Existe una pregunta que pocas veces se plantea en el manejo agrícola convencional, con buen respaldo científico detrás: ¿puede el uso de fertilizante nitrogenado sintético debilitar los propios mecanismos naturales de fertilidad del suelo? La evidencia disponible indica que sí, aunque de una forma más matizada que un simple “interruptor” que se activa o se desactiva, y con efectos que van mucho más allá del suelo, hasta el clima y las napas de agua.

Qué pasa con los hongos micorrízicos

Uno de los mecanismos más estudiados es la relación entre las plantas y los hongos micorrízicos arbusculares, microorganismos del suelo que se asocian con las raíces para ayudar a la planta a absorber nutrientes —especialmente fósforo y nitrógeno orgánico— a cambio de azúcares producidos por la fotosíntesis. Diversos estudios científicos, incluido uno publicado este año en la revista Communications Biology, muestran que la adición de nitrógeno sintético reduce la diversidad de estas comunidades de hongos micorrízicos en el suelo, alterando además las redes de interacción entre hongos y bacterias.

La lógica biológica detrás de este fenómeno es relativamente simple: mantener esta asociación tiene un costo energético para la planta, ya que debe destinar azúcares a alimentar al hongo. Cuando el nitrógeno ya está disponible de forma abundante y de fácil acceso gracias al fertilizante sintético, la planta tiene menos incentivo evolutivo para sostener esa relación, lo que puede traducirse en una menor colonización de las raíces por parte de estos hongos.

El mismo patrón se repite con las bacterias fijadoras de nitrógeno

Un fenómeno similar ocurre con la fijación biológica de nitrógeno, el proceso mediante el cual ciertas bacterias del suelo —como los rizobios que se asocian con las raíces de las leguminosas— capturan nitrógeno del aire y lo transforman en una forma que la planta puede utilizar. Según distintos estudios científicos, cuando hay abundante nitrógeno mineral disponible en el suelo, las plantas leguminosas tienden a reducir la formación de nódulos radiculares —las estructuras donde vive la bacteria fijadora—, un mecanismo natural de autorregulación, ya que sostener esa asociación bacteriana también tiene un costo energético para la planta.

Es importante ser preciso en este punto, la evidencia científica no es completamente uniforme: algunos estudios de fertilización de largo plazo han encontrado que ciertos tipos de fertilización, incluso química, pueden en algunos contextos no suprimir e incluso favorecer la fijación biológica de nitrógeno, dependiendo del tipo de suelo, el cultivo y el manejo. Lo que sí muestra consenso más amplio es que el uso intensivo y sostenido de nitrógeno sintético tiende a alterar la composición y la capacidad funcional de las comunidades microbianas del suelo en su conjunto, reduciendo su capacidad de mineralizar nitrógeno orgánico de forma natural.

El nitrógeno que se pierde en el camino

El problema no termina en el suelo. Estudios científicos estiman que a nivel global apenas un 35% del nitrógeno aplicado como fertilizante es efectivamente aprovechado por los cultivos de cereales, mientras el resto se pierde en el ambiente por lixiviación, escorrentía o emisiones gaseosas. En algunos ensayos de campo, más de la mitad del nitrógeno aplicado se pierde solo por lixiviación hacia napas subterráneas.

Ese excedente tiene además dos consecuencias adicionales bien documentadas. La primera es la acidificación del suelo, ya que la mayoría de los fertilizantes nitrogenados, especialmente la urea, reducen de forma progresiva el pH del suelo con el paso del tiempo, afectando a su vez la disponibilidad de otros nutrientes y la actividad microbiana. La segunda es climática, la fertilización nitrogenada sintética es la principal fuente de emisiones de óxido nitroso (N2O) del planeta, un gas de efecto invernadero con un potencial de calentamiento cerca de 298 veces mayor al del CO2, y que además contribuye al deterioro de la capa de ozono.

Por qué esto importa para la agricultura regenerativa

Para el movimiento de la agricultura regenerativa, este conjunto de mecanismos biológicos es uno de los argumentos centrales para reducir progresivamente la dependencia de fertilizantes sintéticos: si el suelo “aprende” a depender del aporte externo de nitrógeno y desactiva parcialmente sus propios sistemas naturales de fertilidad —hongos micorrízicos, bacterias fijadoras, actividad microbiana general—, el agricultor queda atrapado en un ciclo donde necesita cada vez más insumo externo para sostener el mismo nivel de producción, con un costo ambiental creciente en el camino.

La evidencia científica también ofrece alternativas concretas de manejo. El uso de abonos verdes con cultivos fijadores de nitrógeno, la incorporación de materia orgánica y estiércol, y el uso de inhibidores de la ureasa y la nitrificación, han mostrado en distintos estudios reducciones de hasta 50% en las emisiones de óxido nitroso y mejoras relevantes en la eficiencia de uso del nitrógeno por parte de los cultivos, sin sacrificar el rendimiento. Investigadores calculan, por ejemplo, que una reducción de apenas 5% en la aplicación de nitrógeno en una región agrícola intensiva como la provincia china de Shandong podría reducir en 9% la participación de esa provincia en las emisiones globales de óxido nitroso.

La otra cara de esta evidencia es alentadora, varios de los estudios revisados muestran que reducir la fertilización nitrogenada puede favorecer una red fúngica y microbiana más compleja y estable en el suelo, lo que respalda a las prácticas de manejo que buscan restablecer gradualmente estos procesos biológicos, en lugar de depender exclusivamente del insumo sintético.

Fuentes: Communications Biology (Nature), FEMS Microbiology Ecology (Oxford Academic), iMeta (Wiley), ScienceDirect, Scientific Reports (Nature), PMC (National Library of Medicine, EE.UU.).

por José Rios