La crisis de la remolacha golpea al agro chileno tras la decisión de Iansa de no comprar producción local para la temporada 2026-2027.

La industria remolachera chilena vive uno de sus momentos más críticos. La decisión de Empresas Iansa de no contratar remolacha nacional para la temporada 2026-2027 encendió las alarmas en el mundo agrícola, especialmente en las regiones del Maule, Ñuble y Biobío, donde este cultivo ha sido parte de la identidad productiva, económica y social por más de siete décadas.

La medida implica que la compañía no comprará remolacha local para producir azúcar a partir de materia prima chilena. En su reemplazo, concentrará la operación de su planta de San Carlos, en la Región de Ñuble, en el procesamiento de azúcar cruda, insumo importado que luego es refinado para abastecer el mercado nacional. La empresa atribuyó la decisión a los bajos precios internacionales del azúcar y a la presión de costos que enfrenta la cadena productiva.

El impacto es profundo. Según antecedentes del sector, durante 2025 Iansa mantuvo 440 contratos con agricultores remolacheros y se cosecharon 7.733 hectáreas. Para la próxima temporada, en cambio, la falta de contratos dejaría sin siembra a buena parte de los productores que históricamente han abastecido a la agroindustria azucarera nacional.

Un golpe a productores, empleo rural y economías locales

El ministro de Agricultura, Jaime Campos, calificó la decisión como “muy lamentable” y advirtió que, en la práctica, podría significar el término de la producción de azúcar en Chile a partir de remolacha nacional. En entrevista con Cooperativa, la autoridad sostuvo que se trata de una medida que afecta directamente la economía local y que pone en jaque a un sector con más de 70 años de historia.

El secretario de Estado también señaló que la crisis no se limita a los agricultores. La cadena de la remolacha involucra empleos directos, transporte, servicios agrícolas, maquinaria, proveedores de insumos, profesionales técnicos y actividades asociadas a la operación industrial. Según Cooperativa, los puestos directos vinculados al cultivo se estiman en cerca de 3.000, pese a tratarse de una producción altamente mecanizada.

La preocupación también fue recogida por la Sociedad Nacional de Agricultura. Su presidente, Antonio Walker, advirtió que el cultivo, que llegó a superar las 60 mil hectáreas en Chile, hoy arriesga su fin. Según la SNA, la decisión afectaría seriamente a más de 250 productores y cerca de 7.000 hectáreas trabajadas con altos estándares de calidad y productividad.

“El país requiere una explicación”

Desde el Gobierno, el tono fue especialmente duro. El ministro Campos afirmó que el Ejecutivo no tenía información previa sobre la decisión y calificó la medida como unilateral, dolorosa y “deplorable”. Además, sostuvo que el país requiere una explicación de parte de Iansa, considerando la relevancia histórica, territorial y estratégica de esta cadena productiva.

La autoridad recordó que Iansa fue creada originalmente por el Estado y que parte importante de la superficie regada utilizada por esta cadena se desarrolló con inversión pública, entre otros mecanismos, a través de la Ley de Fomento al Riego. Para Campos, el azúcar tiene un componente estratégico en la vida del país y no puede mirarse solo como una decisión comercial aislada.

El Ministerio de Agricultura se reunió con representantes de la SNA, dirigentes remolacheros, parlamentarios y actores de las regiones de Ñuble y Biobío para dimensionar los impactos y evaluar caminos que permitan mitigar los efectos de la medida. El foco, según la autoridad, será coordinar esfuerzos para reducir el daño sobre los agricultores y las economías locales.

El fin de una cadena que marcó al campo chileno

La remolacha no es un cultivo cualquiera. Durante décadas fue parte del desarrollo agrícola del centro-sur de Chile, generando encadenamientos productivos, especialización técnica y una relación estrecha entre agricultores e industria. La SNA incluso destacó que Chile había alcanzado rendimientos por hectárea de remolacha entre los más altos del mundo, lo que muestra que el problema no sería falta de capacidad técnica, sino un cambio de condiciones económicas y comerciales.

El presidente de la Federación Nacional de Remolacheros, Jorge Guzmán Acuña, calificó la decisión como un “tiro de gracia” para la temporada agrícola 2026-2027. Explicó que la cosecha actual sigue entregándose con normalidad en la planta de San Carlos, pero que el verdadero problema está en la próxima temporada, porque la remolacha se siembra entre agosto y septiembre bajo contrato previo. Sin ese acuerdo, simplemente no habría siembras.

Guzmán también señaló que existían señales previas de una decisión inminente, como la baja en los volúmenes de compra y la falta de importación de fertilizantes e insumos específicos para el cultivo. Según explicó, la remolacha requiere una planificación técnica anticipada, donde la empresa suele proveer semillas, fertilizantes y herbicidas.

Iansa apunta a precios internacionales y altos costos

Desde la empresa, la decisión fue comunicada como una medida para asegurar la continuidad de la producción en Chile, pero bajo un modelo distinto. En vez de producir azúcar desde remolacha nacional, la compañía concentrará su planta de San Carlos en procesar azúcar cruda importada.

El argumento central está en el deterioro de las condiciones del negocio azucarero. Según La Tercera, el precio internacional del azúcar promedió US$480 por tonelada en Londres durante 2025, un 16,5% menos que el año anterior. A esto se suma la presión de costos en la cadena productiva, que habría reducido la competitividad de la remolacha frente al azúcar cruda importada.

La empresa también enfrenta un escenario financiero desafiante. De acuerdo con los antecedentes publicados, Iansa registró pérdidas por US$44 millones en 2025, mientras que el negocio del azúcar acumuló una pérdida de US$25,7 millones.

Reconversión: una salida difícil y no inmediata

Uno de los grandes desafíos será la reconversión productiva. La SNA pidió evaluar alternativas que permitan extender la producción, al menos de manera parcial. Si eso no es posible, planteó la necesidad de avanzar en un plan de transición real y oportuno para los agricultores afectados.

El problema es que cambiar de rubro no ocurre de un día para otro. Los productores remolacheros cuentan con maquinaria, conocimiento técnico, sistemas de riego, estructura financiera y planificación predial orientada a un cultivo específico. Reconvertirse hacia otros cultivos exige inversión, análisis de mercado, asesoría técnica, nuevos canales comerciales y tiempo para alcanzar estabilidad productiva.

La situación se vuelve aún más compleja porque el agro chileno ya enfrenta un escenario estrecho. La propia SNA advirtió que otros cultivos tradicionales también están bajo presión por el alza de costos de producción, la baja rentabilidad y los menores precios internacionales.

Una señal de alerta para la agricultura tradicional

La crisis de la remolacha abre una discusión más amplia sobre el futuro de los cultivos tradicionales en Chile. La pregunta ya no es solo qué pasará con los agricultores remolacheros, sino cómo el país enfrenta la pérdida de cadenas agroindustriales que sostienen empleo, arraigo rural y capacidad productiva local.

También instala un debate sobre seguridad alimentaria y dependencia externa. Si Chile deja de producir azúcar a partir de remolacha nacional, una parte relevante del abastecimiento quedará más expuesta a los movimientos del comercio internacional, los precios globales, la logística y la disponibilidad de materias primas importadas.

En ese sentido, la decisión de Iansa no solo golpea a un grupo de productores. También representa una señal sobre la fragilidad de ciertas cadenas productivas cuando dependen de un único comprador industrial, de contratos anuales y de condiciones externas que los agricultores no controlan.

El agro pide respuestas antes de agosto

El calendario agrícola agrega urgencia. La remolacha se siembra habitualmente entre agosto y septiembre. Por eso, las próximas semanas serán claves para saber si existe margen de negociación con la empresa, si el Gobierno puede articular medidas de apoyo o si se deberá avanzar directamente hacia un plan de reconversión.

Para los agricultores, el tiempo es decisivo. Sin contratos, no hay siembra. Sin siembra, se corta una cadena que tomó más de 70 años construir.

La crisis de la remolacha deja una lección dura para el país: la agricultura no puede medirse solo por precios internacionales o balances empresariales. Detrás de cada hectárea hay familias, trabajadores, servicios, conocimiento técnico, historia productiva y territorios completos que dependen de decisiones que, cuando llegan tarde o sin transición, pueden cambiar el destino de una zona.