Durante 25 años, la Unión Europea mantuvo una de las posturas más restrictivas del mundo frente a los cultivos modificados genéticamente. Esa historia acaba de dar un giro que pasó relativamente desapercibido fuera de los círculos especializados: el pasado 26 de junio, el Diario Oficial de la Unión Europea publicó el Reglamento (UE) 2026/1388, una norma que habilita, por primera vez, el uso de las llamadas Nuevas Técnicas Genómicas (NTG) —como la edición genética CRISPR— en la obtención de plantas agrícolas.

Qué son exactamente las Nuevas Técnicas Genómicas

A diferencia de la transgénesis clásica —que introduce genes de otras especies en una planta—, las NTG permiten introducir modificaciones precisas en el material genético de un cultivo que, en teoría, también podrían producirse de forma natural o mediante técnicas convencionales de mejoramiento vegetal, solo que en plazos mucho más cortos y con mayor exactitud. Es, en cierto modo, editar lo que ya está en el genoma de la planta, en lugar de insertarle algo externo.

El nuevo reglamento europeo distingue dos categorías. Las plantas NGT1 son consideradas equivalentes a una variedad convencional obtenida por mejoramiento tradicional, por lo que acceden a un trámite de autorización simplificado, similar al de cualquier semilla convencional, aunque con la obligación de etiquetarse como NGT1 para informar a agricultores y a toda la cadena productiva. Las plantas NGT2, en cambio, implican una modificación genómica mayor y deben pasar por una evaluación de riesgo completa, muy similar a la que hoy exige la normativa europea para los organismos genéticamente modificados tradicionales.

Por qué esto es un quiebre histórico

En la práctica, el nuevo reglamento le pone fin a un enfoque que Europa mantuvo firme durante un cuarto de siglo bajo la Directiva 2001/18/CE, la norma que desde 2001 reguló con enorme rigidez todo lo relacionado con los organismos genéticamente modificados y que hasta ahora era considerada uno de los marcos más estrictos del mundo en esta materia. El objetivo declarado del nuevo reglamento es acelerar el desarrollo de plantas más resistentes a plagas, enfermedades, sequías y altas temperaturas, en momentos en que el cambio climático presiona con fuerza la productividad agrícola del continente. Fuera de la Unión Europea, varios productos desarrollados con este tipo de técnicas ya están disponibles en el mercado o en etapas avanzadas de desarrollo: algunas variedades de trigo pensadas para reducir su contenido de gluten, papas con mayor resistencia a ciertos patógenos, y maíz capaz de tolerar mejor los períodos de sequía, son algunos de los ejemplos que ya circulan en países con marcos regulatorios más permisivos.

El camino hasta la aprobación

Este reglamento no salió de la nada: fue el resultado de un largo proceso de negociación entre las instituciones europeas. El Consejo de la Unión Europea adoptó su posición sobre el texto el 21 de abril de este año, tras rondas de negociación a tres bandas entre el Consejo, la Comisión Europea y el Parlamento Europeo. La votación decisiva llegó el 17 de junio, cuando el Parlamento Europeo rechazó, una por una, todas las enmiendas presentadas por distintos partidos para frenar o modificar sustancialmente la propuesta, dejándola aprobada de forma efectiva. Nueve días después, el 26 de junio, el texto se publicó oficialmente. La norma entra en vigor 20 días después de esa publicación, aunque su aplicación práctica y completa tomará más tiempo, a medida que los Estados miembros y la Comisión desarrollen los procedimientos administrativos necesarios.

Quiénes ganan con este cambio

Grandes empresas de la industria de semillas y agroquímicos, como Bayer, Syngenta y Corteva, llevaban años presionando por una regulación de este tipo, y ahora obtienen una vía de acceso más rápida al mercado europeo para sus desarrollos en edición genética. Sin embargo, el “carril rápido” que representa la categoría NGT1 no es ilimitado: quedan expresamente excluidas de ese trámite simplificado las plantas modificadas para tolerar herbicidas o para producir sustancias insecticidas, dos de los usos más cuestionados de la biotecnología agrícola en el debate europeo. Las plantas NGT1 sí deberán quedar registradas en una base de datos pública de la Unión Europea, y sus semillas llevarán una etiqueta que las identifique como tales, aunque no existirá trazabilidad completa ni etiquetado obligatorio para el consumidor final en el producto que llega a la góndola, uno de los puntos que más tensionó la negociación hasta el final.

Lo que todavía genera resistencia

La nueva normativa no borra de un plumazo el histórico recelo europeo hacia la biotecnología agrícola. Organizaciones como Greenpeace, Amigos de la Tierra Europa y la red SAFE (Safe Food Advocacy Europe) coinciden en una crítica de fondo: sostienen que, en la práctica, el reglamento termina funcionando como una desregulación de facto de los organismos genéticamente modificados, trasladando riesgos a consumidores, agricultores y medioambiente, mientras beneficia principalmente a las grandes empresas biotecnológicas. Parte de su argumento se apoya en un antecedente legal relevante: el Tribunal de Justicia de la Unión Europea había fallado previamente que los organismos obtenidos mediante estas nuevas técnicas genómicas debían considerarse, jurídicamente, organismos modificados genéticamente. En Hungría, Greenpeace y otras organizaciones ambientalistas ya pidieron formalmente a su gobierno que lleve el reglamento ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea para intentar anularlo, en lo que podría ser el primer gran desafío judicial a la nueva norma.

El reglamento también incorpora un mecanismo poco habitual para intentar calmar otra preocupación de fondo: sus efectos sobre las patentes. La Comisión Europea deberá evaluar periódicamente cómo las patentes sobre plantas NGT, sus características y las técnicas usadas para desarrollarlas —además de las prácticas de licenciamiento asociadas— podrían afectar la competencia y el acceso de pequeños productores a estas tecnologías, con una primera evaluación obligatoria un año después de que los primeros productos NGT lleguen al mercado europeo.

Para el agro a nivel global, la decisión europea importa más allá de sus fronteras: la Unión Europea ha sido durante años una referencia regulatoria que otros países miran de cerca antes de definir sus propias políticas sobre biotecnología agrícola. Que el bloque considerado más reacio a este tipo de innovación finalmente le abra la puerta, aunque sea de forma gradual y diferenciada, es una señal que el resto del mundo agrícola —incluida Latinoamérica— probablemente no va a pasar por alto.

por Juan Lagos