Incendios forestales Ñuble y Biobío 2026 ha provocado decenas de fallecidos, miles de evacuados y daños que ya comienzan a afectar a agricultores y comunidades rurales, encendiendo las alertas sobre la vulnerabilidad del campo chileno ante eventos extremos.


Desde mediados de enero de 2026 una serie de incendios forestales se ha propagado con rapidez por las regiones de Ñuble y Biobío, obligando al Gobierno a declarar Estado de Catástrofe y movilizar recursos de emergencia. Los siniestros, impulsados por altas temperaturas, vientos y sequedad ambiental, han generado impactos significativos en zonas rurales, con agricultura, infraestructura y pequeños productores bajo presión.


Extensión y magnitud del desastre

Los incendios, que comenzaron el 14 de enero de 2026, se han propagado rápidamente por comunas como Ránquil, Quillón, El Carmen y Penco, afectando más de 20.000 hectáreas y provocando la evacuación de más de 50.000 personas en ambas regiones. Además, se han destruido cientos de viviendas y estructuras, y se registran al menos 19 fallecidos y decenas de heridos según balances preliminares.

Ante esta situación, el Gobierno decretó Estado de Catástrofe para activar recursos públicos y coordinar la respuesta de emergencia en territorio.


Voces del campo: agricultores alertan sobre impactos productivos

Productores de distintas zonas rurales han expresado su preocupación por lo que viene. Agricultores en el Ñuble advierten que la combinación de incendios y sequía podría marcar una temporada crítica para cultivos, praderas y forraje, además de aumentar la urgencia de proyectos de embalse y riego que permitan enfrentar este tipo de fenómenos extremos con mayor resiliencia.

Según varios de ellos, la falta de agua y el avance de las llamas complica no solo la producción agrícola directa, sino también la alimentación de ganado y la sustentabilidad de las actividades rurales en general.


Daños en infraestructura y riesgo productivo

Si bien los balances oficiales todavía están en desarrollo, informes iniciales realizados en incendios previos muestran que las quemas pueden generar daños en miles de hectáreas de tierra —incluyendo campos, pastizales y zonas productivas— así como pérdida de infraestructura como cercos, galpones, vehículos y sistemas de riego.

En temporadas de incendios pasados, se han visto afectadas cosechas de frutas, praderas y forrajes, lo que impacta tanto al ingreso de pequeños agricultores como a la disponibilidad de alimento para animales. La presencia de focos en áreas de vegetación y bosques cercanos a terrenos agrícolas agrava estos riesgos productivos.


Condiciones climáticas extremas y agravantes

Las altas temperaturas, sequedad del material combustible y fuertes vientos han sido factores que potenciaron la rápida propagación de los incendios, complicando la labor de brigadistas y bomberos forestales durante varios días.

Este tipo de fenómenos también se relaciona a patrones climáticos extremos que han incrementado la frecuencia y severidad de siniestros en años recientes en Chile, poniendo sobre la mesa la necesidad de estrategias de prevención, manejo de paisaje y sistemas de alerta temprana que estén alineados con la realidad productiva y climática de las zonas rurales.

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