Los parches de monitoreo continuo de glucosa que usan las personas con diabetes, y los smartwatches que cuentan los pasos de cualquier corredor, inspiraron a un grupo de investigadores y empresas agtech a preguntarse lo mismo sobre el ganado: ¿por qué esperar a que una vaca jadee o busque sombra para saber que está sufriendo, si su cuerpo ya dio señales de alarma horas antes?

El estrés térmico es uno de los problemas más costosos y menos visibles de la ganadería moderna. Cuando una vaca —lechera o de carne— empieza a sufrir calor, su cuerpo entra en un estado de estrés fisiológico mucho antes de mostrar los síntomas que un ganadero puede detectar a simple vista, como el jadeo o la búsqueda activa de sombra. Para cuando esos signos son evidentes, la producción de leche ya puede estar cayendo, la fertilidad deteriorándose y el sistema inmune debilitándose. El método tradicional para anticiparse a este problema —medir la temperatura ambiental del establo— tiene una limitación evidente: no refleja la temperatura corporal ni el estado de hidratación real de cada animal en particular, que además puede variar mucho de una vaca a otra según su tamaño, su producción de leche o su genética.

Lo que ya existe y funciona hoy: bolos y caravanas inteligentes

Antes de llegar a la tecnología más futurista, vale la pena mapear lo que el sector ya usa de forma comercial y consolidada. La empresa austriaca smaXtec es hoy una referencia en sensores de tipo bolo ruminal: un dispositivo que el animal traga una sola vez y que queda alojado de forma permanente en el retículo, el primer compartimento del estómago de la vaca, midiendo de forma continua la temperatura interna, el pH ruminal, la actividad y el consumo de agua, con versiones más recientes que además incorporan monitoreo de pulso. La compañía comercializa explícitamente esta tecnología como herramienta para detectar y anticipar el estrés térmico antes de que se vuelva un problema productivo.

En Estados Unidos, la startup Quantified Ag, con sede en Lincoln, Nebraska, desarrolló un sistema de caravana de oreja no invasiva equipada con acelerómetro y sensor de temperatura del canal auditivo interno, que transmite los datos de forma inalámbrica mediante tecnología LoRa mientras el animal se mueve libremente por el feedlot. Merck Animal Health completó la adquisición de esta empresa en 2020, integrando la tecnología a su unidad Allflex Livestock Intelligence bajo el nombre comercial SenseHub Feedlot.

Otras compañías atacan el problema desde ángulos distintos. CattleEye, con operaciones en Irlanda y Reino Unido, no usa ningún sensor colocado sobre el animal: en cambio, aplica visión artificial e inteligencia artificial sobre cámaras instaladas en el establo para evaluar de forma remota el estrés, la salud y los patrones de movimiento de todo el rodeo lechero. Halter, la startup neozelandesa fundada en Auckland en 2016, desarrolló un collar solar con GPS que permite mover al ganado mediante estímulos de sonido y vibración —creando cercos virtuales sin alambrado físico—, y que de paso registra ubicación, comportamiento y patrones de pastoreo, aunque su producto es un collar, no un parche cutáneo. Y Moocall, otra empresa irlandesa, se hizo conocida principalmente por un sensor que se sujeta a la cola de la vaca y envía un mensaje de texto entre una y dos horas antes del parto, aunque su portafolio ya incluye otros dispositivos de monitoreo fisiológico no invasivo.

La frontera científica real: microagujas que leen el fluido bajo la piel

Más allá de lo que ya está en el mercado, existe una línea de investigación mucho más nueva que sí se parece, en su principio, a los sensores de glucosa que usan las personas con diabetes. Un equipo de investigadores franceses —del organismo público de investigación tecnológica CEA-LETI y del instituto agronómico INRAE, junto a la Universidad de Grenoble Alpes y la Universidad de Clermont Auvergne— publicó en agosto de 2025 el diseño de una matriz de microagujas de hidrogel pensada específicamente para animales de granja, incluyendo cerdos y vacas. El dispositivo, compuesto por 37 microagujas de menos de 3 milímetros de altura, logró perforar la piel de estos animales y absorber pequeñas cantidades de fluido intersticial —el líquido que rodea a las células de la piel y que refleja de cerca la composición química de la sangre—, del mismo tipo de fluido que analizan los sensores de glucosa continua en humanos.

Conviene ser precisos sobre el estado real de este desarrollo: se trata todavía de una prueba de concepto de laboratorio. En sus ensayos, el dispositivo logró absorber apenas unos 10 microlitros de fluido tras 3 horas de aplicación —una cantidad diminuta—, y el estudio se concentró en demostrar que la perforación de la piel era mecánicamente viable, no en desplegar un sistema inalámbrico completo con alertas en tiempo real. Es, en otras palabras, el primer ladrillo de una tecnología prometedora, no un producto ya disponible para comprar e instalar en un establo.

El parche que sí funciona de punta a punta, pero en otro animal

Existe, de hecho, un dispositivo que ya integra todos los elementos que describe la visión de un “parche inteligente completo” —sensores electroquímicos, análisis de sudor en tiempo real, comunicación inalámbrica—, pero desarrollado para una especie distinta. Investigadores de la Universidad de Zhejiang, en China, publicaron en 2024 el diseño de un parche de sensor electroquímico grabado con láser, pensado para el manejo individual y preciso del estrés térmico en caballos. El dispositivo combina un módulo no invasivo que estimula la secreción de sudor con electrodos que miden en tiempo real el pH, la concentración de potasio y la temperatura, transmitiendo los datos de forma inalámbrica. Es, hasta ahora, el ejemplo más completo y verificable de la arquitectura tecnológica descrita —pero todavía no existe, según la evidencia disponible, un equivalente igual de maduro específicamente diseñado y comercializado para el ganado bovino.

Qué significa esto para la ganadería

El panorama real, entonces, tiene tres capas bien diferenciadas. La primera, ya comercial y probada en el campo: bolos ruminales, caravanas de oreja y collares que miden temperatura interna, actividad e hidratación indirecta, comercializados por empresas como smaXtec, Quantified Ag/Merck, CattleEye y Halter, con años de despliegue real en tambos y feedlots de distintos países. La segunda, la ciencia de frontera: microagujas capaces de acceder al fluido intersticial del ganado, con resultados de laboratorio prometedores pero todavía lejos de convertirse en un producto comercial. Y la tercera, el ejemplo de lo que esa segunda capa podría eventualmente llegar a ser, aunque hoy exista solo para otra especie: un parche electroquímico inalámbrico y ya funcional, pero diseñado para caballos, no para vacas.

La promesa de fondo —anticipar el estrés térmico antes de que la propia vaca lo muestre físicamente, y activar aspersores o ventiladores solo donde realmente se necesitan— ya es una realidad parcial gracias a los bolos y las caravanas inteligentes que hoy operan en el mercado. La versión más futurista, con microagujas indoloras leyendo directamente el fluido intersticial del animal como si fuera un parche de glucosa continua, sigue siendo, por ahora, una promesa de laboratorio que todavía no cruzó la puerta del establo.


Fuentes: smaXtec (sitio oficial), Merck / Feedstuffs / Businesswire (adquisición de Quantified Ag), Drovers (SenseHub Feedlot), RFID Livestock, CattleEye (sitio oficial), Halter (sitio oficial y Wikipedia), Forbes, Moocall (sitio oficial), Coherent Market Insights, MDPI/Micromachines (Gautier et al., “Design of Hydrogel Microneedle Arrays for Physiology Monitoring of Farm Animals”, 2025), PMC/NCBI (revisión sobre bolos intraruminales y estrés térmico, 2026), Advanced Science (Pan et al., parche electroquímico equino, 2024).

por Juan Lagos