El consumidor global lleva más de una década alejándose de los alimentos ultraprocesados y acercándose a todo lo que suene a natural, orgánico y de origen limpio. Ese giro ya no es una moda pasajera: es un mercado de agricultura orgánica que se multiplicará por tres antes de 2035, y América Latina —con sus suelos fértiles, su clima diverso y su temporada productiva opuesta a la del hemisferio norte— aparece como uno de los territorios mejor posicionados del planeta para capturarlo.

Un mercado que crece al triple dígito en solo una década

Las cifras del sector confirman que se trata de una tendencia estructural, no de un capricho de temporada. El mercado mundial de alimentos orgánicos está valuado en torno a los US$253.000 a US$291.000 millones en 2026, y se proyecta que alcance entre US$673.000 y US$764.000 millones hacia 2034-2035, creciendo a un ritmo anual cercano al 13%. El mercado de agricultura orgánica en su conjunto —que incluye la producción, no solo el producto final— sigue una trayectoria similar: de US$250.200 millones en 2026 a US$566.250 millones en 2035, un crecimiento de 9,5% anual. Más del 70% de los consumidores preocupados por su salud ya opta por productos orgánicos certificados, y cerca del 57% de los consumidores millennials compra productos orgánicos semanalmente, según datos de Global Growth Insights.

El fenómeno no se limita a los alimentos: el mercado de cosméticos naturales alcanzará los US$55.400 millones en 2026, mientras categorías más específicas, como las especias orgánicas o los desodorantes naturales, muestran el mismo patrón de crecimiento sostenido impulsado por la demanda de “etiqueta limpia” y trazabilidad del origen de cada ingrediente.

Por qué el consumidor cambió de hábitos

Detrás del giro hay un consumidor más informado y más exigente. Encuestas del sector muestran que alrededor de dos tercios de los compradores en mercados como Estados Unidos ya prefieren productos naturales, evitando de forma activa los ingredientes sintéticos, mientras la transparencia sobre el origen de las materias primas se transformó en una expectativa básica, no en un diferenciador de nicho. La Organización Mundial de la Salud ya identificó a la inversión en salud como una prioridad global tras la pandemia, un antecedente que ayuda a explicar por qué la demanda de alimentos y cosméticos naturales no ha dejado de crecer desde entonces.

América Latina, con la agricultura orgánica que el mundo está pidiendo

Para la región, el momento es particularmente favorable. El mercado latinoamericano de alimentos orgánicos alcanzó US$6.450 millones en 2025, equivalente al 11,27% de la demanda mundial, con proyección a US$7.180 millones en 2026. Mirando el negocio desde la producción, el mercado de agricultura orgánica de la región sumó US$15.800 millones en 2025 y se proyecta que llegue a US$35.800 millones hacia 2034, liderado por Brasil, seguido de México, Argentina, Colombia, Chile y Perú.

La ventaja estructural de la región no es casual: Chile, por ejemplo, cuenta con una temporada de producción opuesta a la de los mercados de consumo del hemisferio norte, lo que le permite abastecer con productos frescos justo cuando esos países no tienen oferta local, además de una diversidad de climas y suelos —desde el desierto hasta la Patagonia— que le permite producir una variedad amplia de productos orgánicos certificados. El país ya cuenta con un marco legal específico, la Ley N° 20.089, que establece el Sistema Nacional de Certificación de Productos Orgánicos, y el propio Ministerio de Agricultura, a través de su titular Jaime Campos, ha impulsado en las últimas semanas una actualización regulatoria pensada explícitamente para diversificar la oferta exportadora del país y capturar mercados de mayor valor.

El capital ya está llegando

La oportunidad no pasó desapercibida para los inversionistas. La firma internacional ResponsAbility anunció un Fondo de Alimentos Sostenibles para Latinoamérica que desplegará US$274 millones, con más de US$100 millones destinados específicamente a productores y exportadores de frutas y vegetales en México, Perú, Colombia y Chile, países que la firma identifica por sus recursos naturales —tierra, agua y diversidad climática— como base para escalar operaciones de agricultura sostenible.

Los superalimentos como carta de triunfo regional

Otro frente donde la región tiene una ventaja competitiva clara es el de los llamados superalimentos de origen ancestral. Perú, por ejemplo, cuenta con una canasta de productos —quinua, kiwicha, tarwi, cacao, maca, cañihua— que encaja casi a la perfección con lo que hoy busca el comprador internacional: proteína vegetal auténtica, origen ancestral verificable y una historia de producción que respaldar. El mercado global de alimentos de origen vegetal, valuado entre US$15.900 y US$54.950 millones en 2026, es otro terreno donde estos cultivos regionales, tradicionalmente relegados a mercados locales, empiezan a ganar protagonismo internacional.

Lo que viene

Con un consumidor mundial que ya no ve lo natural como un nicho premium sino como una expectativa de base, el desafío para la agricultura latinoamericana ya no es tanto generar la demanda —esa demanda ya existe y sigue creciendo— sino construir la certificación, la trazabilidad y la infraestructura comercial necesarias para capturarla de forma sostenida. Los países que logren avanzar más rápido en esa tarea, más que los que tengan simplemente la mejor tierra, serán los que terminen quedándose con la mayor parte de este mercado que, según todas las proyecciones, recién está empezando a crecer.