La trashumancia en Neuquén es un sistema ganadero en el que unas 1.500 familias crianceras del norte de la provincia trasladan sus rebaños, principalmente de cabras, entre los campos bajos de invernada y las veranadas de la cordillera.

En el norte de la provincia de Neuquén, en la Patagonia argentina, unas 1.500 familias de pequeños productores, conocidos localmente como crianceros, mantienen una práctica ganadera ancestral: la trashumancia. Cada año trasladan sus animales entre dos pisos altitudinales para aprovechar el pasto natural de cada estación. La trashumancia en Neuquén forma parte de la identidad cultural del centro y norte de la provincia, y un estudio de INTA y la Universidad Nacional del Comahue la resume en la tríada cabra, trashumancia y criancero. Según un estudio sobre la comisión de fomento Coyuco-Cochico, la actividad se remonta a los intercambios trasandinos previos a la imposición de los límites entre Chile y Argentina.

La trashumancia en Neuquén divide el año en dos campos

Durante la invernada, los animales permanecen en los campos bajos, cerca de los puestos de las familias. Según la FAO, esos campos ocupan las sierras y mesetas del norte, entre 750 y 1.400 metros, y el monte austral, zonas áridas a semiáridas de menor productividad. En la veranada, en cambio, los rebaños suben a la cordillera norte, por sobre los 1.500 metros, donde los mallines, vegas húmedas de altura, aportan pasto fresco y agua de deshielo. La alta cuenca del río Neuquén, principal curso de agua de la zona norte, nace en esa cordillera, que culmina en el volcán Domuyo, de 4.709 metros. El mismo organismo indica que los pastos de verano son más ricos que los de invierno y constituyen la principal zona de pastoreo.

Los rebaños son mixtos, con predominio de cabras. Un estudio de la FAO describe como rebaño típico de un criancero unas 240 cabras, 30 ovejas, 18 vacunos y 11 caballos, aunque investigadores del Comahue advierten una sustitución de especies dentro de la actividad.

Días de arreo con huellas protegidas por ley

La subida comienza entre noviembre y diciembre. Una criancera citada por el medio Bichos de Campo relata que sube a comienzos de noviembre, cuando las cabras terminan de parir y los chivitos ya pueden caminar. En el regreso, que ocurre entre marzo y abril, un criancero del norte neuquino indica que la bajada toma de 10 a 11 días porque los animales vuelven gordos y en descenso. Algunas veranadas no tienen caminos marcados y solo se alcanzan a caballo, y a lo largo de las rutas de arreo hay pequeños refugios llamados alojos, donde las familias pueden pasar la noche.

La Ley provincial 3016 de Trashumancia, de 2016, protege las huellas de arreo y el derecho de los crianceros a circular entre veranadas e invernadas. Los productores participan en una Comisión de Huellas de Arreo, y el gobierno provincial ha desplegado operativos de acompañamiento en rutas como la RP 43 para resguardar el paso de los animales. Tradicionalmente viajaba toda la familia; hoy, según un estudio de la FAO, suele subir una parte del hogar o los hijos mayores a las veranadas.

Descanso para los pastizales, pero con presiones

El manejo estacional permite que los pastizales y montes tengan periodos prolongados de descanso y que las áreas de pastoreo roten, aprovechando las diferencias agroecológicas entre campos bajos y altos, según investigadores de la Universidad Nacional del Comahue y de la Universidad Nacional de La Plata. El sistema se sustenta en recursos forrajeros naturales, aunque no está exento de problemas. La FAO señala que los pastizales de invernada muestran signos de degradación por sobrepastoreo y que el alambrado, el desarrollo de tierras y la forestación dificultan las rutas de arreo y los sitios de descanso.

Un estudio de 2025 de INTA y el Comahue identifica además cambios en el sistema: la presencia de jóvenes que migraron a zonas urbanas y la incorporación de tecnologías de información y comunicación han redefinido las prácticas de los crianceros. Una criancera que fue de las primeras mujeres en integrar la Mesa Campesina sostiene que el campo está muy difícil para los pequeños productores, que los jóvenes se van y que existen problemas de tierras para contar con invernadas y veranadas propias.

Del chivito de veranada a la denominación de origen

De este circuito productivo surge el chivito criollo del norte neuquino, que cuenta con denominación de origen reconocida por la Resolución 950 de 2010. El documento oficial distingue al chivito de veranada, de entre 120 y 180 días de vida y de 8 a 14 kilos, que se alimenta con leche y pasto y realiza al menos un desplazamiento a la veranada. Según el mismo documento, el chivito que se alimenta solo con leche materna no realiza traslados a la montaña.

La Fiesta del Veranador y el Productor del Norte Neuquino, que se celebra desde hace 25 años en Andacollo, homenajea a los pastores, según la Secretaría de Cultura de la Nación. La Unesco, en tanto, sostiene que la trashumancia contribuye a la inclusión social y al fortalecimiento de los lazos entre familias, comunidades y territorios, y contrarresta los efectos de la migración rural, según una nota de Sitio Andino. En Neuquén, la práctica integra además el patrimonio inmaterial de la provincia, según el gobierno provincial.

La trashumancia en Neuquén resiste con una combinación de tradición, respaldo legal y un producto con identidad propia. Su continuidad depende de que las familias mantengan el acceso a las huellas, a los campos y a quienes puedan relevarlas, un desafío que los propios crianceros ya advierten en sus relatos.

Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, Universidad Nacional del Comahue, Universidad Nacional de La Plata, Registro de Indicaciones Geográficas de Argentina, Revista Interdisciplinaria de Estudios Agrarios, CONICET, Asociación Internacional de la Cabra, Bichos de Campo, LM Neuquén, Sitio Andino, Noticias NQN y Dialnet.

por José Rios