Un equipo de investigadores del Centro de Estudios Avanzados en Fruticultura (CEAF), en colaboración con un equipo multidisciplinario, publicó un estudio que aporta una pieza clave para enfrentar uno de los problemas más urgentes del agro chileno: cómo mantener la producción de frutilla cuando el agua escasea. El trabajo, titulado “Microbial consortia and their metabolic modulations as mechanisms of water deficit tolerance in strawberry plants”, fue publicado en la revista científica Frontiers in Plant Science.

Por qué la frutilla importa tanto

La investigación, liderada por los científicos de CEAF Paula Pimentel y Pablo Cornejo, no es un ejercicio académico aislado: apunta directamente a un cultivo con fuerte peso social en Chile. Según explicó el Dr. Cornejo, la frutilla da trabajo a muchos núcleos familiares del país, en particular a pequeños productores que trabajan con poco acceso a tecnología y en superficies muchas veces acotadas. El investigador agregó que, más allá de su venta como fruta fresca, la frutilla también se transforma en productos congelados, jugos y mermeladas, por lo que genera ingresos y empleo en toda la cadena, desde el campo hasta la industria y el comercio.

Cómo funciona el consorcio microbiano

El estudio se enfocó en consorcios microbianos: combinaciones específicas de hongos micorrícico arbusculares (HMA), bacterias y levaduras que, aplicadas en conjunto, actúan como un catalizador biológico capaz de reprogramar el metabolismo de las plantas de frutilla para tolerar mejor la falta de agua. Uno de los hallazgos centrales del estudio es que estos beneficios no aparecen con cualquier combinación de microorganismos: dependen estrictamente de qué cepas específicas se seleccionen. Solo las combinaciones correctas logran activar los mecanismos de defensa necesarios para enfrentar la sequía; otras, simplemente, no funcionan.

En los ensayos, las plantas de frutilla fueron sometidas a un déficit hídrico severo. El consorcio que mejores resultados obtuvo —bautizado CS1— está compuesto por microorganismos obtenidos desde ambientes extremos como el desierto de Atacama y la Antártida. Las plantas tratadas con este consorcio aumentaron su peso seco aéreo en un 38,23% respecto a las plantas que enfrentaron la sequía sin ninguna protección microbiana, y también mejoraron su absorción de nutrientes esenciales pese a la restricción de riego: un 24,3% más de nitrógeno, 6,4% más de fósforo y 25,7% más de potasio, en comparación con el grupo de control sometido a estrés hídrico.

Lo que pasa dentro de la planta

La parte más novedosa del estudio es el análisis metabolómico, que permitió observar qué ocurre a nivel molecular dentro de la planta. Al colonizar de forma óptima el sistema de raíces, los microorganismos del consorcio CS1 activaron rutas metabólicas clave —como el metabolismo del ácido alfa-linolénico y la biosíntesis de flavonoides—, lo que llevó a la acumulación de compuestos protectores especializados, entre ellos una fitohormona relacionada con la regulación del crecimiento bajo estrés y un potente antioxidante capaz de neutralizar las moléculas que dañan los tejidos vegetales durante las sequías prolongadas. En cambio, las plantas sin inocular, o tratadas con consorcios menos efectivos como el llamado CS2, no lograron activar esta respuesta protectora y sufrieron un deterioro metabólico severo.

El Dr. Cornejo resume la filosofía detrás de este enfoque: se trata de “bioestimulantes de precisión, seleccionados para cultivos y problemas específicos”, y no de mezclas genéricas de microorganismos. Eso sí, el investigador fue claro en delimitar los alcances de esta tecnología: estos productos “no reemplazan el agua ni el buen manejo del riego”, sino que ayudan a que las plantas enfrenten mejor la sequía, produciendo con menos agua disponible.

Resultados que ya se probaron en terreno

Más allá de este estudio puntual, validaciones previas y en curso muestran resultados aún más concretos para la producción real: el uso de estos consorcios microbianos específicos ha permitido, en frutilla, un incremento de hasta 81,2% en el número de frutos y un aumento de 80% en la tasa fotosintética bajo condiciones de sequía severa, resultados que formaron parte de la tesis doctoral del Dr. Urley Pérez, de Agrosavia (Colombia). Según el Dr. Cornejo, estos bioinoculantes ya se están probando en condiciones reales de campo, en distintas variedades, suelos y zonas productivas, en el marco de otros proyectos que el equipo de CEAF desarrolla en paralelo.

Un problema que todavía no se puede medir en pesos

Pese a los avances científicos, el propio Cornejo reconoce un vacío importante: todavía no existen cifras nacionales que permitan calcular cuánto dinero pierde el sector frutícola —y en particular el cultivo de la frutilla— a causa de la sequía. Lo que sí se sabe con certeza es el mecanismo: la falta de agua reduce el crecimiento de las plantas y afecta la cantidad, el tamaño y la calidad de los frutos, lo que se traduce en menor producción, mayores costos y menores ingresos para los agricultores. En ese contexto, herramientas como los consorcios microbianos de precisión aparecen como una alternativa concreta —aunque todavía en desarrollo— para amortiguar el impacto económico de un escenario hídrico cada vez más restrictivo para la agricultura chilena.


Fuentes: Pérez-Moncada, Bustamante, Santos, Cabeza, Pimentel y Cornejo (2026), Frontiers in Plant Science (DOI: 10.3389/fpls.2026.1843067), Centro de Estudios Avanzados en Fruticultura (CEAF).