Dos economías asiáticas están resolviendo, con estrategias radicalmente distintas, el mismo problema de fondo: cómo seguir produciendo alimentos cuando la tierra escasea o la mano de obra rural desaparece. Japón envejece en el campo y responde con robots; Singapur casi no tiene tierra cultivable y apuesta por cultivar hacia arriba. Chile, que enfrenta su propia versión —más moderada— de ambos problemas, tiene lecciones que sacar de los dos casos.
Japón, el campo más viejo del mundo desarrollado
Japón enfrenta una de las crisis demográficas rurales más severas del planeta. Según datos del Ministerio de Agricultura, Silvicultura y Pesca de Japón citados por el centro de estudios Carnegie Endowment for International Peace, la edad promedio de los agricultores cuya ocupación principal es la agricultura llegó a 69,5 años en 2021. Otras fuentes sitúan el promedio general del sector cerca de los 67 a 70 años, y coinciden en un dato más alarmante: según el medio especializado Núcleo Rural, el número de agricultores japoneses se redujo a la mitad en los últimos 23 años, y hoy solo el 20% tiene menos de 60 años.
La respuesta del país ha sido apostar decididamente por la robótica y la agricultura inteligente. El propio gobierno japonés subsidia actualmente el desarrollo de 20 tipos distintos de robots agrícolas, capaces de asistir desde la siembra hasta la cosecha. Casos concretos ya operan en terreno: la empresa china XAG despliega drones para polinizar huertos de manzanas en zonas donde escasean tanto los agricultores como los polinizadores naturales, mientras la startup Kisui Tech, fundada por el israelí-estadounidense Tamir Blum, desarrolló el robot semiautónomo “Adam”, diseñado específicamente para adaptarse a los terrenos irregulares y montañosos característicos de las explotaciones japonesas. A nivel corporativo, alianzas como la de Sumitomo Corporation con la empresa agrícola Seibu Kaihatsu Nosan en el noreste del país buscan incorporar sensores conectados, maquinaria con conducción automatizada y drones de supervisión de cultivos. El propio mercado de maquinaria agrícola japonés, valorado en US$4.100 millones en 2026, proyecta crecer hasta US$5.270 millones hacia 2031, impulsado explícitamente por el envejecimiento de la fuerza laboral rural.
Singapur, el país que decidió cultivar hacia arriba
El desafío de Singapur es distinto: no le falta gente en el campo, le falta directamente campo. Las granjas ocupan apenas 1% de su territorio total —frente a un 40% en Estados Unidos— lo que obliga a la ciudad-Estado a importar cerca del 90% de los alimentos que consume, según cifras citadas por MIT Technology Review en español. Para revertir esa dependencia, el gobierno lanzó la iniciativa “30 by 30”, que busca que el país produzca localmente el 30% de sus necesidades nutricionales hacia el año 2030, partiendo de un nivel actual cercano al 10%.
La apuesta se concentra en la agricultura vertical: granjas interiores, muchas de ellas alimentadas con energía solar, que apilan cultivos en estructuras de varios pisos dentro de la propia trama urbana. Según estimaciones de la consultora Mordor Intelligence, este tipo de instalaciones ya están en camino de suministrar hasta un tercio de las necesidades nutricionales del país hacia 2030. El caso de la empresa VertiVegies, fundada por Veera Sekaran, es uno de los pioneros más citados del ecosistema local, mientras el mercado global de agricultura vertical proyecta que la región Asia-Pacífico será la de mayor crecimiento en los próximos años, impulsada precisamente por este tipo de políticas públicas.
El punto en común: la tecnología como respuesta a un límite estructural
Aunque llegan por caminos distintos, ambos países comparten un mismo diagnóstico de fondo: cuando un recurso básico para producir alimentos —la mano de obra en Japón, la tierra en Singapur— se vuelve estructuralmente escaso, la tecnología deja de ser una opción de eficiencia y se transforma en una condición de supervivencia productiva.
La versión chilena del mismo problema
Chile no está exento de esta tensión, aunque su magnitud es distinta a la de Japón. Según reveló en octubre de 2025 la Universidad de Chile, a través de su Cátedra de Agricultura Campesina y Alimentación, la edad promedio de los productores campesinos del país supera los 58 años, en un contexto de éxodo juvenil hacia las ciudades que ha dejado a buena parte de las zonas rurales habitadas principalmente por personas mayores. La cifra está lejos todavía de los 69,5 años de Japón, pero la tendencia de fondo —envejecimiento rural sostenido y escasa renovación generacional— es la misma que ya empujó a Tokio a apostar por la robotización de su agricultura.
En materia de tierra, la situación chilena es mucho más holgada que la de Singapur, dada la extensión y diversidad geográfica del país. Sin embargo, la lógica detrás de la agricultura vertical —producir más alimento por metro cuadrado, con menor uso de agua y menor dependencia del clima— es exactamente el tipo de tecnología que le podría resultar más útil a Chile en sus zonas de mayor estrés hídrico, más que como respuesta a una escasez de tierra.
Qué se puede importar, y qué no
De Japón, Chile puede aprender la lógica de priorizar la robótica y la automatización específicamente donde la mano de obra rural ya es escasa —la fruticultura de exportación y la vendimia son los casos más evidentes— en lugar de esperar a que la crisis de reemplazo generacional se agrave. De Singapur, la lección más aplicable no es tanto la agricultura vertical en sí —Chile no enfrenta una escasez de tierra comparable— sino el modelo de política pública: una meta cuantificable, con plazo definido y métricas públicas de avance, algo que ha sido clave para movilizar inversión privada hacia la agricultura tecnológica en la ciudad-Estado asiática.
Lo que viene
Ni Japón ni Singapur resolvieron completamente sus respectivos desafíos: la edad promedio de los agricultores japoneses sigue subiendo pese a dos décadas de inversión en robótica, y Singapur todavía está lejos de alcanzar su meta de 30% de autosuficiencia hacia 2030. Para Chile, que enfrenta versiones más moderadas de ambos problemas, la ventana de tiempo para actuar preventivamente —antes de que la escasez de mano de obra rural o el estrés hídrico se vuelvan tan severos como en estos dos países— sigue abierta, aunque los propios casos asiáticos muestran que ese tipo de transformación tecnológica no ocurre de un día para otro.
por José Rios
