— es el que mejor describe lo que previsiblemente ocurrirá con la inteligencia artificial en el campo durante los próximos años.
Lo que viene para la IA en el campo
Con una fuerza laboral agrícola que ya enfrenta escasez de mano de obra en buena parte del mundo desarrollado, la irrupción de la IA como asistente operativo —desde el monitoreo satelital de cultivos hasta la aplicación de precisión con drones y la gestión de datos de pastoreo— aparece menos como una amenaza y más como una respuesta a un problema estructural que el propio sector viene arrastrando desde hace años. La pregunta que queda abierta no es si la IA va a reemplazar al agricultor, sino qué tan rápido logrará este integrar la tecnología a un oficio que, por su propia naturaleza física y cambiante, sigue siendo uno de los más resistentes a la automatización total.
