Ante la volatilidad de los precios del gas y los fertilizantes químicos, un número creciente de agricultores y programas de investigación está apostando por el biochar: biomasa pirolizada capaz de capturar carbono en la tierra, retener humedad y reducir la dependencia de insumos importados.

El nitrógeno que necesitan las plantas para crecer se volvió, otra vez, un problema geopolítico. En 2026, el mercado global de fertilizantes nitrogenados atravesó una montaña rusa: el indicador de precios de Green Markets North America de Bloomberg llegó a un máximo de 986,36 puntos el 10 de abril, empujado por la escalada de tensiones entre Estados Unidos e Irán y las disrupciones en el estrecho de Ormuz, para luego caer un 17,7% hacia fines de mayo. La urea —el fertilizante nitrogenado más usado del mundo, con cerca de la mitad de la población global dependiendo indirectamente de él para su alimentación— llegó a cotizarse sobre los 670 dólares por tonelada en marzo, en un mercado que el Banco Mundial proyectó que subiría un 31% en el año.

Vale la precisión: no se trata, en sentido estricto, de una escasez física de fertilizantes, sino de algo igual de disruptivo para la planificación de cualquier campaña agrícola: una volatilidad extrema de precios, atada a un insumo —el gas natural— cuya oferta depende de decisiones geopolíticas fuera del control de cualquier agricultor. Una directora de una distribuidora de fertilizantes en México lo resumió con crudeza a un medio local: “todos tenemos miedo de comprar”, en referencia a comprometerse a un precio que puede caer o subir de forma abrupta semanas después.

En ese contexto de incertidumbre, un material centenario está viviendo un renacimiento: el biochar, o biocarbón, un carbón vegetal poroso que se obtiene calentando biomasa —madera, residuos de cosecha, guano, cáscaras— a altas temperaturas y en ausencia casi total de oxígeno, un proceso llamado pirólisis.

Qué es exactamente el biochar y por qué no es solo carbón

El biochar no es simplemente ceniza o carbón para asar. La pirólisis estabiliza el carbono contenido en la biomasa original en una forma química mucho más resistente a la descomposición biológica, de modo que, una vez incorporado al suelo, ese carbono puede permanecer ahí durante siglos o incluso más de mil años, en vez de liberarse de vuelta a la atmósfera como ocurre con la materia orgánica común al descomponerse.

Ese proceso deja al biochar con una estructura llena de microporos —visibles solo con microscopios especializados— que funcionan como una esponja para el agua y como un hábitat protegido para microorganismos benéficos del suelo. Es precisamente esa arquitectura física, más que su contenido nutricional directo, la que explica la mayoría de sus beneficios agronómicos.

Lo que dice la evidencia científica

La literatura científica sobre biochar es hoy comparativamente robusta, con estudios de campo en distintos continentes que muestran resultados consistentes:

  • Una revisión sistemática de estudios científicos encontró que el biocarbón mejora la retención de agua del suelo hasta en un 31% y aumenta la porosidad entre un 14% y un 19%, además de estimular la actividad microbiana y enzimática.
  • En suelos franco-arenosos, la incorporación de biochar incrementó el contenido de humedad en cultivos de arroz y colza en hasta un 31% y un 22% respectivamente, según distintos estudios recientes. En suelos con estrés salino, la capacidad de retención de agua aumentó un 18,9%.
  • En suelos tropicales degradados, el biochar ha mostrado incrementos de productividad agrícola de hasta un 30%, y en algunas condiciones ha llegado a duplicar la capacidad de retención de agua, un dato especialmente relevante para zonas áridas y semiáridas.
  • Un estudio de referencia liderado por Johannes Lehmann, uno de los investigadores más citados en la materia, estimó que una aplicación masiva de biochar a nivel global podría llegar a secuestrar entre 0,3 y 2 gigatoneladas de CO₂ equivalente al año.
  • De manera consistente entre distintos países, el biocarbón ha mostrado reducir la densidad aparente del suelo (es decir, compactarlo menos) y aumentar la disponibilidad de fósforo, potasio, calcio y otros nutrientes esenciales.

Investigaciones en Chile también han encontrado un efecto adicional poco difundido: en suelos afectados por incendios forestales, los tratamientos con biochar aceleraron la recuperación de la estructura del suelo y su estabilidad hidrológica frente a la temporada de lluvias, reduciendo el riesgo de escorrentía y pérdida de suelo fértil.

La salvedad técnica que casi nadie menciona

Con todo, la ciencia también identifica un matiz importante que suele quedar fuera de la conversación pública sobre el biochar: aplicado “en crudo”, recién salido del horno de pirólisis, el biochar tiene una capacidad de adsorción tan alta que puede competir con las propias plantas por los nutrientes del suelo, generando lo que los especialistas llaman “hambre de nitrógeno” durante el primer año de aplicación, especialmente cuando el biochar proviene de madera y tiene una relación carbono-nitrógeno muy alta.

La solución técnica, ya estandarizada en las guías de manejo, es “activar” o “cargar” el biochar antes de incorporarlo al suelo: sumergirlo en una solución líquida de fertilizante, purín o compost, o mezclarlo con estiércol, de forma que llegue al campo con sus poros ya saturados de nutrientes y microorganismos, listo para liberarlos de forma gradual en vez de absorberlos del entorno. Este paso adicional —que toma entre uno y varios días según el método— es, según coinciden distintas guías técnicas, la diferencia entre un biochar que mejora el rendimiento de un cultivo y uno que lo perjudica en su primera temporada.

El costo, todavía el principal obstáculo

El biochar tampoco es gratis, y ahí está el segundo matiz que la conversación sobre su “boom” suele saltarse. Los costos de producción a escala comercial en países desarrollados se han estimado entre 300 y 7.000 dólares por tonelada, según cifras recopiladas por distintas fuentes técnicas, un rango que en gran parte de los casos sigue resultando prohibitivo para el agricultor promedio sin algún tipo de subsidio, financiamiento o modelo de negocio complementario.

Ese problema de costos se repite en el análisis de organismos de investigación en política climática: los pequeños agricultores son, paradójicamente, quienes muchas veces terminan aplicando biochar al suelo y generando los beneficios ambientales y productivos más tangibles, pero enfrentan las mayores barreras para acceder a los mecanismos de certificación y financiamiento que hoy hacen más rentable el negocio a mayor escala. En Kenia, por ejemplo, la dependencia de tecnología de pirólisis importada eleva los costos y reduce la autonomía tecnológica local, mientras que en Colombia el desafío se concentra en desarrollar tecnología propia que cumpla con estándares internacionales de certificación.

El mercado de créditos de carbono, la pieza que cambia la ecuación económica

Lo que está haciendo económicamente viable al biochar en muchos países no es únicamente su venta como enmienda de suelo, sino un ingreso adicional que hace apenas cinco años no existía a esta escala: los créditos de remoción de carbono.

Puro.earth, la plataforma de certificación de remoción de carbono con sede en Finlandia, ha posicionado al biochar como uno de sus métodos de referencia, junto a otros mecanismos de captura más costosos como la captura directa de aire. Grandes compradores corporativos —entre ellos Microsoft, Shopify, Stripe y Zurich Insurance Group— ya retiran certificados de remoción de carbono vinculados a proyectos de biochar para respaldar sus propios compromisos de carbono neutralidad. Según análisis del sector, el biochar es hoy uno de los pocos métodos de remoción de carbono que ya opera a escala comercial con una economía unitaria positiva por sí sola, combinando ingresos por créditos de carbono, venta del biochar como enmienda de suelo y, en algunos casos, tarifas por procesar residuos orgánicos.

En febrero de 2026, la Comisión Europea adoptó además el primer set de metodologías de certificación bajo su nuevo marco regulatorio de remociones de carbono y agricultura de carbono, un paso que analistas del sector describen como clave para dar más previsibilidad e integridad a este mercado, todavía joven y con precios que varían bastante según el estándar de certificación utilizado.

Chile ya tiene su propia apuesta industrial

El fenómeno no es solo una tendencia importada. Chile cuenta hoy con un programa tecnológico propio, Biochar-Chile, liderado por la Unidad de Desarrollo Tecnológico (UDT) de la Universidad de Concepción y cofinanciado por Corfo. El 6 de noviembre de 2025, el programa inauguró en Coronel, Región del Biobío, la primera planta demostrativa semi-industrial de biochar del país, con capacidad para procesar 100 kilos de biomasa y plásticos agrícolas por hora, un hito que sus responsables presentaron como un paso hacia consolidar a la región como referente nacional en tecnologías de conversión termoquímica.

El programa ya realizó pruebas piloto con el llamado reactor Kon-Tiki, una tecnología artesanal de pirólisis, junto a agricultores de la comuna de Casablanca, en la Región de Valparaíso, en colaboración con el programa Prodesal. Los insumos probados incluyen paja de trigo, cáscaras de frutos secos, restos de podas de frutales, alperujo —el residuo de la producción de aceite de oliva— y guano de planteles porcinos y avícolas. Según sus responsables, los ensayos han demostrado que el biochar resultante actúa además como fertilizante tipo NPK, estimula el crecimiento vegetal y no presenta toxicidad para las plantas.

A nivel privado, la empresa Arantruf, fundada en Lautaro en 2007, produce hoy biochar inoculado y ácido piroleñoso a partir de la pirólisis de distintos tipos de biomasa —pasto, paja, estiércol y madera, siendo esta última la de mejor calidad—, y ya está en conversaciones para comercializar bonos de carbono asociados a su producción. Según su fundador, el potencial del biochar en Chile todavía está en una etapa incipiente frente a mercados donde el producto ya está mucho más consolidado, como Estados Unidos y Tailandia.

Una herramienta, no una bala de plata

El consenso entre especialistas del sector, tanto en Chile como en el resto de América Latina, es cauteloso en un punto que vale la pena subrayar: el biochar no reemplaza integralmente a la fertilización convencional, ni es una solución milagrosa que funcione igual en cualquier suelo o cultivo. Su efectividad depende fuertemente de la materia prima utilizada, de las condiciones exactas de la pirólisis y de si fue correctamente activado antes de su aplicación. Su verdadero potencial, coinciden distintos análisis técnicos, se manifiesta cuando se combina con otras prácticas de manejo integral de suelos, como la rotación de cultivos, el uso de abonos orgánicos y la cobertura permanente del suelo, y no como un insumo aislado que sustituye sin más al fertilizante tradicional.

Qué significa esto para el agro chileno

El cruce entre dos fenómenos —la volatilidad estructural de los precios de los fertilizantes nitrogenados, ligada a un mercado energético cada vez más expuesto a shocks geopolíticos, y la maduración de un mercado de créditos de carbono que ya paga por el biochar como servicio ambiental— está creando, por primera vez, un caso de negocio realista para adoptar esta tecnología a mayor escala.

Para el agricultor chileno, la pregunta relevante ya no es tanto si el biochar funciona —la evidencia científica en ese punto es sólida— sino si existe, en su zona y para su tipo de suelo y cultivo, una fuente de biomasa residual accesible, una planta de pirólisis cercana o accesible, y un canal —ya sea la venta directa como enmienda o el acceso a créditos de carbono— que haga que los números finalmente cierren. Con una planta demostrativa ya operando en el Biobío y ensayos piloto en marcha en Valparaíso, esa pregunta empieza a tener, por primera vez en Chile, una respuesta más concreta que teórica.


Fuentes: Agrolatam, MexAg (UC Davis), Xpert.digital, Portal Agro Chile, El Productor, Expert Market Research, Dialnet, SciELO Argentina, Redalyc, Revista Colombia Forestal, Repositorio Universidad El Bosque,Stockholm Environment Institute (SEI), Puro.earth, Fortune Business Insights, Emergen Research, El Huerto Urbano, Livingchar, Biochar-US.org (International Biochar Initiative), CREAF, Noticias UdeC, Biochar Chile, Capital Digital, País Circular, AFIPA.