Cultivar alimentos frescos en uno de los ambientes más hostiles del planeta —sin agua dulce, sin napas subterráneas que explotar, en pleno desierto— dejó de ser una fantasía tecnológica. Distintos proyectos en Australia, Medio Oriente y el Cuerno de África ya demuestran que es posible producir hortalizas a escala comercial usando exclusivamente agua de mar desalinizada con energía solar, sin agotar ni una gota de agua dulce.
El invento que nació observando cómo se seca una planta
El concepto detrás de esta tecnología, conocido como invernadero de agua de mar, fue desarrollado desde 1991 por el diseñador británico Charlie Paton, a través de su compañía Seawater Greenhouse. La idea surgió de una observación simple: en muchas zonas áridas y calurosas, la evapotranspiración de las plantas ocurre a un ritmo más rápido del que sus primeros sistemas de destilación solar lograban producir agua dulce. “Entonces pensé, ¿por qué no poner las plantas directamente en el destilador, y rediseñar el destilador para que se adapte a ellas?”, ha explicado Paton sobre el origen de su idea.
El sistema funciona bombeando agua de mar hacia el interior del invernadero para crear un ambiente fresco y húmedo, ideal para cultivos de clima templado. El agua dulce se produce por un proceso de desalinización solar, mientras el aire humidificado sobrante se libera para mejorar además las condiciones de cultivo al exterior. Paton construyó proyectos piloto en Tenerife (1992), Abu Dhabi (2000) y Omán, antes de que el concepto diera el salto a escala verdaderamente comercial.
El caso australiano que ya alimenta a todo un país
El ejemplo más grande y consolidado de esta tecnología es Sundrop Farms, en Port Augusta, sur de Australia. Inaugurada en 2016 tras una inversión de US$150 millones, la instalación de 20 hectáreas combina un campo de 23.000 espejos que concentran energía solar en una torre receptora de 115 metros de altura, generando hasta 39 megavatios de energía en un día soleado. Esa energía alimenta tanto la planta de desalinización —que procesa cerca de un millón de litros de agua de mar al día, extraída del golfo Spencer— como la calefacción y electricidad del invernadero.
Dentro de las instalaciones, 180.000 plantas de tomate crecen de forma hidropónica, sin tierra, en un sustrato de fibra de coco. El resultado es contundente: Sundrop Farms produce cerca de 17.000 toneladas de tomates al año, equivalentes a un 15% de toda la producción de tomate de Australia, abastecidos bajo un contrato de diez años a la cadena de supermercados Coles. La compañía ya replicó parte de su modelo en instalaciones adicionales en Tennessee, Estados Unidos, y Odemira, Portugal.
Medio Oriente y el Cuerno de África, la otra frontera del desierto
La misma tecnología de base ya se adaptó a contextos mucho más limitados en recursos. En Somaliland, en el Cuerno de África —una de las regiones con mayor inseguridad alimentaria del mundo—, Seawater Greenhouse construyó, en colaboración con la Universidad de Aston y la organización PENHA, una versión simplificada y de bajo costo del sistema, pensada específicamente para pequeños agricultores locales, bajo un modelo de “centro y satélites” donde productores reciben capacitación y apoyo para replicar sus propias instalaciones.
En Medio Oriente, el concepto se integró a proyectos de mayor escala como el Sahara Forest Project, que combina energía solar concentrada con invernaderos de agua de mar, con instalaciones piloto ya construidas en Abu Dhabi y Omán, y planes de expansión hacia países como Jordania, identificada por sus propios desarrolladores como una ubicación ideal para este tipo de tecnología. En Dubái, el Centro Internacional para la Agricultura Biosalina (ICBA) avanza en una línea complementaria, usando agua de mar para regar directamente cultivos tolerantes a la sal, como la quinoa, además de desalinizar agua subterránea para el resto de sus cultivos.
Una solución real, pero todavía de nicho
Vale la pena ser honestos sobre el alcance actual de esta tecnología. Según ha reconocido la propia industria, instalaciones como Sundrop Farms siguen siendo, hasta ahora, las únicas de este tipo en uso comercial pleno a nivel mundial, y replicar el modelo exige una combinación específica de cercanía a la costa, ingeniería especializada, financiamiento significativo y condiciones climáticas favorables, lo que la vuelve una alternativa poderosa pero no inmediatamente accesible para cualquier productor. Aun así, el hecho de que ya exista funcionando a escala comercial en el desierto australiano, y en versiones más simples y económicas en zonas de extrema escasez como Somaliland, demuestra que el principio funciona en contextos radicalmente distintos.
Una respuesta concreta a uno de los mayores desafíos agrícolas del planeta
Con la agricultura consumiendo más del 90% del agua dulce disponible en muchas regiones áridas del mundo, según cifras citadas por la propia industria, y con la sobreexplotación de napas subterráneas generando salinización y agotamiento en varias zonas críticas, este tipo de invernaderos plantea una alternativa real frente a uno de los cuellos de botella más urgentes de la agricultura mundial: producir alimentos frescos sin depender de un recurso —el agua dulce— que se vuelve cada vez más escaso, precisamente en los lugares donde más se necesita cultivar.
Fuentes: Alfa Laval, Global Center on Adaptation, Engineering and Technology Magazine, Buckminster Fuller Institute, Arabian Business, Greenhouse Management, Inhabitat, MIT Technology Review, EcoWatch.
por José Rios
