En una de las capitales más áridas del planeta, Arabia Saudita se propuso multiplicar por 16 su superficie verde por habitante. El truco no está en el agua de mar desalinizada, como podría suponerse, sino en algo mucho menos glamoroso y igual de ingenioso: cada gota que sale de los inodoros y las duchas de Riad hoy termina, tratada, regando un árbol.

Riad tiene, hoy, apenas 1,7 metros cuadrados de área verde por habitante. El plan del gobierno saudí es llevar esa cifra a 28 metros cuadrados —dieciséis veces más— antes de 2030, a través del programa Green Riyadh, lanzado en 2019 bajo el paraguas de la Visión 2030 del país. La meta central es plantar más de 7,5 millones de árboles de unas 100 especies distintas, distribuidos en parques, mezquitas, escuelas, avenidas y valles de toda la ciudad, con el objetivo de elevar la cobertura verde total de Riad del 1,5% actual al 9% de su superficie.

El agua no viene del mar, viene del desagüe

Aquí está el detalle técnico que sorprende a cualquiera que conozca la reputación de Arabia Saudita como potencia mundial en desalinización: Green Riyadh no usa agua de mar desalinizada para regar sus árboles. La totalidad de la red de riego del proyecto se abastece exclusivamente con aguas residuales tratadas —el agua que hasta hace poco terminaba desechada en el desierto tras pasar por plantas de tratamiento urbano—.

Para lograrlo, el programa construyó una red de tuberías de 1.350 kilómetros de extensión, con diámetros de entre 1,2 y 2,4 metros en sus troncales principales, capaz de transportar hasta 2,7 millones de metros cúbicos de agua tratada al día desde las plantas de tratamiento hasta cada rincón verde de la ciudad, cubriendo el 100% de las necesidades hídricas del proyecto. Es, en los hechos, un río artificial de agua reciclada tendido bajo una de las capitales más secas del planeta.

Un corredor verde que ya se puede ver crecer

El ejemplo más visible de este sistema es el Wadi Hanifah, un valle de 120 kilómetros que atraviesa Riad y que hoy funciona como el “pulmón verde” de la ciudad, según lo describe la propia Real Comisión para la Ciudad de Riad. El caudal que corre por este valle —cerca de un millón de metros cúbicos diarios— combina agua subterránea con agua tratada, usando además un método de purificación natural, sin químicos, que aprovecha la luz solar y el oxígeno para favorecer microorganismos y algas que terminan de limpiar el agua a medida que fluye. Solo el complejo de plantas de tratamiento de Manfouha, uno de los que alimenta este sistema, tiene una capacidad de 700.000 metros cúbicos diarios.

El costo total del programa Green Riyadh se estima en unos US$23.000 millones, con un retorno económico proyectado de más de US$19.000 millones para 2030, calculado a partir de menores costos de salud pública, mayor valorización inmobiliaria y ahorro por sustituir agua potable por agua tratada en el riego urbano.

Dónde sí entra la desalinización, y por qué el grafeno todavía es promesa

Esto no significa que la desalinización sea irrelevante para Arabia Saudita —todo lo contrario—. El país es, por lejos, el mayor productor y consumidor de agua desalada del mundo, con más de 31 plantas desalinizadoras operando en 17 ubicaciones y una inversión acumulada que ya supera los US$24.000 millones, incluyendo Ras Al-Khair, la planta desalinizadora más grande del planeta. Esa agua desalada abastece hogares, industria y, en menor medida, agricultura en otras zonas del país —pero no es la fuente que sostiene, hoy, al bosque urbano de Riad.

Dentro de ese ecosistema de innovación hídrica, el grafeno —un material formado por una sola capa de átomos de carbono, extremadamente resistente y conductor— sí aparece como una de las tecnologías que distintos centros de investigación del Golfo, incluida Arabia Saudita, están explorando activamente para mejorar las membranas de desalinización del futuro. El mercado de grafeno en Medio Oriente, sin embargo, todavía es pequeño en términos absolutos —se valoró en apenas US$5,8 millones en 2024 para toda la región—, aunque con una proyección de crecimiento acelerado (35% anual) hacia la próxima década, impulsado en parte por gobiernos como el saudí que financian centros de nanotecnología para diversificar su economía más allá del petróleo.

Qué significa esto para la agricultura en zonas áridas

El caso de Green Riyadh ofrece una lección más directamente aplicable a corto plazo que la promesa todavía lejana del grafeno: convertir aguas residuales urbanas en un recurso de riego confiable puede sostener, a escala de ciudad entera, un proyecto de reverdecimiento que en un desierto sonaría, a primera vista, imposible. Para regiones agrícolas áridas o semiáridas de otras partes del mundo —incluida buena parte de Medio Oriente, el norte de África o zonas costeras de América Latina— el modelo saudí demuestra que la solución más inmediata a la escasez de agua de riego no siempre pasa por la tecnología más futurista, sino por dejar de desperdiciar el agua que la propia ciudad ya produce todos los días.


Fuentes: Royal Commission for Riyadh City (rcrc.gov.sa), AIPH (Asociación Internacional de Productores Hortícolas, estudio de caso Green Riyadh), Saudipedia, Newsweek, Egis Group, Ecoticias (Wadi Hanifah), iAgua (desalinización en Arabia Saudí), Grand View Research (mercado de grafeno en Medio Oriente), SGI (Iniciativas Verdes de Arabia Saudita y Medio Oriente).

Por José Rios