Durante mucho tiempo, los hongos fueron una nota al pie en la conversación agrícola: un cultivo de nicho, casi una curiosidad gastronómica. Eso cambió. Hoy, el negocio de los hongos mueve una industria completa, que se despliega en al menos tres direcciones distintas y, a la vez, profundamente conectadas: la alimentación, la salud del suelo y los nuevos materiales. Repasamos las tres.
El negocio de comerlos
El mercado mundial de hongos comestibles se valoró en unos US$33.000 millones en 2024, con proyecciones de superar los US$50.000 millones hacia 2033. Buena parte de ese crecimiento ya no viene solo del champiñón tradicional, sino de los llamados hongos funcionales: reishi, chaga, melena de león (lion’s mane), comercializados como suplementos, tés y extractos por sus supuestos beneficios para la salud. Ese segmento específico crece incluso más rápido que el mercado general, en la lógica del creciente interés por dietas basadas en plantas y alimentos con atributos funcionales.
También está cambiando la forma de producirlos: la industria está pasando de ser un cultivo artesanal a adoptar granjas automatizadas con control climático, en un esfuerzo por escalar la producción y estabilizar la oferta durante todo el año.
El negocio de “activar” el suelo
Bajo tierra, otra industria se mueve con fuerza: la de los bioinsumos basados en hongos micorrízicos, organismos que forman una simbiosis con las raíces de los cultivos, extendiendo su capacidad de absorber agua y nutrientes —especialmente fósforo— a cambio de recibir carbohidratos de la planta. El mercado global de biofertilizantes basados en micorrizas está valorado en un rango de entre US$1.200 y US$1.500 millones, según distintas consultoras de mercado (Mordor Intelligence, Verified Market Reports, DataM Intelligence, entre otras), impulsado por la presión regulatoria para reducir el uso de fertilizantes sintéticos: la Unión Europea, por ejemplo, se propuso reducirlos en un 20% hacia 2030 dentro de su estrategia “De la Granja a la Mesa”.
Los resultados en campo respaldan el interés comercial. Ensayos con tomate mostraron ahorros de hasta 40% en fitosanitarios y aumentos de producción de hasta 10% en plantas micorrizadas; en lechuga, los incrementos de rendimiento llegaron a 20%. En Chile, productores de papa de la zona de Puyehue registraron aumentos de entre 5 y 10 toneladas por hectárea tras aplicar micorrizas a sus suelos, de la mano de Myconativa, una startup chilena especializada en bioinsumos agrícolas fundada por la Dra. Paula Aguilera.
El negocio de vestirse con ellos
La tercera pata de esta industria es, quizás, la más inesperada: el cuero de hongos, fabricado a partir del micelio (la red de raíces del hongo) en lugar de piel animal o plásticos derivados del petróleo. Empresas como MycoWorks y Bolt Threads lideran este segmento, que pasó de ser un experimento de laboratorio a un material que ya luce en pasarelas y vitrinas de lujo: Hermès trabajó junto a MycoWorks para desarrollar “Sylvania”, un cuero de hongo usado en una versión de su bolso Victoria, mientras que marcas como Stella McCartney y Balenciaga también han incorporado materiales de este tipo en sus colecciones.
El mercado de cuero de micelio se valoró en unos US$95 millones en 2024, con proyecciones de alcanzar US$1.500 millones hacia 2033, una tasa de crecimiento anual cercana al 35%. Y no se queda solo en la moda: fabricantes de automóviles como BMW y Audi ya comenzaron a reemplazar los asientos de cuero tradicional por materiales derivados de micelio, atraídos por su menor huella ambiental. El principal freno hoy sigue siendo la escala: producir cuero de hongo de calidad todavía requiere procesos costosos y especializados, lo que mantiene su precio por encima del cuero convencional.
Un mismo organismo, tres industrias
Lo que conecta estos tres negocios —comer hongos, usarlos para regenerar el suelo, o vestir con ellos— es la misma propiedad biológica: la capacidad de los hongos de crecer rápido, adaptarse a distintos sustratos y construir redes complejas con muy pocos recursos. Esa versatilidad, que durante siglos pasó casi inadvertida fuera de la cocina, hoy está en el centro de algunas de las apuestas de inversión más interesantes dentro y fuera del agro.
por José Rios
