De ser un concepto casi marginal hace apenas una década, la agricultura regenerativa se transformó en uno de los movimientos más citados por gobiernos, marcas globales de alimentos y organismos climáticos internacionales. Estados Unidos, la Unión Europea y Chile ya tienen políticas concretas para impulsarla, mientras compañías como Nestlé la convirtieron en el eje de su estrategia de abastecimiento. Esto es lo que hay que entender sobre el movimiento agrícola que promete cambiar el campo mundial.

Qué es exactamente la agricultura regenerativa

A diferencia de la agricultura convencional —que busca sostener la productividad sin degradar más el sistema— o incluso de la agricultura orgánica —centrada en evitar insumos sintéticos— la agricultura regenerativa se plantea un objetivo más ambicioso: sanar y mejorar activamente los recursos naturales que utiliza, en lugar de simplemente mantenerlos. Según describe el portal especializado RegeneraIberia, propone transformar los predios de “fábricas de alimentos” a ecosistemas vivos y resilientes, con una promesa triple: producir alimentos más nutritivos, combatir de forma eficaz el cambio climático y revitalizar las economías y comunidades rurales.

En la práctica, esto se traduce en un conjunto de técnicas concretas: la rotación de cultivos, que alterna especies vegetales en una misma parcela para prevenir plagas y mejorar la fertilidad del suelo; los cultivos de cobertura, que protegen el suelo entre temporadas y evitan la erosión; la labranza mínima o directa, que reduce la remoción de tierra; y el pastoreo controlado, que integra al ganado dentro del sistema de cultivo en lugar de mantenerlo separado. Según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), estas prácticas combinadas pueden capturar carbono, reducir la erosión y mejorar la fertilidad del suelo sin sacrificar productividad.

Por qué el mundo avanza en esta dirección

El respaldo científico y climático detrás de este movimiento es cada vez más amplio. La Coalición de Acción por la Salud del Suelo (CA4SH) lidera hoy una agenda global específicamente orientada a restaurar la vitalidad de los suelos agrícolas, mientras cumbres climáticas como la COP28 ya reconocieron formalmente a la agricultura regenerativa como uno de los pilares para avanzar hacia la neutralidad climática. La lógica de fondo es económica tanto como ambiental: gobiernos de distintas partes del mundo comenzaron a implementar subvenciones directas, préstamos blandos y sistemas de créditos de carbono que permiten a los agricultores vender el carbono que sus suelos logran capturar, alineando de forma directa el incentivo financiero del productor con el objetivo climático.

Estados Unidos, la apuesta más reciente y ambiciosa

El caso más reciente y de mayor escala es el de Estados Unidos. El Departamento de Agricultura (USDA) presentó en junio de 2026 una nueva regulación que vincula directamente las prácticas regenerativas con el mercado de los biocombustibles: los productores que reduzcan la huella de carbono de sus cultivos de maíz, soja, sorgo y canola podrán acceder a nuevos mercados y obtener un mayor valor por su cosecha. El propio USDA describió la iniciativa como “el esfuerzo impulsado por el mercado más importante jamás realizado para recompensar a los agricultores estadounidenses”, y reveló un dato que muestra cuán avanzada está ya la adopción en ese país: el 68% de los productores de maíz y el 70% de los productores de soja ya implementan al menos una práctica regenerativa.

La Unión Europea y su vía indirecta

En Europa, el camino ha sido distinto: no existe todavía una legislación o certificación oficial bajo el nombre específico de “agricultura regenerativa”, pero sus principios están fuertemente alineados con los objetivos del Pacto Verde Europeo. El principal catalizador de su adopción a gran escala es la Política Agraria Común (PAC) 2023-2027, a través de los llamados eco-regímenes: pagos directos voluntarios a los que puede acogerse cualquier agricultor que implemente prácticas beneficiosas para el clima y el medioambiente más allá de los mínimos exigidos por la normativa.

Chile, con un programa propio de US$39,2 millones

América Latina no está al margen de esta tendencia. Como ya reportamos en Diario Agrícola, Chile lanzó en julio de 2026 un programa público-privado de US$39,2 millones, ejecutado por Odepa e Indap con apoyo de la FAO, orientado específicamente a escalar prácticas regenerativas en el sector silvoagropecuario nacional durante los próximos cinco años, en un esfuerzo por revertir la erosión y el deterioro de suelos que el propio boom agroexportador del país ha generado en las últimas décadas.

Las grandes marcas ya lo convirtieron en estrategia de negocio

El respaldo corporativo es, quizás, el indicador más contundente de que el movimiento dejó de ser un nicho. NESCAFÉ, la marca de café de Nestlé, informó que más de la mitad de su café verde ya proviene de agricultores que adoptan prácticas de agricultura regenerativa, un hito que la compañía atribuye a su Plan NESCAFÉ 2030. Gracias en parte a ese cambio, la marca reportó una reducción de 18,3% en sus emisiones de gases de efecto invernadero durante el último año, respecto a su línea base de 2018. En paralelo, organizaciones como Rainforest Alliance ya desarrollaron normas específicas de certificación para productos regenerativos, y durante 2026 empezaron a llegar al mercado los primeros cafés con el sello “Regenerative”.

Lo que viene

Con Estados Unidos ligando por primera vez estas prácticas al mercado de biocombustibles, la Unión Europea financiándolas a través de su política agrícola común, y países como Chile lanzando programas específicos de escalamiento, la agricultura regenerativa dejó de ser una discusión de nicho entre productores y consultores técnicos para convertirse en un eje de política pública a nivel mundial. La pregunta que queda abierta es qué tan rápido logrará este modelo pasar de cubrir una porción creciente de la producción —como ya ocurre en el maíz y la soja estadounidenses— a convertirse en el estándar dominante de cómo el mundo produce sus alimentos.

por Juan Lagos