Jaime Eltit es vicepresidente de Operaciones de Carbon Robotics, la compañía estadounidense creadora del LaserWeeder, una máquina que elimina malezas con láser sin usar herbicida ni intervención mecánica sobre el suelo. Chileno radicado en Estados Unidos desde niño, hoy vive en Seattle, donde están las oficinas centrales de Carbon Robotics, y fue parte del equipo desde una etapa muy temprana de la empresa. En esta conversación con Diario Agrícola cuenta cómo nació el producto, qué impacto ha tenido en los agricultores que lo usan, y por qué ve a Chile como uno de los mercados más preparados de Sudamérica para esta tecnología.

¿Cómo llegaste a Carbon Robotics?
Antes trabajé en una startup llamada FarmWise, en una etapa muy temprana, en San Francisco; me enteré de esa oportunidad porque un buen amigo mío se había graduado en Stanford junto al fundador. Ahí estuve cuatro años, y aprendí que la aplicación de machine learning y computer vision era clave, pero que al final el método de aplicación —cuchillas mecánicas— perdía mucha precisión: podías identificar una planta a nivel de milímetro, pero después la ejecución con cuchilla era brusca y muy sensible a las condiciones del suelo, por ejemplo, si estaba mojado o no.
Les planteé a los ingenieros que había que usar algo agnóstico a esas condiciones, como láser, que no tuviera contacto con la tierra. La respuesta general fue que los láseres no eran viables, por el requerimiento de energía y la dificultad de localizar las plantas. Fue en ese momento cuando conocí el trabajo de Paul Mikesell, quien había tenido una salida a bolsa muy exitosa en 2006 con una empresa de almacenamiento de datos, Isilon Systems, y que ya estaba avanzando con prototipos de una máquina láser casi a nivel comercial. Después de un par de reuniones, decidí sumarme a su proyecto. Eso fue hace cinco años: la compañía tenía unas treinta personas entonces, y hoy somos cerca de trescientas cincuenta. Cuando llegué, ni siquiera habíamos enviado la primera unidad comercial.
¿Cómo ha evolucionado el LaserWeeder desde que empezaron?
La primera implementación comercial, la generación G1, con un láser de CO₂ de 150 watts, fue en mayo de 2021. Vendimos cerca de cien unidades a poco más de un millón de dólares cada una, sobre todo en Estados Unidos y Europa. En marzo de 2025 lanzamos la G2, el sistema modular que existe hoy, con otra tecnología de láser —diodo en vez de CO₂— y un salto enorme en machine learning y capacidad de cómputo: usamos servidores Nvidia, algo que otras tecnologías agrícolas no hacen, e incorporamos ingenieros que vinieron de compañías como Uber y Facebook para el sistema de targeting.
Tenemos integración vertical completa: manufactura, ventas, marketing y todo el soporte post-venta lo hacemos nosotros mismos, con equipos en Australia, Europa, Canadá y Estados Unidos. El primer año fabricamos unas doce o trece máquinas; el segundo, unas cincuenta. Ese mismo segundo año llevamos una máquina a España, a Murcia, a hacer pruebas de campo, literalmente viviendo arriba de un tractor turnándonos día y noche. De a poco empezamos a contratar equipos de venta en Europa, y hoy Alemania es uno de nuestros territorios más grandes, con una adopción altísima.
¿Qué impacto concreto ha tenido esta tecnología para los agricultores?
Les da una herramienta que antes no existía. Por un lado, permite desmalezar cultivos de alta densidad donde antes había que usar mano de obra intensiva o herbicida, porque no se podía cultivar mecánicamente. Por otro, es la única solución orgánica real más allá de cultivos como espinaca, arúgula o lechuga: hoy funciona también en zanahoria o cebolla, cultivos de alta densidad.
También hemos visto un aumento notable en los niveles de producción: para productores convencionales, al reducir el uso de herbicida —que genera cierto stunting o freno en el crecimiento del cultivo— y al evitar el daño de raíz que producen los cultivadores mecánicos y el trabajo manual con cuchillo, hicimos estudios de caso con Cornell, Rutgers y otra universidad estadounidense que muestran hasta un 30% más de producción en cebolla y zanahoria. Además, hemos tenido clientes con retorno de inversión en solo nueve meses, considerando que desmalezar manualmente un acre orgánico con mucha maleza puede costar entre mil y dos mil dólares.
¿Cuál es tu rol específico dentro de Carbon, y cómo funciona el soporte al cliente?
Soy vicepresidente de Operaciones, y mi rol abarca tanto la estrategia go-to-market como toda la operación que permite implementar, soportar y escalar nuestra tecnología en el campo. En los últimos años hemos pasado de operar principalmente en Estados Unidos a tener presencia en tres continentes, por lo que una parte importante de mi trabajo ha sido construir la infraestructura, los equipos y los procesos necesarios para crecer internacionalmente sin perder la calidad de la experiencia del cliente.
Dentro de Operaciones tengo varias áreas bajo mi responsabilidad. Una es implementación, que se encarga de llevar una máquina desde la venta hasta una operación exitosa en el campo, incluyendo instalación, entrenamiento de operadores y gerentes, y adopción de la tecnología. También están nuestros ingenieros de robótica de campo, responsables del mantenimiento y servicio de las máquinas; soporte técnico, con un equipo distribuido entre Europa y Estados Unidos que puede asistir remotamente a los clientes las 24 horas del día, los 7 días de la semana; y autonomía, donde contamos con un centro de control que supervisa las máquinas y puede intervenir remotamente cuando el sistema detecta una situación inesperada.
Pero el rol también tiene un componente importante de go-to-market. Trabajo en cómo entramos a nuevos mercados, qué infraestructura necesitamos para soportarlos, cómo estructuramos la experiencia del cliente y cómo hacemos que el modelo comercial y operativo escale junto con el crecimiento de la empresa. Con un producto de este nivel de sofisticación, vender la máquina es solamente una parte del proceso; hay que asegurarse de que el cliente pueda capturar todo el valor de la tecnología una vez que llega al campo.
Desde el principio, Carbon tomó la decisión de construir gran parte de esa capacidad directamente en vez de depender exclusivamente de distribuidores o channel partners. Eso requiere mucha más inversión y es operacionalmente más complejo, pero nos permite mantener una relación directa con el agricultor y aprender muchísimo más rápido. Cuando tienes un producto sofisticado y de alto valor, cualquier problema puede afectar directamente la operación y rentabilidad del cliente. Tener equipos propios, con conocimiento profundo del producto y sus incentivos completamente alineados con Carbon, hace una diferencia enorme.
Esa relación directa también crea un ciclo de feedback muy importante: nuestros equipos están todos los días con agricultores, entendiendo cómo utilizan el producto, dónde encuentran dificultades y qué necesitan después. Esa información vuelve directamente a Producto e Ingeniería y nos ayuda a mejorar tanto la tecnología como la forma en que la llevamos al mercado. Para mí, Operaciones no es solamente soporte post-venta; es una parte integral de cómo Carbon entra a nuevos mercados, escala y construye una compañía global.
¿Qué viene a futuro para Carbon Robotics?
Estamos desarrollando Carbon Autonomy, un kit que permite hacerle un retrofit a un tractor existente, usando tecnología Starlink, que empezamos a adoptar antes que otros en este rubro. Lo vamos a lanzar en el primer trimestre de 2027, partiendo en Estados Unidos y mirando después a Europa hacia fin de ese año.
En un sentido más amplio, no nos vemos limitados a la agricultura: nuestra visión es ser una compañía de inteligencia artificial física aplicada a la industria en general, siguiendo automatizando tareas —partiendo por labores de preparación de suelo de forma autónoma— tanto en agricultura como en otros sectores industriales. Empezamos a levantar capital en 2017-2018, cuando el foco del mercado estaba puesto en los LLM, así que nos adelantamos bastante a esta ola de IA física que hoy está tan de moda; de hecho, tuvimos a Nvidia como inversionista desde una etapa temprana.
¿Cómo ves el panorama general del sector AgTech, y qué diferenció a Carbon?
AgTech en Estados Unidos pasó por un ciclo de mucho entusiasmo y fundraising, y creo que hoy el sector está entrando en una etapa más madura, donde empiezan a distinguirse los jugadores que han logrado convertir tecnología muy avanzada en productos comerciales que realmente funcionan en el campo y pueden escalar. Carbon es uno de esos casos: logramos superar los cien millones de dólares de ingresos anuales y construir una presencia comercial importante en relativamente pocos años.
Creo que una parte fundamental de esa historia es la tecnología. Lo que Carbon ha desarrollado es extremadamente difícil de replicar. No es solamente inteligencia artificial o software: integramos visión computacional, modelos de IA, robótica, óptica, láseres y hardware diseñado específicamente para operar en uno de los ambientes más difíciles que existen. A eso se suma una cartera importante de propiedad intelectual, tanto en software como en componentes físicos y en la arquitectura del sistema. Esa combinación crea un moat tecnológico considerable y ha requerido años de desarrollo, datos y experiencia en campo.
También ha sido importante el perfil de Paul como fundador técnico. Venía de fundar Isilon, llevarla a bolsa y posteriormente venderla a EMC, generando retornos importantes para sus inversionistas. Esa combinación de profundidad técnica y un historial demostrado construyendo y escalando compañías tecnológicas le permitió atraer desde temprano a inversionistas de primer nivel, incluyendo NVIDIA, BOND, Anthos Capital, FUSE, Voyager, Giant Ventures y Sozo Ventures.
Ese acceso a capital permitió hacer algo que creo que era necesario para que una tecnología como esta tuviera éxito: invertir desde el principio en ingeniería, fabricación, infraestructura, ventas y soporte propios. Es un modelo intensivo en capital, pero también nos permitió controlar mucho más del producto y de la experiencia del cliente a medida que escalábamos.
La evolución del LaserWeeder también refleja ese progreso. Cuando lo lanzamos costaba cerca de 1,5 millones de dólares y hemos ido reduciendo significativamente ese costo con el tiempo, mientras la tecnología ha seguido avanzando. Pasamos de láseres de CO2, una tecnología relativamente madura y utilizada en industrias como dermatología, a desarrollar sistemas basados en láseres de diodo mucho más avanzados. Al mismo tiempo, seguimos desarrollando propiedad intelectual propia en componentes físicos, óptica, software e inteligencia artificial.
Para mí, eso es lo interesante de la etapa actual de AgTech: ya no se trata solamente de la promesa de aplicar tecnología a la agricultura, sino de demostrar que puedes construir tecnología diferenciada, generar valor económico real para el agricultor y escalarla como negocio.
¿Ven potencial para Carbon en Sudamérica, y específicamente en Chile?
Sí, absolutamente. Vemos una oportunidad importante para Carbon en Latinoamérica, aunque el punto de entrada depende mucho del tipo de cultivo. En commodities como granos o algodón en Argentina o Brasil, los sistemas de producción son extremadamente eficientes y están muy optimizados alrededor del uso de herbicidas. Pero en hortalizas de alto valor, particularmente en países como Chile, la propuesta es muy distinta.
En vegetales, el control de malezas sigue siendo caro y complejo, hay menos opciones químicas en muchos cultivos y la disponibilidad de mano de obra es un desafío creciente. Ahí una tecnología como LaserWeeder tiene una propuesta de valor muy fuerte, especialmente a medida que seguimos reduciendo el costo de la tecnología.
Además, creemos que la adopción va a estar impulsada por mucho más que el ahorro en mano de obra. Hay una tendencia global hacia un menor uso de herbicidas, impulsada por regulación, resistencia de malezas, preferencias de los consumidores y las propias necesidades de los productores. Poder controlar malezas de forma precisa, sin depender de químicos, se vuelve cada vez más valioso dentro de ese contexto.
También estamos muy entusiasmados con la autonomía en Sudamérica. Es una región con operaciones agrícolas enormes, donde la capacidad de operar equipos durante más horas, con mayor precisión y menor dependencia de operadores puede generar muchísimo valor. A largo plazo, la combinación de inteligencia artificial, robótica, autonomía y control de malezas sin herbicidas encaja muy bien con la dirección en que creemos que va la agricultura en la región.
Por eso vemos este como un muy buen momento para aumentar la presencia de Carbon en Latinoamérica, mostrar la tecnología, trabajar con productores líderes y desarrollar el mercado. La oportunidad ya existe en determinados cultivos, y creemos que se va a ampliar rápidamente a medida que bajen los costos de la tecnología y aumente la presión económica y comercial por automatizar y reducir el uso de herbicidas.
por Cristián Valenzuela
