Ingeniero agrícola y hoy también creador de contenido, Tomás Larraín (@shaky_elagricultor) se dedica a la producción de cerezas y ha encontrado en las redes sociales una forma de mostrar la cara menos conocida del campo. En esta conversación con Diario Agrícola cuenta cómo llegó a la agricultura, por qué empezó a compartir su trabajo en redes, y qué aprendizajes le ha dejado la industria de la cereza.

¿Cómo llegaste al mundo agrícola?

Desde chico, gracias a un tío que vivía en Chillán. En los veranos mi familia iba para allá y yo lo acompañaba a él, era el único hombre en un ambiente de puras mujeres. Ahí empecé a mirar, a escuchar y a preguntar por qué se hacían las cosas. El campo es entretenido —maquinaria grande, cosechas, siempre dinámico— y con el tiempo le agarré cariño, hasta que decidí que quería estudiar Ingeniería Agrícola. Trabajé buena parte de la carrera para ganar experiencia, porque el negocio agrícola te exige experiencia desde temprano, y hoy me dedico a la producción de cerezas en campos de la Sexta Región.

En el trabajo tengo bastante autonomía: yo me armo mi propio horario, no marco asistencia, y eso es una responsabilidad que aprendí trabajando en el campo desde chico —levantarse temprano, ser disciplinado, cumplir con los horarios—. Es algo que valoro harto, porque significa que se confía en cómo hago mi pega.

¿Cómo nace tu contenido en redes sociales y qué buscas transmitir con él?

Empezó casi de broma: mis amigos siempre me han dicho Chucky, porque soy bien malportado, y una noche con un amigo el apodo se transformó en Shaky. Ese es justamente el nombre con el que hago contenido hoy, @shaky_elagricultor en Instagram. En algún momento mi hermano me dijo que debería hacer contenido porque tenía la personalidad para explicar cosas del campo. Subí un primer video y tuvo mucho alcance, así que seguí, y hoy hago contenido tanto para Instagram como para TikTok. Mi propósito es acercar a los jóvenes a la agricultura y mostrar el día a día real de un campo: no solo la parte bonita, sino también las lluvias que complican la cosecha, la logística y la gestión, que es donde realmente está lo difícil.

Lo que más me ha costado es que el contenido agrícola sea entretenido: es un tema muy técnico y hay que explicarlo de forma simple, sin perder el rigor. En mis videos suelo meter humor —hasta tengo patos que salen y hacen todo más simpático— porque busco que hasta un niño chico le encuentre la gracia. Hay días en que grabo algo y termino descartándolo porque, aunque sea correcto, siento que va a resultar fome. Es un equilibrio difícil de encontrar, pero es justamente lo entretenido del desafío.

¿Qué aprendizajes te ha dejado la industria de la cereza?

Uno de los temas centrales es que muchas veces las exigencias del mercado no calzan con lo que es mejor para el productor o para la fruta: hay variedades que se piden producir por demanda comercial, pero que tienen mala poscosecha y no llegan en buen estado tras semanas de viaje. Eso genera bastante tensión entre lo que se pide y lo que realmente conviene producir.

Otro aprendizaje importante ha sido el trato con las personas: la producción en sí no es lo más difícil, sino la relación con los trabajadores, entender que cada uno tiene realidades distintas y que hay que ponerse en su lugar. Y en general, creo que en la agricultura falta mucha comunicación: cada campo funciona un poco como una isla, y cuesta saber qué está pasando a nivel de región o país, aunque cada uno aplique cosas distintas según su clima, suelo y tipo de agua.

De hecho, una vez subí un video hablando de protocolos básicos de cosecha —cosas que cualquier cerecero conoce— y recibí bastantes críticas de gente que no está metida en el rubro, sobre todo por las condiciones de trabajo en el campo durante la cosecha. Ahí uno se da cuenta de que falta mucho contexto: la mayoría de las personas no conoce cómo funciona realmente una temporada de cosecha ni las complejidades detrás, y eso hace más difícil que se entienda lo que se muestra.

¿Crees que los productores chilenos deberían colaborar más entre sí frente a la competencia internacional?

Creo que debería existir más colaboración, pero en la práctica hay bastante secretismo, porque el negocio es muy competitivo, tanto entre vecinos como frente a otros países productores. Las técnicas más generales —riego, fertilización, aplicaciones básicas— sí se comparten bastante entre productores, pero cuando se trata de variedades específicas o ventajas competitivas puntuales, ahí cada uno cuida mucho su información.

De todas formas, creo que el verdadero objetivo debería ser competir como país por el consumidor final en el extranjero, más que competir entre productores chilenos. Tenemos un clima privilegiado y mucha variedad de especies; el desafío es aprovechar eso como una fortaleza conjunta, no solo individual.

Ahora, donde sí hay competencia fuerte es en salir primero a cosechar con calidad: usar tecnología para adelantar procesos, como la floración, puede marcar la diferencia de varios días frente a otros productores. Y creo que las redes sociales van a seguir ganando terreno como canal de venta, no solo en la agroindustria sino en general: cada vez más gente compra directamente por Instagram, TikTok o Marketplace, y probablemente vamos a ver cada vez más productos agrícolas llegando directo a la casa del consumidor a través de esos canales.

Y hacia adelante, me gustaría seguir combinando la producción con la creación de contenido, e ir incorporando también un costado más comercial a lo que hago en redes, mostrando productos y soluciones para el campo de forma entretenida, sin perder la cercanía con la que empecé.

Con tu experiencia en el campo, ¿cómo describirías el contraste entre la forma de trabajar de las generaciones anteriores y la de los agricultores más jóvenes, digamos menores de 40 años? ¿Qué distingue a esta nueva generación?

Creo que la principal diferencia está en la forma de enfrentar el trabajo. Las generaciones anteriores tenían una capacidad de sacrificio enorme y gracias a ellas se construyó gran parte de la agricultura que conocemos hoy. Su experiencia y conocimiento práctico son algo que siempre hay que valorar.

Sin embargo, siento que quienes tenemos 40 años o menos estamos llamados a complementar esa experiencia con una mirada distinta. Hoy ya no basta con trabajar duro, también hay que trabajar de manera inteligente. Debemos tomar decisiones basadas en datos, planificar mejor, incorporar tecnología y entender que la calidad es tan importante como la producción.

A mi juicio, la nueva generación de agricultores se caracteriza por querer aprender constantemente, cuestionar lo establecido cuando es necesario y estar abierta a nuevas formas de hacer las cosas. Nos interesa entender el porqué de cada manejo y no simplemente repetir lo que siempre se ha hecho.

Personalmente, creo mucho en hacer bien las cosas desde el primer momento. Me gusta estar presente en el campo, involucrarme en cada detalle, liderar al equipo y buscar que cada labor tenga un propósito claro. Para mí, producir fruta no es solo sacar kilos por hectárea, sino entregar una fruta de excelencia, porque finalmente eso es lo que diferencia un buen trabajo de uno extraordinario.

También creo que esta generación entiende que el liderazgo es distinto. Hoy no se trata solo de dar instrucciones, sino de motivar, enseñar, escuchar y lograr que todo el equipo se comprometa con un objetivo común. Al final, los mejores resultados siempre son consecuencia del trabajo de muchas personas bien coordinadas.

Creo que el gran desafío de nuestra generación es mantener la pasión por el campo, respetar la experiencia de quienes nos antecedieron y, al mismo tiempo, tener el coraje para innovar y seguir elevando el estándar de la agricultura chilena.


Desde Diario Agrícola creemos que historias como la de Tomás reflejan bien lo que está pasando hoy en el campo chileno y latinoamericano: una nueva generación que no reniega de lo aprendido, sino que lo complementa con tecnología, datos y una forma distinta de liderar equipos. Seguiremos mostrando a los distintos actores —grandes y pequeños, tradicionales y digitales— que hacen de esta industria algo tan potente y estratégico para la región.