Hay lugares que guardan secretos durante generaciones enteras, sin que ni sus propios habitantes lo sepan. Santa Cruz, la capital del Valle de Colchagua, en la Región de O’Higgins, en el centro-sur de Chile, es uno de ellos: durante más de un siglo, sus viñedos escondieron una cepa de uva que Europa daba por completamente extinta, y nadie en el país tuvo idea de que la estaba cultivando.

Un nombre que viene de un ave sagrada

El propio nombre de Colchagua tiene raíces que se pierden en la memoria de los pueblos originarios de Chile: proviene del mapudungún “colchahuala”, que hace referencia al lugar donde anida el huala, un ave considerada sagrada. Mucho antes de que llegaran los españoles, el valle ya estaba habitado por los picunches, quienes fueron conquistados por los incas. Fueron precisamente los incas quienes introdujeron en la zona la agricultura y los sistemas de regadío, sembrando —literalmente— la raíz histórica que convertiría siglos después a este territorio chileno en una de las cunas vitivinícolas más importantes del mundo.

Cuando llegaron los conquistadores españoles, el valle fue entregado en encomienda a Inés de Suárez, la única mujer que integró la expedición de Pedro de Valdivia, el fundador de Santiago y conquistador de Chile. En 1593, el gobernador Martín García Óñez de Loyola creó formalmente el “partido de Colchagua”, el antecedente administrativo más antiguo de lo que hoy conocemos como esta región chilena. La comuna de Santa Cruz, tal como existe hoy, recién sería reconocida oficialmente por decreto presidencial el 22 de diciembre de 1891, aunque su historia como territorio agrícola y campesino es varios siglos más antigua.

Cuando Francia le regaló a Chile un tesoro sin saberlo

A fines del siglo XIX, mientras el valle vivía un auge gracias al desarrollo de haciendas y viñedos como la histórica Hacienda Santa Cruz de Unco, ocurrió algo que nadie podía dimensionar en su momento: se introdujeron a Chile variedades finas originarias de Burdeos, Francia, justo antes de que la plaga de la filoxera arrasara con los viñedos europeos. Entre esas variedades viajó, sin que nadie lo supiera, una cepa llamada Carménère, que en Europa terminaría desapareciendo por completo hacia 1860, dada por extinta durante más de 130 años.

En Chile, sin embargo, el suelo y el clima —libres de esa plaga— permitieron que la cepa sobreviviera, camuflada, plantada y vendimiada durante generaciones enteras bajo un nombre equivocado: Merlot. Nadie lo notó hasta enero de 1994, cuando un trabajador agrícola de Viña Carmen, en la zona del Maipo, cerca de Santiago, conocido como “don Beto” (Humberto Jara), observó algo extraño en las plantas que llevaba años cuidando. “Esto no es Merlot”, le dijo a su jefe con total seguridad, aunque no sabía exactamente qué era. Meses después, el 24 de noviembre de 1994, el ampelógrafo francés Jean-Michel Boursiquot confirmó, mirando los estambres retorcidos de las flores, lo que “don Beto” ya intuía desde el campo: aquello no era Merlot, era Carménère, la cepa perdida de Burdeos, viva y prosperando en Chile desde hacía más de un siglo sin que nadie lo supiera.

El valle chileno que se convirtió en la capital mundial de una cepa resucitada

Aunque el redescubrimiento ocurrió en el Maipo, fue el Valle de Colchagua —con Santa Cruz como su corazón, a unos 150 kilómetros al sur-suroeste de Santiago— el que terminaría convirtiéndose en el hogar definitivo de esta cepa resucitada. Hoy, Colchagua concentra la mayor superficie y producción mundial de Carménère, dentro de unas 16.000 hectáreas de viñedos que representan cerca del 20% de toda la superficie vitivinícola de Chile. La combinación de suelos, la influencia de los vientos fríos del Pacífico y la altura de la Cordillera de los Andes —que asegura nieve durante gran parte del año y agua para el verano— terminaron dándole a esta cepa las condiciones ideales para expresarse mejor que en ningún otro lugar del planeta.

De pueblo campesino chileno a capital enoturística reconocida en el mundo

El desarrollo más reciente de Santa Cruz debe mucho a la labor del empresario Carlos Cardoen Cornejo, quien fundó en 1995 el Museo de Colchagua y restauró diversas edificaciones patrimoniales dañadas por terremotos, incluyendo la propia iglesia de Santa Cruz. Ese impulso, sumado al crecimiento sostenido del enoturismo durante los últimos treinta años, llevó a que en 2019 esta pequeña ciudad chilena fuera sede de la Conferencia Mundial de Turismo Enológico, un honor reservado solo para los valles vitivinícolas más destacados del planeta. Hoy, la Ruta del Vino de Colchagua reúne diecisiete bodegas reconocidas internacionalmente, y este mismo año la comuna celebró, junto a la Asociación de Viñas de Colchagua y la Cooperativa de Viñas Campesinas, casi 500 años de identidad y patrimonio vitivinícola en esta zona de Chile.

Una historia que sigue enseñando algo importante

La historia de Santa Cruz y su Carménère es, en el fondo, una historia sobre paciencia y sobre mirar con atención lo que ya tenemos delante. Durante más de un siglo, una de las cepas más codiciadas del mundo del vino creció en silencio entre los surcos de este valle chileno, esperando a que alguien —un trabajador de campo con buen ojo, y después un científico francés que confirmó lo que la tierra ya sabía— se detuviera el tiempo suficiente para reconocerla. Quizás no sea casualidad que el nombre del propio valle recuerde al lugar donde anida un ave sagrada: Colchagua, después de todo, resultó ser también el lugar de Chile donde, sin que nadie lo supiera, se guardó durante generaciones uno de los tesoros más valiosos de la vitivinicultura mundial.

Fuentes:Turismo Santa Cruz, Produncan, CataDelVino.com, El Mostrador, La Tercera, Diario Financiero, Viña Concha y Toro, Diario El Pulso.

por Juan Lagos