El mercado de los bioinsumos agrícolas —biocontroladores, bioestimulantes y biofertilizantes— sigue mostrando un crecimiento sostenido a nivel mundial, pese a la incertidumbre económica y política global. Así lo planteó la doctora Pam Marrone, fundadora y presidenta de Invasive Species Corporation, durante su presentación anual en el Salinas Biological Summit, realizado en California y considerado uno de los encuentros de referencia de la industria de bioinsumos.
Crecimiento sostenido, aunque más lento que el año pasado
Según datos de la consultora Dunham-Trimmer citados por Marrone, la mayoría de los segmentos de bioinsumos continúan creciendo a tasas de dos dígitos, aunque levemente por debajo del año anterior: 10,65% de crecimiento anual para biocontroladores, 9,93% para bioestimulantes y 11,08% para biofertilizantes.
A nivel regional, Estados Unidos y Canadá siguen liderando la participación de mercado, con una proyección de US$5.680 millones para 2027, pero América Latina —impulsada principalmente por Brasil— se posiciona como un cercano segundo lugar, con US$4.970 millones proyectados para el mismo año.
El caso de Brasil, un modelo distinto
El crecimiento de Brasil ha sido descrito por la propia Marrone como “sorprendente”: el país alcanzó un mercado de bioinsumos de US$1.200 millones en 2025, distribuido en casi 200 millones de hectáreas, mayoritariamente en cultivos extensivos como soya y maíz, a diferencia de la mayoría de los mercados globales de bioinsumos, que se concentran en cultivos de alto valor como berries y almendras.
Según la especialista, parte del secreto brasileño está en la forma en que los agricultores integran estos productos: en vez de evaluarlos como una alternativa aislada frente al mejor “cóctel” de agroquímicos, los productores brasileños los incorporan directamente como una herramienta más dentro de su manejo habitual. A esto se suma un factor demográfico, los agricultores brasileños son, en promedio, diez años más jóvenes que sus pares en otras regiones del mundo, lo que los haría más abiertos a probar nuevas tecnologías en el campo.
Otros casos en América Latina
El resto de la región también muestra señales de avance. Según un análisis de AgFunderNews citado por medios especializados, la inversión en startups de biotecnología agrícola y bioinsumos en América Latina creció más de 2.000% desde 2020, consolidando a Brasil, México y Argentina como los polos más activos de innovación biológica del hemisferio sur.
En Argentina, la startup Syocin Bio, con base en el Polo Tecnológico de Rosario, desarrolla bactericidas agrícolas a partir de proteínas diseñadas para eliminar bacterias específicas que afectan a los cultivos, sin dañar al resto de los microorganismos beneficiosos del suelo, una tecnología que sus propios fundadores describen como pionera a nivel mundial en este enfoque. En Chile, la startup Ayni Desert Interaction se adjudicó este año el fondo Startup Ciencia de ANID para desarrollar bioinsumos a partir de microorganismos extraídos del desierto de Atacama, en el marco del programa nacional Bioinputs 2030, que busca posicionar al país como exportador regional de biológicos agrícolas.
El mercado español, entre los líderes europeos
España también ocupa un lugar relevante dentro del mercado europeo de bioinsumos, uno de los más grandes del mundo. Según datos de la industria, el mercado europeo de bioestimulantes alcanzó los US$1.720 millones en 2025 y se proyecta que llegue a US$1.890 millones en 2026, con España, Italia, Alemania y Francia como los principales países consumidores de la región. Entre las compañías españolas del sector destaca Rovensa Next, mencionada por la propia Marrone en su presentación como una de las “pure-play” de bioinsumos más grandes del mundo, con más de US$900 millones en ingresos.
A ellas se suma Futureco Bioscience, con sede en Olèrdola, cerca de Barcelona, una de las compañías más antiguas del sector en España. Fundada en 1993 por el biólogo Rafael Juncosa, la empresa desarrolla bioestimulantes, biofertilizantes y biopesticidas a partir de una colección propia de más de 3.000 hongos y bacterias, con el 45% de su personal dedicado a investigación y desarrollo. Hoy exporta a más de 50 países, incluyendo una fuerte presencia en América Latina a través de filiales en Perú, México y Costa Rica, y busca actualmente expandirse hacia China y otros mercados asiáticos.
El financiamiento se concentra hoy en Europa
En cuanto a inversión, Marrone advirtió que menos startups de bioinsumos lograron levantar capital en los últimos doce meses en comparación con el período anterior, particularmente en Estados Unidos, donde la inteligencia artificial está absorbiendo buena parte del interés de los inversionistas de capital de riesgo. El dinero, en cambio, se concentra hoy en Europa, donde los inversionistas no sufrieron las valorizaciones infladas del período 2021-2022 y hoy cuentan con mayor liquidez disponible. De ocho compañías destacadas por su reciente levantamiento de capital, seis son europeas: Mycoverse (Dinamarca), B-Cos (Alemania), Agriodor (Francia), SugaROx y Bindbridge (ambas del Reino Unido).
En paralelo, los fondos de private equity continúan comprando compañías de bioinsumos rentables o en punto de equilibrio, una tendencia que se aceleró durante el último año, con múltiplos de salida altos incluso para empresas jóvenes.
El desafío pendiente, educar a agricultores e inversionistas
Pese al crecimiento del sector, Marrone insistió en que agricultores e inversionistas de capital de riesgo todavía necesitan más educación sobre qué son —y qué no son— los bioinsumos y cómo utilizarlos correctamente. Entre los productores, la confianza en el desempeño de estos productos sigue siendo la principal barrera para su adopción: “cada vendedor promete un porcentaje de aumento de rendimiento”, señaló Marrone, y muchos agricultores no saben qué preguntas hacer para distinguir un producto confiable de uno que no lo es.
Lo que viene, de los bioherbicidas a la inteligencia artificial
Entre las tendencias a seguir en los próximos doce meses, Marrone destacó el diseño de péptidos y proteínas biopesticidas mediante inteligencia artificial, moléculas elicitoras de baja dosis que activan las defensas naturales de las plantas, y avances en bioherbicidas, un segmento que históricamente ha ido más atrás que los biopesticidas y biofertilizantes. En esa línea, mencionó a la startup Quercus, que desarrolla péptidos mediante IA para el control de malezas, y el acuerdo de Corteva, que pagó US$200 millones por adelantado para asociarse con FMC en una tecnología propia contra malezas resistentes. Su propia compañía, Invasive Species Corporation, desarrolla bioherbicidas de amplio espectro que, según indicó, han mostrado resultados cercanos al glifosato en ensayos contra malezas resistentes a ese herbicida.
Para un país como Chile, que ya cuenta con un marco regulatorio propio a través de la Ley 21.349 y un programa nacional como Bioinputs 2030, el diagnóstico de Marrone deja una lección clara: no basta con que existan buenos productos biológicos disponibles en el mercado. El verdadero cuello de botella para que estas tecnologías se adopten masivamente sigue estando en la confianza y el conocimiento práctico de quienes finalmente deciden usarlas en el campo, algo que ninguna inversión millonaria puede resolver por sí sola sin un trabajo serio de educación y acompañamiento técnico al agricultor.
Fuentes: AgFunderNews, AgroLatam, El Ecosistema Startup, Aire Agro, Fortune Business Insights, AseBio, Futureco Bioscience.
por José Rios
