Mientras el mundo redescubre el atractivo de la vida rural a través de fenómenos como Ballerina Farm o Clarkson’s Farm, la ciencia viene documentando desde hace años un hallazgo que refuerza esa misma intuición: el contacto temprano con la naturaleza deja una huella medible en el desarrollo físico, cognitivo y emocional de los niños, con efectos que se extienden incluso hasta la vida adulta.

Lo que encontró la ciencia

Uno de los estudios más citados sobre este tema proviene del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), impulsado por la Fundación “la Caixa”, que analizó a personas en cuatro ciudades europeas y encontró que quienes tuvieron mayor contacto con espacios naturales durante su infancia mostraban, ya de adultos, una mejor salud mental que quienes estuvieron menos expuestos a la naturaleza. “Las conclusiones muestran la relevancia de la exposición a espacios naturales durante la infancia para el desarrollo de un estado psicológico saludable y una actitud que aprecie la naturaleza en la vida adulta”, explicó Wilma Zijlema, investigadora de ISGlobal y coordinadora del estudio. El propio informe advierte que hoy el 73% de la población europea vive en zonas urbanas, y se proyecta que esa cifra supere el 80% hacia 2050, lo que —según los propios investigadores— vuelve cada vez más urgente entender qué implica que los niños crezcan con un acceso cada vez más limitado a espacios naturales.

Otro estudio, realizado en el estado de Illinois, Estados Unidos, con la participación de 435 familias y liderado por la investigadora postdoctoral Samantha Iwinski, encontró que el acceso a espacios verdes antes de los dos años se asocia con un mejor desarrollo de la llamada función ejecutiva: la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el autocontrol, habilidades centrales para la resolución de problemas y el comportamiento adaptativo durante toda la vida. Según los investigadores, la estabilidad y la exposición sostenida a la naturaleza resultaron ser incluso más determinantes que un episodio puntual de contacto con espacios verdes.

Una herramienta nueva para medir algo que antes era difícil de cuantificar

A comienzos de 2026, investigadores españoles presentaron en una revista de la British Ecological Society el Índice de Conexión y Experiencia con la Naturaleza (NCEI), un instrumento validado que mide el vínculo emocional y cognitivo de niños y adolescentes con los espacios verdes, tanto en su dimensión subjetiva como en sus experiencias cotidianas al aire libre. El análisis inicial, realizado sobre 3.395 escolares de entre 7 y 17 años, reveló una carencia generalizada en ese vínculo, con impactos negativos documentados sobre el bienestar infantil. La herramienta ya se aplica en el municipio de Pinto, en Madrid, dentro de proyectos de renaturalización urbana y salud escolar, y se prevé extenderla a ciudades como Santander y a distintas localidades de Cataluña y Asturias, con la meta de alcanzar a 100.000 escolares.

Por qué la comunidad científica ya habla de “prescribir naturaleza”

La preocupación por esta desconexión creciente llevó a un equipo multidisciplinario de especialistas en salud infantil a plantear, en 2025, la necesidad de una alianza de salud global orientada específicamente a “prescribir naturaleza” a los niños, como si se tratara de una indicación médica más dentro de su desarrollo. Otros especialistas, como la maestra certificada en Disciplina Positiva Arantxa Arroyo y la científica Cristina López, han citado además estudios que muestran cómo el tiempo en contacto con entornos naturales incrementa la materia gris y blanca del cerebro, ambas vinculadas directamente a las funciones cognitivas asociadas a la atención y la concentración.

Un movimiento educativo que ya se extendió por todo el mundo

Esta evidencia científica ya se tradujo en un movimiento educativo concreto: las llamadas “escuelas bosque” o Forest Schools, que utilizan el entorno natural como aula principal de aprendizaje. El concepto nació en Suecia en 1957, cuando Gösta Frohm creó el método “Skogsmulle” para enseñar a los niños sobre la naturaleza, el agua y las montañas, y desde entonces se expandió mucho más allá de Escandinavia: hoy existen escuelas bosque homologadas o programas similares en Alemania, Dinamarca, Austria, República Checa, Suiza, Luxemburgo, Italia, Estados Unidos, España y Japón. Uno de los casos más llamativos es el de Corea del Sur, donde el propio Ministerio de Educación implementó 35 escuelas al aire libre siguiendo el modelo alemán, mientras que en Reino Unido las forest schools se convirtieron en una política pública accesible para toda la población, no solo para familias de mayores recursos.

Este fenómeno global tiene, además, un nombre propio para el problema que busca resolver: el periodista estadounidense Richard Louv acuñó en 2005, en su libro Last Child in the Woods, el concepto de “trastorno por déficit de naturaleza”, para describir el desgaste que la urbanización acelerada viene provocando en la relación entre la infancia y el entorno natural, un concepto que hoy se cita en investigaciones de todo el mundo.

La conexión con un fenómeno cultural que también cruza fronteras

Esta evidencia científica encuentra hoy un eco directo en la cultura popular a nivel mundial. El fenómeno de creadoras como Hannah Neeleman, de Ballerina Farm, o el propio Jeremy Clarkson con su granja televisada, revela una demanda masiva —en distintos países y continentes— por experiencias que conecten a las familias con la vida rural, la autosuficiencia y el contacto directo con la tierra. Lejos de ser solo una moda estética, esta atracción hacia lo rural encuentra respaldo en evidencia concreta sobre el desarrollo infantil, sugiriendo que la búsqueda actual por reconectar con la naturaleza —tanto de niños como de adultos, en cualquier rincón del planeta— responde a una necesidad real y documentada, no solo a una preferencia pasajera.

Lo que viene

Con más de la mitad de la humanidad ya viviendo en ciudades y esa proporción en aumento constante, la evidencia científica sobre los beneficios del contacto infantil con la naturaleza se vuelve cada vez más relevante para el diseño de políticas urbanas, programas escolares y hasta decisiones familiares sobre dónde y cómo criar a los hijos, en un momento en que la vuelta a lo natural dejó de ser solo una tendencia de redes sociales para convertirse en un tema de salud pública con evidencia propia detrás.

por Juan Lagos