Un informe conjunto de la FAO y la OMM confirma que el calor extremo ya afecta a más de mil millones de personas ligadas a la agricultura. En paralelo, la OMM certifica que 2025 fue uno de los años más cálidos de la historia para Sudamérica, México y Centroamérica, y advierte que un posible fenómeno de El Niño en la segunda mitad de 2026 podría agravar una situación que ya es crítica para cultivos, ganadería, agua y seguridad alimentaria en toda la región.


El calor extremo se ha convertido en uno de los factores de mayor riesgo para los sistemas agroalimentarios del mundo. Así lo establece el informe “Extreme heat and agriculture”, publicado el 22 de abril de 2026 por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM), en coincidencia con el Día de la Tierra. El documento, el más completo elaborado hasta la fecha sobre esta materia, describe cómo las olas de calor afectan a cultivos, ganado, pesca, bosques y trabajadores agrícolas, y proyecta un escenario de deterioro progresivo si no se adoptan medidas urgentes de adaptación.

“El calor extremo es un multiplicador de riesgos que ejerce una presión creciente sobre los cultivos, el ganado, la pesca y los bosques, y sobre las comunidades y economías que dependen de ellos”, sostuvo el director general de la FAO, Qu Dongyu, al presentar el estudio.

Impacto directo en cultivos y ganadería

El informe establece que los rendimientos de los principales cultivos comienzan a caer cuando las temperaturas superan los 30°C, umbral que se alcanza con mayor frecuencia y durante períodos más prolongados en las principales zonas productoras del mundo. En cultivos como la papa o la cebada, el deterioro fisiológico se produce a temperaturas incluso inferiores. El calor extremo debilita las paredes celulares, genera polen estéril y favorece la producción de compuestos oxidativos tóxicos en los tejidos vegetales. Como referencia directa, el trigo y el maíz ya han perdido, en promedio, un 6% y un 7,5% de rendimiento por cada grado Celsius de calentamiento global acumulado respecto a niveles preindustriales. Las proyecciones indican que esa cifra podría aumentar hasta un 10% adicional por cada grado futuro de alza.

En el sector ganadero, el estrés térmico comienza a manifestarse a partir de los 25°C en la mayoría de las especies. Los cerdos y las aves de corral son especialmente vulnerables porque no pueden regular su temperatura corporal mediante sudoración. Cuando las temperaturas se mantienen sobre esos umbrales, los animales reducen el consumo de alimento, bajan su producción de leche —con menor contenido de grasa y proteína—, y en casos extremos sufren fallas orgánicas y shock cardiovascular. En 2024, el 91% de los océanos del mundo registró al menos un episodio de ola de calor marina, lo que provocó la caída de los niveles de oxígeno disuelto y generó fallas cardíacas en poblaciones de peces en distintas regiones.

Efectos compuestos — sequías, incendios y plagas

El informe advierte que el peligro del calor extremo no se limita a sus efectos directos. Actúa también como detonante de otros fenómenos que agravan la situación agrícola: las sequías repentinas, los incendios forestales y la proliferación de plagas y enfermedades. Las sequías repentinas se originan cuando el calor extremo agota rápidamente la humedad del suelo. Casos documentados en Brasil en 2023 y 2024 —bajo condiciones amplificadas por El Niño— provocaron que los rendimientos de soja cayeran hasta un 20% en zonas donde las temperaturas máximas diarias superaron los umbrales críticos durante períodos prolongados.

En 2021, una ola de calor que cubrió tres millones de kilómetros cuadrados en América del Norte generó pérdidas severas en huertos frutales y plantaciones forestales, además de un aumento catastrófico de los incendios. Distintas retroalimentaciones, como el efecto de la radiación solar amplificado por suelos secos, intensificaron el episodio más allá de lo previsto por los modelos.

Trabajadores agrícolas, los más expuestos

El informe también alerta sobre el impacto del calor extremo en las personas que trabajan en el campo. En regiones de Asia del Sur, África subsahariana tropical y partes de Centroamérica, México y Sudamérica, el número de días al año en que las condiciones climáticas hacen que el trabajo al aire libre sea inseguro podría alcanzar los 250. A escala global, el calor extremo ya provoca la pérdida de medio billón de horas de trabajo agrícola al año, una cifra que amenaza los ingresos de millones de familias rurales y la estabilidad de los sistemas alimentarios locales.

Precios de los alimentos bajo presión

El calor extremo tiene también un efecto inmediato sobre los precios de los alimentos. Un estudio liderado por el Barcelona Supercomputing Center analizó 16 casos en 18 países entre 2022 y 2024, y encontró alzas de precios directamente vinculadas a eventos climáticos extremos: los precios al productor de hortalizas subieron un 80% en California y Arizona tras la sequía de 2022; el arroz se encareció un 48% en Japón en septiembre de 2024; y el precio mundial del cacao se disparó un 280% en abril de 2024 luego de una ola de calor en Costa de Marfil y Ghana que fue 4°C más cálida de lo habitual. A nivel global, el índice de precios de los alimentos de la FAO registró en mayo de 2026 su nivel más alto desde noviembre de 2023.


Sudamérica, México y Centroamérica — el eslabón más frágil de la cadena alimentaria global

La región no enfrenta este escenario desde una posición de fortaleza. El informe “Estado del Clima en América Latina y el Caribe 2025”, publicado por la OMM en mayo de 2026, confirma que el año pasado fue uno de los más cálidos registrados para Sudamérica, México y Centroamérica, con una temperatura media 0,40°C superior al promedio del período 1991-2020. Las anomalías fueron especialmente intensas en México, Centroamérica y el Caribe, donde se registraron desviaciones de entre 1°C y 3°C por encima de lo habitual. En términos concretos: Mexicali alcanzó los 52,7°C —récord histórico nacional en México—, São Paulo llegó a 37,2°C y Mariscal Estigarribia, en Paraguay, registró 44,8°C.

La secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, resumió el diagnóstico sin eufemismos: “Las señales de un clima cambiante son inequívocas en Sudamérica, México, Centroamérica y el Caribe.”

El doble riesgo — calor estructural más El Niño

Por encima del calentamiento de base, la región enfrenta en 2026 la posible consolidación de un fenómeno de El Niño en la segunda mitad del año. La NOAA estima que existe más de un 60% de probabilidad de que el fenómeno se forme entre mayo y julio. Análisis climáticos recientes proyectan una probabilidad cercana al 100% de que sea un evento significativo hacia octubre, con temperaturas en el Pacífico ecuatorial que podrían superar en 2,7°C el promedio histórico —niveles que algunos modelos describen como un potencial “super niño”.

El fenómeno no golpea a la región de manera uniforme. Sus efectos son geográficamente opuestos según la subregión, lo que complica la respuesta y hace más difícil coordinar políticas de mitigación a escala continental.

Norte de Sudamérica, Centroamérica y México — sequía, hambre y migración

En el Corredor Seco Centroamericano —que atraviesa Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua— y en el norte de Sudamérica, incluyendo Colombia, Venezuela y el norte de Brasil, El Niño se asocia históricamente con déficits hídricos prolongados, olas de calor, reducción de caudales en ríos y embalses, y mayor riesgo de incendios forestales. En esta subregión, los cultivos más expuestos son el maíz y el frijol, que constituyen la base de la alimentación familiar en agricultura de subsistencia. También se verán afectados el café, el cacao, la yuca y la caña de azúcar.

En Colombia, donde cerca del 80% de la población vive en las regiones Caribe y Andina —las más afectadas por El Niño—, análisis recientes estiman que la probabilidad de un evento al menos moderado supera el 80% hacia finales de 2026. El sector ganadero padecería la escasez de pasturas frescas, reduciendo la producción de leche y elevando los precios de la canasta básica. Dado que aproximadamente el 66% de la energía colombiana se genera en centrales hidroeléctricas, la sequía agravaría además los costos energéticos, afectando indirectamente los costos de producción agrícola en toda la cadena.

En el Caribe, el impacto se suma a una situación de por sí deteriorada: el nivel del mar en varias zonas de la región sube a un ritmo de hasta 5,8 milímetros anuales, superando la media mundial, lo que incrementa el riesgo de inundaciones en zonas costeras productivas, erosión de suelos agrícolas e intrusión de agua salada en acuíferos. El informe de la OMM documenta además pérdidas masivas de cultivos en Haití tras inundaciones en 2025, donde más de 33.000 hectáreas de tierras agrícolas quedaron anegadas.

Cono Sur — lluvias excesivas y su propia cadena de problemas

En el sur de Brasil, Uruguay, el norte de Argentina y el centro de Chile, El Niño tiene el efecto contrario: se esperan precipitaciones superiores al promedio, que también generan daños agrícolas significativos. El exceso de lluvia en etapas críticas del ciclo productivo afecta la calidad de los cultivos, destruye infraestructura rural, interrumpe el transporte de materias primas y eleva los costos logísticos de toda la cadena agroalimentaria.

Para los países andinos en su conjunto, los análisis económicos estiman que un El Niño fuerte podría traducirse en una reducción de entre 0,6 y 1,7 puntos del PIB, con presiones inflacionarias que afectarían directamente el costo de la canasta básica. En Chile, el informe conjunto de la FAO y la OMM cita al país explícitamente como uno de los casos donde las olas de calor han interactuado con sequías, incendios forestales y vulnerabilidades socioeconómicas para generar crisis agrarias de gran escala.

La amenaza silenciosa de los glaciares andinos

Uno de los factores de riesgo más graves y menos visibles en el debate agrícola regional es el retroceso acelerado de los glaciares andinos. Según la OMM, durante la última década se intensificó la pérdida de masa glaciar tanto en los Andes tropicales como en la Patagonia, amenazando la seguridad hídrica de cerca de 90 millones de personas que dependen de esas reservas para consumo humano, agricultura, industria y generación hidroeléctrica. En Colombia, el glaciar de los Cerros de la Plaza —en la Sierra Nevada del Cocuy— desapareció por completo en 2026, según confirmó el IDEAM. En Chile, Perú y Bolivia, el deshielo acelerado está reduciendo la disponibilidad de agua de riego justo en las temporadas de mayor demanda.

La paradoja es que, a corto plazo, el deshielo puede generar excesos de agua con riesgo de aluviones; pero a mediano y largo plazo, la desaparición de estas reservas dejará sin agua de riego a valles agrícolas enteros que hoy dependen de ese recurso para sostener su producción.

Consecuencias económicas y sociales concretas

El panorama climático descrito se traduce en impactos económicos y sociales concretos que ya se sienten en la región:

Las pérdidas productivas presionan los precios de los alimentos en mercados locales, donde los hogares de menores ingresos destinan una proporción alta de su presupuesto a la alimentación. La crisis alimentaria mundial —de por sí agravada por conflictos geopolíticos y el alza de fertilizantes— se vuelve más severa cuando los sistemas productivos regionales también colapsan simultáneamente.

La reducción de jornadas laborales agrícolas por calor extremo —hasta 250 días inseguros al año en partes de Centroamérica, México y Sudamérica, según la FAO— golpea directamente los ingresos de los trabajadores del campo, empujando a las familias rurales hacia la pobreza y, en los casos más críticos, hacia la migración interna o hacia el norte.

La generación eléctrica a partir de fuentes hídricas —que representa más del 50% de la matriz energética en varios países de Sudamérica, México y Centroamérica— queda comprometida ante la reducción de caudales, elevando los costos de producción agrícola al encarecer el bombeo de agua y la refrigeración en plantas procesadoras.

La OMM estima que cada año mueren en Sudamérica, México y Centroamérica cerca de 13.000 personas a causa del calor, aunque advierte que existe una importante subnotificación de estas cifras. Las hospitalizaciones por golpes de calor, deshidratación y problemas cardiorrespiratorios afectan principalmente a personas mayores y trabajadores expuestos al sol —es decir, en gran medida, a la fuerza laboral agrícola.


Qué piden la FAO y la OMM

El informe concluye con un llamado a la acción coordinada. Entre las medidas prioritarias se destacan la selección genética de variedades más resistentes al calor, la adaptación de los calendarios de siembra, la modificación de las prácticas de manejo para proteger cultivos y animales, y el fortalecimiento de los sistemas de alerta temprana. La secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, subrayó que esas alertas son “especialmente importantes para que los agricultores puedan responder al calor extremo antes de que se convierta en crisis”.

El informe también llama la atención sobre el financiamiento: en 2023, los sistemas agroalimentarios recibieron apenas el 4% del total del financiamiento climático destinado a países en desarrollo, lo que resulta manifiestamente insuficiente frente a la escala de los riesgos proyectados.

“Proteger el futuro de la agricultura y garantizar la seguridad alimentaria mundial requerirá no solo reforzar la resiliencia en las explotaciones, sino también solidaridad internacional y una voluntad política colectiva para compartir riesgos”, concluye el documento conjunto de la FAO y la OMM.


Fuentes: FAO/OMM “Extreme heat and agriculture” (abril 2026); OMM “Estado del clima en América Latina y el Caribe 2025” (mayo 2026); Bloomberg Línea; Cruz Roja Internacional (IFRC); NOAA; IDEAM Colombia; Barcelona Supercomputing Center; Diario Financiero; Mongabay Latam; Infobae; América Economica.