Cordovín es un pequeño pueblo de la Rioja Alta, en España, a poco más de 590 metros de altitud, protegido por la Sierra de la Demanda y bañado por las nieblas que ayudan a madurar la uva en años secos. Es, además, la cuna histórica del clarete de Cordovín, un rosado ligero que se elabora macerando juntas uva blanca Viura y tinta Garnacha, una tradición que pocos pueblos de la Denominación de Origen Calificada (DOCa) Rioja pueden reclamar como propia.

La Rioja no es solo la denominación de origen más antigua de España —nació como DO en 1925 y fue la primera en obtener la categoría de Calificada, en 1991—, sino también la más elegida por los consumidores españoles, tanto en el hogar como fuera de él. Hoy reúne a más de 600 bodegas y cerca de 14.800 viticultores, que exportan a más de 130 países, sobre un viñedo de más de 66.000 hectáreas repartidas entre sus tres subzonas: Rioja Alta, Rioja Alavesa y Rioja Oriental. Es, en otras palabras, un territorio donde la vid no es solo un cultivo más, sino el corazón de la economía, la cultura y la identidad de la región, con un peso histórico y una competencia interna que hacen que sobrevivir como pequeño productor no sea nada trivial.

En ese contexto, con centenares de bodegas —desde grandes marcas históricas hasta proyectos familiares mínimos— disputándose el mismo mercado, Ángel Manzanares ha sido agricultor toda su vida en Cordovín, y hoy es el dueño de Bodega 220 Cántaras, un proyecto que estuvo a un paso de no existir. En esta conversación con Diario Agrícola cuenta cómo pasó de vender su uva a punto de irse a trabajar a California, a quedarse con su propia bodega, y cómo entiende el futuro del vino y de la agricultura en España.

¿Cómo llegaste a tener tu propia bodega?

He sido agricultor toda mi vida, siempre vendiendo mi uva a las bodegas de la zona. En 2023 tomé la decisión de dejar de hacerlo: nos estaban pagando 70 céntimos de euro por kilo de uva, un precio que no me alcanzaba ni para cubrir los costos de producción. Llegué a plantearme irme a trabajar a California, dejar atrás el campo. No fue una decisión fácil, pero con esos precios, seguir así no tenía sentido.

En medio de eso se presentó una oportunidad que no esperaba: la bodega a la que yo le vendía mi uva, 220 Cántaras, se fue a quiebra. Y ahí pude adjudicarme la bodega y empezar a hacer mi propio vino, en vez de seguir entregando mi uva a otros.

¿Cómo es el proceso detrás de tus vinos?

Trabajamos de forma tradicional y con mínima intervención. En los blancos, recogemos la uva con mínima temperatura y con rapidez en el traslado a bodega; ahí hacemos el despalillado, la metemos en prensa, y el mosto va a depósito con baja temperatura, donde fermentamos en acero inoxidable.

En los tintos hacemos algo parecido: recogemos en frío, despalillamos y metemos en inoxidable, y ahí comenzamos remontados continuos durante 20 días para extraer color y taninos. Para los rosados, o clarete de Cordovín, hacemos una mezcla de 50% Viura y 50% Garnacha; ese es el caso de nuestro Tremendus.

¿Qué uvas trabajan y qué vinos hacen?

Para los blancos usamos 100% Viura, que es la variedad autóctona de La Rioja. Para los tintos, Garnacha y Tempranillo. Y para el clarete, la mezcla de 50% Viura y 50% Garnacha que te comentaba. Son las variedades con las que Cordovín siempre ha trabajado, sobre todo la Viura, que es la base del clarete que hizo históricamente famosa a esta zona.

¿Qué papel juega el enoturismo en la bodega hoy?

Hoy el enoturismo es fundamental para que las viñas sobrevivan. En nuestra bodega tenemos cuatro habitaciones disponibles para recibir a gente que quiera conocer todo el proceso y los detalles de la bodega, de la tierra a la copa. No es un complemento menor: para bodegas de nuestro tamaño, mostrar lo que hacemos y recibir visitantes se ha vuelto tan importante como vender la botella misma.

¿Cómo ves el futuro de la agricultura, más allá del vino?

No tengo muy buenas expectativas, la verdad. Creo que los intermediarios asfixian mucho a los productores con sus precios. Y no es solo el vino: mira el caso de Valencia, la ciudad de la famosa naranja valenciana, donde hoy hay muchísimos productores arrancando sus árboles porque no les compensa seguir produciendo. Cerca de Cordovín pasa algo parecido: Nájera, otro pueblo de la Rioja Alta, tenía tradicionalmente cultivos importantes de remolacha azucarera y patata, y hoy esos cultivos prácticamente han desaparecido de la zona, entre otras cosas porque casi nadie consume ya azúcar de remolacha.

A eso se suma que los insumos están carísimos, que no hay mano de obra, y que los precios que nos pagan por la uva siguen prácticamente iguales a los de hace treinta años. Esa combinación es la que más está complicando a los que seguimos en el campo.

Con el vino, creo que la mejor forma de salir adelante hoy es enfocarse en la calidad, que sea superior, y entender bien las tendencias de lo que consume la gente: hacer el vino que la gente realmente va a comprar. Hoy, por ejemplo, entre los jóvenes hay una moda muy marcada hacia los vinos espumantes y con menor graduación alcohólica, y creo que eso es algo que como productores tenemos que tomar en cuenta si queremos que el sector siga vivo.

Así que, con todo esto, los invito a todos a conocer La Rioja y a pasarse por la bodega. Nos pueden encontrar en Instagram como Bodega 220 Cántaras.


Seguiremos mostrando en Diario Agrícola las historias de quienes producen la tierra, desde Chile hasta España y el resto del mundo, en distintas escalas y formas de trabajar.

por Cristián Valenzuela