El Ministerio de Agricultura lanzó el pasado 15 de julio un programa público-privado de US$39,2 millones para masificar la agricultura y ganadería regenerativa en Chile, en una de las alianzas más grandes impulsadas hasta ahora para revertir la erosión y el deterioro de los suelos que ha dejado el propio boom agroexportador del país. La iniciativa se ejecutará durante cinco años y llega en medio de una tendencia global que ya llevó incluso a Donald Trump a declarar la agricultura regenerativa como prioridad nacional en Estados Unidos.
Un programa a cinco años, con financiamiento internacional
El Ministerio de Agricultura lanzó oficialmente el Proyecto GEF “Escalamiento de prácticas regenerativas para la recuperación y mejoramiento de los suelos, la biodiversidad y los servicios ecosistémicos asociados en el sector agropecuario chileno”, que se ejecutará entre 2026 y 2030. Del financiamiento total de US$39,2 millones, US$6,6 millones provienen del Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF), mientras los US$32,5 millones restantes corresponden a cofinanciamiento nacional, tanto público como privado. El proyecto es liderado por el Minagri a través de Odepa e Indap, con la asistencia técnica de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).
El problema que busca resolver
El diagnóstico detrás del programa es directo: Chile se ha consolidado como potencia agroexportadora mundial, pero buena parte de ese crecimiento se construyó a costa de una erosión sostenida del suelo y un deterioro de los ecosistemas que sostienen esa misma actividad hacia el futuro. En un contexto de crisis climática, la agroecología y la ganadería regenerativa se han posicionado a nivel global como una de las respuestas más consistentes para sostener la producción de alimentos sin seguir degradando la base natural de la que depende.
Qué significa “regenerativo” en la práctica
Lejos de ser un concepto abstracto, la agricultura y ganadería regenerativa se traducen en prácticas concretas: rotación de cultivos, labranza mínima o directa, cultivos de cobertura entre hileras, integración de animales para el manejo de pasturas y una fertilización basada en la biología del suelo antes que en el uso intensivo de insumos químicos. El objetivo es recuperar la vida microbiana y fúngica bajo la superficie, lo que a su vez mejora la retención de agua, la capacidad de captura de carbono y la resiliencia de los predios frente a sequías e inundaciones.
Un caso que ya circula como referencia dentro del propio Indap es el de un ganadero campesino de la Región del Maule, que adoptó ganadería regenerativa con manejo holístico y hoy es citado como ejemplo de los resultados efectivos de este modelo para la Agricultura Familiar Campesina. En paralelo, en el sector privado, viñedos como los de la familia Torres —presentes en Chile y España— ya llevan años aplicando principios similares en más de 500 hectáreas, integrando animales para controlar cultivos de cobertura y avanzando hacia metas de carbono neutralidad.
Parte de un movimiento que ya cruzó fronteras
El anuncio chileno se enmarca en una tendencia que ha ganado tracción a nivel mundial durante el último año. En Estados Unidos, el propio presidente Donald Trump firmó en junio una orden ejecutiva que da prioridad a la agricultura regenerativa como motor de crecimiento económico y de seguridad alimentaria nacional, movilizando más de US$1.000 millones a través del USDA, el HHS y la EPA para modernizar el campo estadounidense y reducir la dependencia de insumos químicos. El hecho de que un movimiento nacido en círculos técnicos y de conservación haya llegado a instalarse como política de Estado tanto en Washington como en Santiago, con enfoques distintos pero un mismo diagnóstico de fondo, es una señal de que la salud del suelo dejó de ser un tema exclusivamente ambiental para convertirse en una prioridad económica de primer orden.
Lo que viene
Durante los próximos cinco años, el proyecto liderado por Odepa e Indap buscará escalar estas prácticas regenerativas más allá de los productores pioneros que ya las aplican, apuntando a que la competitividad agroexportadora de Chile —hoy sostenida en frutas, vino y salmón— pueda seguir creciendo sin seguir erosionando el capital natural del que depende. Para un país cuya identidad productiva está construida sobre el suelo y el agua, el desafío de los próximos años será demostrar que ambos objetivos, producir más y degradar menos, pueden avanzar de la mano.
