La inteligencia artificial ya está presente en tractores, cosechadoras y sistemas de riego en todo el mundo, pero su llegada al campo abrió un debate que no tiene una respuesta única: ¿está la automatización ayudando a los agricultores a sobrevivir, o está profundizando la brecha entre los grandes productores y los pequeños?

La postura optimista, “no reemplaza, mantiene el negocio en pie”

Para buena parte de la industria de tecnología agrícola, la automatización no busca eliminar al agricultor, sino resolver un problema estructural, la escasez de mano de obra rural. Así lo plantearon Tim Bucher, CEO de la empresa de inteligencia artificial física Agtonomy, y Brett McMickell, director de tecnología de Kubota North America, en un artículo conjunto publicado este año, donde sostienen que la automatización permite a un solo operador supervisar varias máquinas al mismo tiempo, liberando a los trabajadores hacia roles de mayor valor y mejor remunerados, en lugar de eliminarlos.

En la misma línea se ubica Rob Saik, fundador de VisorPro y T1 Technology Corporation, quien prefiere hablar de “inteligencia aumentada” en vez de inteligencia artificial. Según Saik, el nivel de desplazamiento laboral que se espera en el campo es bajo, principalmente porque la mayoría de los productores hoy tienen escasez de mano de obra, no exceso, un escenario muy distinto al de sectores como la contabilidad o la administración, donde sí anticipa una disrupción significativa.

Un ejemplo concreto de este enfoque es la tecnología See & Spray de John Deere, que utiliza cámaras e inteligencia artificial para identificar malezas y plagas de forma selectiva, reduciendo el uso de herbicidas en un 58% respecto a la aplicación tradicional. El caso ilustra un punto central de este argumento: la tecnología no necesariamente elimina tareas completas, sino que cambia la forma en que se realizan, desplazando el trabajo humano desde la ejecución manual hacia la supervisión y el mantenimiento de sistemas automatizados.

La otra cara, una automatización que no llega parejo

Frente a esta visión, un análisis publicado en The Conversation plantea una lectura más cautelosa. A diferencia de una fábrica, la agricultura es un entorno biológico, dinámico y altamente dependiente del contexto —clima, suelos, ecosistemas, comportamiento animal—, lo que hace que la inteligencia artificial funcione hoy principalmente como apoyo a la toma de decisiones en tareas específicas, más que como reemplazo total del agricultor. Pero el mismo análisis advierte que las ganancias de productividad que trae esta tecnología no se distribuyen de forma pareja, y tienden a favorecer a las explotaciones más grandes y con más recursos para invertir en estos sistemas.

Esa preocupación se profundiza cuando se mira al resto del mundo. Un análisis independiente advierte que los pequeños agricultores, que representan cerca del 80% de los productores en los países en desarrollo, corren el riesgo de quedar rezagados frente al avance de la inteligencia artificial en el agro, debido a un acceso más limitado a insumos clave como semillas mejoradas, fertilizantes y agroquímicos, además de una infraestructura y un respaldo institucional más débiles que los de los grandes productores de países desarrollados.

Un problema demográfico de fondo

Detrás de este debate hay un dato que ambas posturas reconocen, la edad promedio de los agricultores a nivel mundial se acerca a los 60 años, y el recambio generacional es cada vez más escaso. En Estados Unidos, cerca de 1,9 millones de explotaciones agrícolas enfrentan hoy costos laborales crecientes y escasez persistente de mano de obra, según ha planteado públicamente el senador Ted Budd, quien defiende el uso de inteligencia artificial como parte de la solución a este problema, aunque advierte que es clave que las explotaciones familiares más pequeñas no queden fuera de este proceso de adopción tecnológica.

El mercado respalda la magnitud del fenómeno: la industria de inteligencia artificial aplicada a la agricultura se valoraba en US$5.900 millones en 2025, con una proyección de alcanzar los US$7.500 millones hacia fines de 2026, y cerca de US$77.000 millones hacia 2036, según estimaciones de la industria. Iniciativas como el programa 5G.NATURAL de Infosys en Alemania, que coordina flotillas de máquinas cosechadoras de forma autónoma vía conectividad 5G, muestran hacia dónde avanza esta tecnología en las explotaciones de mayor escala.

Un debate sin resolver

Lo que queda claro es que no existe un consenso único sobre si la automatización salva o desplaza al agricultor. La evidencia disponible sugiere que ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo, dependiendo del tamaño de la explotación, el acceso a capital y tecnología, y la región del mundo donde se mire. Para los grandes productores con capacidad de inversión, la automatización aparece hoy como una herramienta para mantenerse en pie frente a la escasez de mano de obra. Para los pequeños productores, especialmente en países en desarrollo, el desafío parece ser distinto, no quedar fuera de una transformación tecnológica que avanza más rápido que su capacidad de adoptarla.

Fuentes: AgFunderNews, The Conversation, Phys.org, Intellias, Tavant, American Ag Network, Choices Magazine, oficina del senador Ted Budd.

por Juan Lagos